PROHIBICIÓN Y TOLERANCIA:

FUNDAMENTOS SOCIALES Y CULTURALES DE LOS CAMBIOS DE

LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE FRENTE A LAS DROGAS

Por: Andrés López Restrepo*

Introducción

La política nacional e internacional de los Estados Unidos frente a las drogas está fundada sobre el prohibicionismo. Esto supone el control y la persecución de la producción, comercialización y consumo de la mayor parte de drogas psicoactivas, exceptuando aquellas que como el alcohol y el tabaco tienen una larga historia de aceptación social en el mundo occidental. Estados Unidos ha usado tanto la persuasión como la coacción para extender ese prohibicionismo a prácticamente todo el planeta, y así ha quedado consagrado en las convenciones multinacionales de 1961, 1972 y 1988.

En el ámbito internacional, el principal instrumento para llevar a efecto la prohibición de las drogas es el control en la fuente, es decir, que se procura acabar con las drogas en el lugar mismo de producción o durante su viaje a los mercados consumidores. De conseguirse este propósito, se eliminaría la posibilidad de que los consumidores accedieran a las drogas, o en su defecto se las encarecería tanto que la mayoría de los consumidores no estarían en condiciones de financiar su compra. Son muy comunes las críticas en el sentido de que el gobierno estadounidense privilegia los aspectos represivos de la política antidrogas, en lugar de luchar contra el origen del problema, que estaría en el consumo. Para apoyar esta idea suelen citarse las cifras del presupuesto antidrogas del gobierno federal, que en efecto muestran una participación mucho mayor de los gastos dirigidos a reprimir la producción, mientras que el consumo o la represión del tráfico dentro del territorio de los Estados Unidos tiene una participación muy inferior. Se entiende además que es muy difícil penalizar y castigar las actividades relacionadas con el consumo, debido a que están enmarcadas dentro de las libertades propias de cada individuo, y en cambio es mucho más fácil establecer los delitos y penas correspondientes a la producción y comercialización de drogas.

De otra parte, existen sectores muy diversos que defienden diferentes formas y grados de la legalización de las drogas. En general, los legalizadores insisten en que la guerra de las drogas ha sido un gran fracaso, pues, pese a los grandes recursos en ella invertidos, los mercados cuentan con más drogas, a precios más económicos, que nunca. Afirman además que lo grave no es tanto el consumo de drogas, como el consumo de drogas que han sido adulteradas por vendedores inescrupulosos que debido a su participación en el mercado negro no son objeto de control alguno. Sostienen que en todo caso la ley no puede regular comportamientos que solo pueden causan daños a sus agentes, sin afectar a otros. Y si bien el consumo puede crecer inicialmente tras la legalización, luego se estabilizará, como ocurre con las demás drogas psicoactivas legales. Finalmente, la legalización eliminaría las grandes ganancias generadas en ese negocio, acabando así con los grandes grupos criminales vinculados al tráfico de drogas.

Los prohibicionistas, por su parte, afirman, que las drogas hacen daño al cuerpo y a la mente. Además, generalmente los adictos son enfermos que no tienen control de sí mismos, y es responsabilidad del Estado impedir que sus ciudadanos tengan comportamientos autodestructivos. Por lo demás, es falso que los adictos solo se hacen daño a sí mismos: su conducta afecta de modo directo a sus familiares y personas más cercanas.

El prohibicionismo, en tanto que paradigma dominante, se ha construido a lo largo de los años y en respuesta a múltiples percepciones, prejuicios y valores, que lograron imponerse en pugna con otros valores culturales y sociales. Por ello, para entender su alcance y sentido y para contar con elementos que permitan analizar cuales pueden ser los escenarios futuros, se hace necesario identificar esas raíces del prohibicionismo.

Algunos comentaristas y políticos, así como amplios sectores de la opinión pública de los países productores, afirman que la prohibición tiene causas económicas y políticas. En este sentido, argumentan que la prohibición es un instrumento de los países consumidores, en particular los Estados Unidos, bien para someter a las naciones productoras a sus dictados políticos, bien para desplazar a los países del Tercer Mundo de una de las pocas actividades económicas en las cuales han tenido éxito, y concentrar así todas las ganancias de ese tráfico ilícito en manos de los países desarrollados.

De acuerdo con este tipo de argumentos, existen "alguien" dentro de los países desarrollados dedicado a que los países del Tercer Mundo se incorporen al sistema capitalista de intercambios, pero solo en rubros económicos marginales y poco rentables. Estas visiones conspirativas de la política internacional no encuentran asidero en la realidad y desconocen la complejidad y movilidad del sistema económico internacional.

Más aún, los argumentos de ese tipo son circulares. Sus defensores afirman que el propósito de la prohibición es eliminar las ganancias que, dicen ellos, tienen los países productores de drogas. Olvidan que esos beneficios tienen como causa la misma prohibición. Es imposible que la prohibición busque eliminar las oportunidades que la prohibición misma creó. La prohibición creó oportunidades para organizaciones criminales de todo el mundo. El que tales organizaciones sean más fuertes en determinados países se debe a sus particulares condiciones sociales y políticas.

El prohibicionismo de las drogas tuvo sus orígenes en los Estados Unidos décadas antes de que aparecieran los actuales problemas económicos y políticos asociados con las drogas. Y en ese entonces como ahora el prohibicionismo se ha impuesto debido a que responde a particulares condiciones sociales y culturales, pero para ello debió derrotar, y aún lo sigue haciendo, a otros sectores defensores de una política más tolerante frente a las drogas -motivados muchas veces por intereses económicos generalmente más claros que aquellos de los prohibicionistas.

Para contribuir al entendimiento del surgimiento y racionalidad de la prohibición, el trabajo siguiente se ocupa de los siguientes temas. En el primer capítulo se afirma que la prohibiciín tiene sus raíces en el carácter parcial que tiene la ciudadanía en los Estados Unidos. En el segundo capítulo se examina cómo la prohibición del alcohol se convirtió en una cruzada, y en el tercero cómo el prohibicionismo de las drogas devino guerra -a nivel interno y externo. Y en el capítulo cuarto se presta consideración a un capítulo poco conocido del fenómeno de las drogas en los Estados Unidos: el derecho que tienen los miembros de la Iglesia Nativo Americana a consumir peyote.

I. Restringir y tolerar

En esta primera parte se intenta explicar la contradicción que supone el que Estados Unidos sea al mismo tiempo una tierra de libertades y de intolerancia, acudiendo al concepto de ciudadanía recortada. Más en concreto, se quiere mostrar que el prohibicionismo -tanto de las drogas como del alcohol- es una de las muchas formas que tiene el racismo.

A. La única forma de ser es la mía

La adicción a las drogas dejó de ser un problema de salud pública y se convirtió en uno mucho más complicado como consecuencia de la prohibición de las drogas. Ese prohibicionismo -porque la lucha contra las drogas ha devenido ideología- nación en los Estados Unidos, y desde allí se extendió hasta triunfar en menor o mayor grado en el resto del mundo. Este país tenía experiencia en experimentos similares: entre 1920 y 1933 el alcohol fue prohibido por la misma Constitución. Pudiera entonces pensarse que la sociedad estadounidense ha sido singular en su afán de regular los excesos de los individuos. Lo cierto es que no ha sido la única, pero sí la que con más decisión  lo ha intentado.

Es el caso del sexo. Estados Unidos es uno de los pocos países del mundo donde la prostitución es un crimen. El único estado donde la prostitución es legal es Nevada. Los estatutos de este estado establecen que es responsabilidad de cada condado otorgar las licencias que permiten el funcionamiento de los burdeles, con excepción de aquellos condados que tienen más de 400 mil habitantes, donde de ninguna manera se permitirá su establecimiento. Curiosamente, solo el condado de Clark, donde está situada la ciudad de Las Vegas, tiene ese número de habitantes. La prostitución sigue siendo un delito pese a que aproximadamente la mitad de la población estadounidense está en favor de la descriminalización de esta actividad1. (Dicho de paso, esta cifra debe servir para poner en guardia contra las esperanzas de cambio de la actual legislación antidrogas de los Estados Unidos que están fundadas sobre encuestas de opinión. Después de todo, si la gente está de acuerdo con determinado cambio social pero no tiene intenciones de poner nada de su parte para lograrlo, es muy difícil pensar que su opinión tenga algún impacto sobre la realidad2. En el caso de las drogas, la mayor parte de las personas no son consumidoras, por lo que sus opiniones en favor de un cambio en la legislación previsiblemente no tendrán efecto alguno sobre la legislación).

La prohibición del alcohol tuvo mayor alcance. A lo largo del siglo XIX, algunos países europeos empiezan a manifestar su preocupación por las consecuencias del consumo de alcohol, y surgen las primeras sociedades temperantes o prohibicionistas3. En Finlandia, una ley de 1866 prohibió la destilación casera de bebidas embriagantes, y otra de 1919 prohibió todas las bebidas con un más de 2% de alcohol. Este último año, un referendo en Noruega declaró fuera de la ley los licores con más de un 12% de alcohol. En 1922, un referendo similar fue derrotado por un estrecho margen en Suecia, pero el gobierno nacionalizó poco después todo el sector de los licores con el fin de regular su consumo. Inglaterra no aprobó ninguna ley prohibicionista, no obstante lo cual el consumo de alcohol puro disminuyó de 92 millones de galones en 1912 a 53 millones en 1922. Y en Canadá, todas sus provincias se volvieron "secas"4 mediante referendo en el tiempo transcurrido entre 1915 y 19195. Lo ocurrido en estos países fue anterior a la aprobación de la enmienda constitucional que impuso el prohibicionismo en los Estados Unidos. En Estados Unidos también existía un fuerte sentimiento en contra del alcohol, pero debido al carácter federal de su gobierno era muy difícil implantar una prohibición general para todo el país. Esa tarea le correspondía a los Estados, y de los 48 que existían en 1919, 33 ya contaban con algún tipo de ley prohibicionista con anterioridad a la aprobación de la Enmienda XVIII. Algunas de las leyes vigentes entonces se remontaban tan atrás como la de Maine (1858) y Kansas (1867)6.

Estados Unidos llegó más tarde que esos otros países a la prohibición del alcohol no solo por el carácter federal de su gobierno sino también por su pluralismo social. La mayor parte de la población de los países europeos prohibicionistas era de religión protestante, y más concretamente de denominación luterana, en el caso de los países escandinavos. En Canadá, por el contrario, existe una gran presencia católica, pero el último estado donde triunfó la prohibición fue precisamente Quebec, lugar de concentración de la población de origen francés y católico. Y en Estados Unidos la prohibición fue el resultado de la imposición de los protestantes sobre los católicos.

Se han vertido muchas páginas sobre la relación entre protestantismo y conducta de vida. Las de Weber continúan siendo clásicas:

El ascetismo laico del protestantismo... actuaba con la máxima pujanza contra el goce despreocupado de la riqueza y estrangulaba el consumo, singularmente el de artículos de lujo... La lucha contra la sensualidad y el amor a las riquezas no era una lucha contra el lucro racional, sino contra el uso irracional de aquéllas... Por uso irracional de las riquezas, se entendía, sobre todo, el aprecio de las formas ostentosas  del lujo -condenable como idolatría-, de las que tanto gustó el feudalismo, en lugar de la utilización racional y utilitaria querida por Dios, para los fines vitales del individuo y de la colectividad. No se pedía "mortificación" al rico, sino que usase de sus bienes para cosas necesarias y prácticamente útiles7.

Weber advierte que el protestantismo no supone una ruptura tan abrupta entre catolicismo y protestantismo:

No es que dentro del catolicismo la vida "metódica" hubiese quedado relegada a las celdas de los claustros; ni la teoría ni la práctica medievales aprobarían tal afirmación. Pero siempre se ha hecho notar que, a pesar de la elevada sobriedad moral del catolicismo, una vida no sujeta a sistema ético no puede alcanzar los supremos ideales que aquél proclamó como válidos, incluso para la vida en el mundo.... En la Edad Media, el hombre que por excelencia vivía metódicamente en sentido religioso, era el monje; en consecuencia, el ascetismo, cuanto más integral, más debía apartar del mundo al asceta, ya que la santidad de la vida consistía precisamente en superar la moralidad suficiente para el mundo... Sebastián Franck supo ver la medula de esta forma de religiosidad [la de Lutero y Calvino], cuando dijo que lo propio de la Reforma estuvo en convertir a cada cristiano en monje por toda su vida. Con esto se pudieron barreras a la huida ascética del mundo, y a partir de entonces, las naturalezas más seria y apasionadamente interiores que antes habían proporcionado al monacato sus mejores figuras, viéronse obligadas a realizar sus ideales ascéticos en el mundo, en el trabajo profesional8.

Los protestantes hicieron de la sobriedad un ideal y una forma de vida. Y por ello, pese a que el alcohol era parte muy importante de la cultura de sus países, intentaron regularlo e incluso prohibirlo. Los católicos, en cambio, siguieron viendo en el alcohol un hecho muy importante de su vida social. Por eso, en los Estados Unidos la prohibición significó la opresión de los católicos por parte del conjunto de denominaciones protestantes; la prohibición fue una herramienta más de la lucha entre ambos grupos. Los países europeos y Canadá cambiaron rápidamente sus leyes y eliminaron sus aspectos más represivos, tras lo cual adoptaron una u otra forma de regulación9. Estados Unidos, en cambio, que adoptó la legislación más fuerte y realizó el intento más decidido para aplicarla, vio como esa prohibición se desmoronaba tras la Gran Depresión, sin que quedase ningún rastro de ella ni en la Constitución ni en las leyes.

A lo largo del siglo XIX, las principales potencias europeas, con el apoyo de los Estados Unidos, emprendieron una serie de campañas humanitarias que dieron lugar a la creación de la Cruz Roja y, en casi todo el mundo, el fin del tráfico de esclavos y de la esclavitud misma. La lucha contra el alcohol también fue uno de los aspectos de ese internacionalismo humanitario. Así, dentro de la política de protección de las "razas inferiores" que estuvo en la base del fin de la esclavitud, en 1890 se declaró al Congo zona libre de alcohol y en 1899 se incrementaron los impuestos para que el licor estuviese fuera del alcance de los africanos10. Es necesario distinguir en este punto entre los aspectos del internacionalismo que están fundados sobre la base de la cooperación entre iguales, como es el caso de la Cruz Roja o todas aquellas agencias dirigidas a facilitar las comunicaciones entre diferentes países, y los de tipo paternal, que desde esos tratados contra el consumo del alcohol hasta, en el siglo presente, los entes especializados de la Organización de las Naciones Unidas en temas como la alimentación y la niñez fundados sobre la cooperación entre los países que "tienen" y "saben" y los que no.

La participación de Estados Unidos en estas campañas internacionales respondía a dos de las ideas que, según Michael H. Hunt, han marcado la política exterior estadounidense y su diplomacia. La primera de ellas es la creencia en que la grandeza nacional reside en hacer libre al mundo; la segunda es la idea de jerarquía racial, que mide el valor de los pueblos y naciones de  acuerdo con el color de su piel -mientras más claro mejor- y que fue el resultado de la lucha de los blancos, particularmente anglos, por imponerse frente a otros pueblos en el continente norteamericano. Este segundo elemento fue el primero que obtuvo relevancia en la agenda estadounidense, y sirvió como justificación del esclavismo e inspiró las relaciones con los nativos americanos y los mexicanos durante el siglo XIX y con el conjunto de América Latina durante el siglo XX. La idea de supremacía racial no es exclusiva de Estados Unidos, y ni siquiera de los europeos. Aún en nuestra época, pueblos como el japonés y el chino mantienen la convicción de ser superiores con mucha más fortaleza que los mismos europeos, que por lo general han hecho durante algunas décadas una fuerte autocrítica de su eurocentrismo, gracias a lo cual han eliminado sus aristas más agresivas. Los colonos norteamericanos recibieron la influencia del racismo inglés y lo desarrollaron, primero para apoyar su pretensión sobre tierras que estaban ocupadas por otros pueblos y posteriormente para justificar sus políticas hacia el resto del mundo. Es sobre esta base que Estados Unidos ha podido justificar frente a sí mismo y frente al resto del mundo sus acciones dirigidas a salvar a las razas inferiores de sus propias acciones11.

El prohibicionismo de las drogas parte del supuesto de que la colectivad, la comunidad, el Estado, tienen el derecho, incluso el deber, de intervenir en el comportamiento de las personas para regular las conductas en que ellas incurren y pueden hacerles daño. El internacionalismo humanitario considera que existen pueblos que por razones culturales y/o raciales no han llegado a la mayoría de edad y son explotados en muchos casos por los ciudadanos de los países que tratan de salvarlos. Así, los Estados de los países más responsables de la comunidad internacional deben intervenir para impedir que, por ejemplo, se siga extrayendo la mano de obra africana o que estos ciudadanos sigan usando sus escasos recursos en bienes suntuarios o francamente peligrosos como las armas, el alcohol o las drogas.

En el caso de las drogas, coincidió la preocupación de dos países, los Estados Unidos y la China, por las secuelas negativas del consumo interno de opio, y el deseo estadounidense de mejorar las relaciones con la China12, para emprender la institucionalización del control internacional de las drogas. Así, entre el 1o. y el 26 de febrero de 1909 se reunió en Shanghai la Comisión Internacional del Opio (International Opium Commission) con la asistencia de 13 países para discutir el problema chino del opio y, esa era la intención implícita de Estados Unidos y China, denunciar los tratados internacionales -en particular los impuestos por Gran Bretaña- que le impedían a este último país regular y menos aún prohibir las importaciones de opio. El problema adquirió un alcance global durante las tres Conferencias Internacionales del Opio efectuadas en La Haya entre 1911 y 1914, que son el precedente directo del actual sistema internacional de control de las drogas, que ha supuesto la mundialización de la visión prohibicionista estadounidense13.

B. Todas las formas del ser son válidas (o casi)

En Estados Unidos algunos grupos han conseguido con éxito imponer internamente su visión del mundo sobre otros seres y grupos que no la comparten; Estados Unidos, por su parte, ha logrado extender al resto del mundo su visión de las cosas. La cultura estadounidense ha devenido global, y con ello algunos de sus aspectos más lamentables. Entre ellos está la convicción de que el comportamiento individual debe ser regulado, y más en concreto, la creencia de que es necesario prohibir el consumo de una drogas tan inofensiva -más aún, benéfica en algunos sentidos- como la marihuana. Y esto en contra de todas las evidencias científicas que afirman que la marihuana no es adictiva14, y que por el contrario puede ser muy útil frente a dolencias tan variadas como el cáncer -impidiendo las náuseas causadas por la quimioterapia-, el glaucoma, la epilepsia, la esclerosis múltiple, la paraplejía y la cuadriplejía, el sida, el dolor crónico, la migraña, el prurito (picazón extremada), los calambres menstruales y los dolores del parto, la depresión y otros desórdenes psíquicos, y posiblemente es útil en caso de asma, insomnio, náusea intensa motivado por causas difentes al cáncer y al sida, distonías y como agente antimicrobiano y antitumoral15.

Sin embargo, y no obstante todo lo dicho hasta el momento, Estados Unidos es un país liberal; de hecho ha sido y sigue siendo la tierra de las libertades por antonomasia. Desde el momento mismo de su Declaración de Independencia, el 4 de julio de 1776, ese país se organizó en torno a unos principios que han sido progresivamente adoptados por los demás países del mundo, en no pocos casos con bastante renuencia. Decían así los representantes reunidos en el Segundo Congreso Continental: "Sostenemos como certeza manifiesta que todos los hombres fueron creados iguales, que su creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad16".

Y no eran solo palabras. Décadas después, Tocqueville, un observador para nada sospechoso de simpatizar en exceso con la nueva nación en su doble carácter de francés y aristócrata, reconoció la existencia de esos principios en la realidad:

Las instituciones libres que poseen los habitantes de los Estados Unidos y los derechos políticos de que tanto uso hacen recuerdan a cada ciudadano continuamente y de mil maneras que vive en sociedad. A cada momento encaminan su ánimo hacia la idea de que el deber y el interés de los hombres está en hacerse útil a sus semejantes, y como no ven ningún motivo particular para odiarlos, puesto que no son nunca ni sus esclavos ni sus dueños, su corazón se inclina fácilmente hacia la benevolencia. Se ocupan del interés general en primer lugar por necesidad y después por elección. Lo que era cálculo se hace instinto y, a fuerza de trabajar por el bien de sus conciudadanos, finalmente adquieren el hábito y la afición de servirlos17.

Tocqueville afirma que esos principios existen y se perpetúan porque corresponde al interés de sus ciudadanos que así sea. Es el mismo argumento de Adam Smith18. La mayor parte de los habitantes de los Estados Unidos tenían entonces las condiciones propias de la ciudadanía19. Y ésta existía, como afirmó el mismo Tocqueville, gracias a que los estadounidenses dependían generalmente de sí mismos para obtener su subsistencia:

¿Por qué en América, país de la democracia por excelencia, nadie hace oír contra la propiedad en general esas quejas que a menudo resuenan en Europa? ¿Es preciso decirlo? Es que en América no hay proletariado. Como todos tienen unos bienes particulares que defender, reconocen en principio el derecho de propiedad. En el mundo político sucede lo mismo. En América, el hombre del pueblo ha concebido una idea elevada de los derechos políticos porque tienen derechos políticos; no ataca los de los otros para que no violenten los suyos. Y en tanto que en Europa ese hombre no reconoce la autoridad soberana, el americano se somete sin murmurar al poder del más inferior de sus magistrados20.

Así, pues, existe un vínculo inextricable entre ciudadanía y derecho de propiedad, entre libertades y mercado. No es coincidencia que Estados Unidos, el país más capitalista, sea también -junto con Inglaterra- la tierra del liberalismo moderno21. Isaiah Berlin está de acuerdo, un poco a regañadientes, con esa idea, la cual presenta de forma más moderna y general así: "Puede ser que el ideal de libertad para elegir fines sin pretender que éstos tengan validez eterna, y el pluralismo de valores que está relacionado con esto, sea el último fruto de nuestra decadente civilización capitalista"22.

C. Desatando el nudo

Se ha afirmado que Estados Unidos es el país liberal por excelencia, pero también se ha dicho que existen fuertes tensiones entre sus ciudadanos, que se expresan en que internamente algunos  intentan imponer su visión del mundo y sus comportamientos sobre otros, mientras que la política exterior estadounidense evidencia el menosprecio por muchos de los pueblos y naciones del mundo. ¿Cómo se reconcilia -por lo menos a nivel de los conceptos ya que no en la realidad- esta contradicción? El hecho es que en los Estados Unidos solo algunos de sus habitantes -blancos todos, la mayor parte protestantes y preferiblemente anglosajones- han ejercido de manera plena la ciudadanía. Otros muchos han visto recortada su ciudadanía, o simplemente, como sucedió con los negros del Sur hasta hace menos de cuatro décadas, padecieron su total negación. Él mismo Tocqueville insiste varias veces en que la democracia de la cual está hablando no incluye a ese gran conjunto de la población que son los esclavos. El ejercicio de la ciudadanía estuvo vinculado desde sus orígenes a la idea de jerarquía racial, y por ello, cuando Estados Unidos se asomó al resto del mundo desde finales del siglo XIX, vio como socios a las potencias europeas a socios y como inferiores a los países latinoamericanos y asiáticos.

Esta creencia en la supremacía es de vieja data:

La presunción de superioridad de los pueblos blancos frente a las tribus de pieles rojas procedía de un cristianismo que predicaba ciertamente el amor al enemigo como mandamiento supremo, pero al mismo tiempo proclamaba como misión: "¡Someted la tierra!". Es este rasgo posesivo fundamental el que caracteriza a los Estados Unidos y el que diferencia a la "constitución blanca" de la "roja" de los iroqueses23, los cuales, en su calidad de "salvajes", bien poco podían hacer con el tipo individual de propiedad y su correspondiente aparato de seguridad en forma de Estado. Concebían su existencia de una manera totalmente diferente a la de los invasores ingleses y europeos: pertenecían a la tierra y no la tierra a ellos... La realización de los ideales de la Ilustración europea en suelo americano excluía a los indios y a los negros en tanto... éstos no eran reconocidos como seres humanos en el sentido de ciudadanos propietarios y cristianos24.

Y así continúa siendo en gran medida, pese a los avances de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Los indios permanecen relegados en sus reservaciones y los negros han hallado sus guetos en los centros de las grandes ciudades, a los cuales afluyen de manera creciente los latinos y otras minorías étnicas25. Las ciudades han sido idealizadas como el lugar de realización de la ciudadanía -la filiación entre las palabras es significativa-; sin embargo, paradójicamente, las ciudades estadounidenses, y sobre todo sus centros, se están convirtiendo de manera creciente en los lugares de concentración de los marginados. Pocas personas hubieran podido prever hace unas décadas que las nuevas tecnologías iban a permitir ejercer esa ciudadanía desde los suburbios...

En fin, esa ciudadanía parcial o recortada permitió que en los Estados Unidos un grupo de blancos y protestantes impusiesen su visión del alcohol y las drogas sobre otros grupos que tenían menos derechos o ninguno; el prohibicionismo ha sido desde el principio una forma de racismo, responde a la creencia en una jerarquía racial. Luego confluyeron dos hechos diferentes. Por una parte, los chinos pedían ayuda para controlar el problema del opio. Por otra parte, los activistas antidrogas estadounidenses llegaron a la conclusión de que la legislación interna de su país -y de sus colonias, como Filipinas- no podía tener éxito si los demás países no ayudaban, pues de nada servía contar con leyes que prohibían el consumo y comercio de ciertas drogas si esas drogas seguían siendo producidas en otros lugares del mundo26. De esta forma, una determinada visión de cómo funcionaba la economía mundial y el deseo de ayudar a las "raza inferiores" -una extensión al resto del mundo del racismo que fue la base de la ciudadanía recortada internamente- confluyeron para iniciar la construcción del sistema internacional de las drogas actualmente vigente.

II. La prohibición como cruzada

A. Puritanismo y sobriedad

En el capítulo anterior se examinó el problema de la ciudadanía en los Estados Unidos a nivel global, y se concluyó que algunas minorías no tenían acceso a esa ciudadanía. Dado este contexto, a lo largo de la historia de ese país diversos grupos sociales han hecho gala de intolerancia y antipluralismo; de nuevo, esta situación se remonta al período anterior a la Independencia. La mayor parte de las primeras colonias estadounidenses fueron fundadas por comunidades protestantes tan radicales que ni siquiera pudieron cultivar su religión libremente en las naciones europeas donde triunfó la reforma. Fue el caso de los puritanos, de los cuáqueros y de diversas sectas alemanas. Estas comunidades migraron a Norteamérica para vivir su religión libremente. Constituyeron así teocracias, intolerantes en su interior, pero respetuosas de la autonomía de las demás comunidades. Una de las paradojas del protestantismo norteamericano es esa intolerancia al interior de cada comunidad, la cual intenta imponer sobre sus miembros unas pautas de conducta establecidas, al tiempo que, como todo protestantismo, hace responsable a cada individuo de su salvación. El individuo se ve confrontado a cada instante por esa gran carga, y en ocasiones rompe con su iglesia local al sentir que la salvación se encuentra en un camino diferente. Así, pese a que parecen oponerse, el comunitarismo y el individualismo estadounidenses tienen un mismo origen.

En un principio, los fundadores de algunas de las colonias declararon como única y oficial a su propia religión. Fue lo que ocurrió en Virginia y Maryland con la Iglesia Anglicana27, y en Nueva Inglaterra -con excepción de Rhode Island- con el congregacionalismo. En otras colonias la tolerancia fue la norma: en Rhode Island, en las colonias fundadas después de 1660 -las Carolinas, Nueva York, Nueva Jersey y Pennsylvania- y en el Viejo Oeste28. Esta situación, así como la distribución de las distintas denominaciones religiosas, se vio profundamente afectada por las nuevas corrientes migratorias, que trajeron una proporción creciente de fieles de otras religiones, y por las oleadas sucesivas de renovación que periódicamente han sacudido al protestantismo y revivido la fe de muchos de sus miembros, los llamados "Grandes Despertares". Estos "despertares", el primero de los cuales tuvo lugar en la década de 1740, revitalizaban la fe de bautistas, metodistas y presbiterianos, pero también reavivaban el sectarismo religioso, haciendo que, por ejemplo, Connecticut revocase en 1743 su ley de tolerancia29.

En este proceso desapareció el puritanismo como denominación religiosa, pero su influencia se ha extendido hasta el presente pues, en la medida que los pobladores de Nueva Inglaterra se extendieron por el resto de Norteamérica, "la semilla del puritanismo, aligerada de su revestimiento teológico, se implantó por todo Estados Unidos"30. La insistencia de los puritanos en la sobriedad y en el autocontrol personal pervive aún hoy en día en muy diferentes tradiciones religiosas e incluso entre reformistas seculares:

Es difícil de decir hasta qué punto un puritanismo regenerador difuso y secularizado (vague and secularized Puritan transformationism) subyace a todos estos movimientos [reformistas] típicamente estadounidenses, pero sería difícil imaginar este persistente "complejo del entrometido" ("interferiority complex") estadounidense sin la subestructura de la preocupación puritana por mejorar las costumbres de este mundo y su insistencia "teocrática" en que el gobierno moral de Dios se aplica tanto a las sociedades como a los individuos... El principal elemento del patrimonio moral y religioso de los Estados Unidos fue el puritanismo, con su profunda creencia en que la Iglesia debía influir sobre y, de ser necesario, debía reformar la sociedad31.

Esta importancia de la religión en la sociedad estadounidense fue justipreciada -otra vez- Tocqueville:
 
 

América es... el lugar del mundo donde la religión cristiana ha conservado más verdaderos poderes sobre las almas, y nada muestra mejor cuán útil y natural es al hombre que el país donde ejerce en nuestros días el mayor imperio sea al mismo tiempo el más ilustrado y el más libre... No se puede decir... que en los Estados Unidos la religión ejerza una influencia sobre las leyes ni sobre el detalle de las opiniones políticas, pero dirige las costumbres y al regir a la familia trabaja para ordenar el Estado... El cristianismo reina sin obstáculos, según la confesión de todos. Resulta de ello... que todo es cierto y firme en el mundo moral, aunque el mundo político parezca abandonado a la discusión y a los ensayos de los hombres. Así, el espíritu humano no ve nunca ante él un campo sin límites; cualquiera que sea su audacia, siente que debe detenerse de vez en cuando ante barreras infranqueables... Así, pues, al mismo tiempo que la ley permite al pueblo americano hacerlo todo, la religión le impide concebirlo todo y le prohibe atreverse a todo. La religión, que entre los americanos no se inmiscuye nunca directamente en el gobierno de la sociedad, debe ser considerada como la primera de sus instituciones políticas, pues si no les da el gusto por la libertad, les facilita singularmente su uso... No sé si todo los americanos tienen fe en su religión (¿quién puede leer en el fondo de sus corazones?), pero estoy seguro de que la creen necesaria para el mantenimiento de las instituciones republicanas32.

A través del Gran Despertar, el protestantismo evangélico adquirió conciencia de su poder y de su carácter nacional. Pocos años después tuvo lugar la Revolución; la nueva nación independiente se concibió entonces como la nación escogida por Dios. El nuevo entusiasmo en Nueva Inglaterra por el segundo Gran Despertar, que comenzó en 1795 y duró arpoximadamente hasta 1835. Durante su carrera como predicador, Lyman Beecher llevó a su plenitud la concepción más característica de la resurgencia evangélica: la íntima asociación de evangelismo en su sentido más amplio con reforma moral y beneficencia social. Fue particularmente activo en el movimiento temperante. En el contexto de este Despertar, surgió una nueva clase de institución religiosa, la asociación voluntaria de individuos privados con fines misioneros, reformistas y filantrópicos. que aunque operaba de manera independiente de cualquier control eclesitástico, estaba relacionado con algún organismo eclesiástico. Por lo general, sus miembros pertenecían a varias denominaciones protestantes33. Pese a que en muchas ocasiones se ha querido atribuir la abstinencia a los efectos de la moral puritana, lo cierto es que los puritanos nunca defendieron la abstinencia, y de hecho el licor, bebido con moderación, fue un elemento importante de la vida social de los puritanos. Los movimientos temperantes surgieron cuando el puritanismo original, aquel que colonizó Nueva Inglaterra, había desaparecido34.

Fue precisamente a principios del siglo XIX cuando "el puritano empezó a ganar su reputación como un legalista entrometido, estrecho de mente, amargado y algo latoso"35. Los cambios sociales asociados a la Independencia socavaron el poder de la vieja élite social, política, económica y religiosa. En respuesta a la pérdida de poder de la jerarquía calvinista, los predicadores evangélicos reaccionaron con la primera gran cruzada moral: el movimiento temperante. Ese movimiento hizo parte de la reacción de la vieja aristocracia federalista por restablecer el control sobre las crecientemente poderosas clases medias. Quienes establecieron el terreno fueron predicadores como Timothy Dwight y Lyman Beecher, con posterioridad a la guerra de 1812 con Gran Bretaña. Algunos activistas del movimiento misionero fundaron en Boston, en 1826, la Sociedad Estadounidense para la Promoción de la Temperancia (American Society for the Promotion of Temperance), que en 1836 defendió la abstinencia total. En 1846, el estado de Maine aprobó la primera ley prohibicionista, y fue seguido en 1852 por Vermont, Rhode Island y el Territorio de Minnesota, en 1853 por Michigan, en 1854 por Connecticut y en 1855 por otros ocho estados. Este rigor moral también se extendió a otras causas como os refomadores también lucharon por otras causas tales como el descanso dominical, la prohibición del baile y el teatro, las loterías, la obscenidad y el lenguaje indecente, etc36.

El medio siglo que siguió a la Guerra Civil fue un período de rápido cambio económico y social, asociado a las revoluciones urbana e industrial, pero que no tuvo su correpondencia en el gobierno y la política. Este problema fue complicado por un cambio en los patrones de la inmigración que pusieron al viejo establecimiento protestante, ya dividido por la Guerra Civil, en una posición mucho más complicada. Para enfrentar la amenaza, los protestantes recurrieron al nativismo, a un renacimiento del movimiento de restricción de la inmigración y a variedades de reforma política menos comprometidas con los ideales democráticos que con mantener a los "mejores homres" en el poder. Las iglesias se vieron profundamente divididas en torno a nuevas formas de pensamiento, principalmente la crítica histórica de la Biblia y el evolucionismo darwiniano. En este contexto fueron organizadas cruzadas de diverso tipo, en parte con el propósito de sanar o esconder la desunión de las iglesias. Las cruzadas que más recibieron atención fueron la temperancia y las misiones en el extrenjero. Estas cruzadas fueron acompañadas por un renovado recurso a la misión mundial de Estados Unidos37. En 1893, Josiah Strong, el secretario general de la rama estadounidense de la Alianza Evangélica, describió a su país como la "nueva Roma" cuyo destino era "anglosajonizar" al mundo entero38. Y afirmó: "No pido que salvemos a Estados Unidos por el bien de Estados Unidos, sino que salvemos a Estados Unidos por el bien del mundo". De esta forma, los eclesiásticos también contribuyeron a sentar las bases para la intervención de su país en los asuntos del mundo a partir de 189839.

Muchos protestantes creían que el catolicismo y el modo de vida estadounidense eran por principio opuestos. Los conservadores católicos estaban de acuerdo, y lo único que deseaban era una especie de tregua entre dos culturas distintas. Los más militantes a este respecto fueron los alemanes, que tenían su centro en el medioeste, en ciudades como Milwaukee, Chicago y San Luis. Los polacos tenían una mentalidad similar, aunque todavía eran pocos en la década de los 80., Sin embargo, la Iglesia católica estaba dominada entonces por los irlandeses, de los cuales una mayoría eran bastante conservadores -incluso aún más entre sus jerarquías- y tradicionalmente se definían a sí mismos por oposición a la cultura anglosajona, por lo que consideraban cualquier participación en la vida del país diferente a la obligatoria como una traición a su herencia. Pero otros destacados prelados irlandeses, que tenían en común haber nacido en Irlanda o a poco de llegar sus padres a los Estados Unidos, tenían mucho más presentes los infortunios, la pobreza y seguridad de la isla. Por ello tenían mucho más interés por el inmigrante y el trabajador, estaban claramente en favor de las instituciones democráticas y de la participación de los católicos en la vida del país. Fueron los llamados "americanistas" porque en Roma no se comprendía ni la cultura estadounidense ni se sabía como tratar en un mundo democrático.

El conflicto entre alemanes e irlandeses progresó y devino cultural. Los alemanes estaban en condiciones económicas mejores, y por lo general, como sus compatriotas luteranos, consideraban que el mensaje de Cristo solo podía ser transmitido adecuadamente en su lengua materna. Sin embargo, sus sacerdotes, parroquias y escuelas eran relegadas por la jerarquía irlandesa angloparlante. Así, pese a la resistencia protestante, fundaron escuelas parroquiales que educaban en alemán, acusaron a los irlandeses de compromiso y de laxitud doctrinal, y buscaron acabar con su subordinación con respecto a la jerarquía irlandesa. Casi todos los alemanes, incluidos sus religiosos, bebían cerveza. Antes de 1900, por lo general los prelados irlandeses, en particular con inclinaciones "americanistas", eran fervientes temperantes, pues, preocupados por el bienestar de sus comunidades, veían en el hábito de beber de los irlandeses un grave defecto, Hasta entonces existía una fuerte división entre los católicos de origen irlandés y los de origen alemán. Las actividades de la Liga contra las Tabernas, de clara estirpe protestante, y la aprobación de la Enmienda XVIII unificaron a los católicos en contra del prohibicionismo político40.

La presencia de la iglesia Católica en los Estados Unidos planteaba la cuestión fundamental de cómo un gigantesca institución, que lentamente se había estructurado de acuerdo con los principos de la ley católica y conservaba muhcas de las estructuras de la Edad Media, iba a ser  regulada en un estado democrático pluralista en el cual las iglesias eran una organización voluntaria entre tantas. No oobstante, un gran número de prelados y teólogos, así como buena parte del laicado, creían que su país proveía excelentes, sino ideales, circunstancias para que la iglesia se acomondase al nuevo orden social moderno. Pero en 1895 el papa León XIII dio a conocer la encíclica Longinqua Oceani, dirigida a la iglesia estadounidense, en la cual decía que, pese a su prosperidad, "sería muy equivocado concluir que en Estados Unidos constituye el mejor ejemplo de lo que debe ser la condición de la Iglesia, o que sería lícito o conveniente para el Estado y la Iglesia estar, como en Estados Unidos, separados y divorciados... Ella [la Iglesia] daría más abundantes frutos se, además de la libertad, disfrutase del favor de las leyes y de la protección de la autoridad pública". Una nueva encíclica, Testem Benevolentiae, apareció en 1899, la cual rechazó toda pretensión de que la Iglesia se adaptase a los tiempos modernos o de que los individuos pudiesen deliberar y participar en sus decisiones, y rechazaba por tanto el modernismo en general y el americanismo en particular. Sin embargo, la jerarquía estadounidense era bastante tradicional en cuanto a doctina y práctica, y solo una mayor apartura con respecto a las relaciones iglesia-estado41.

En las décadas posteriores a la Guerra Civil, hombres y mujeres, sobre todo del Norte, lucharon por movilizar las masas protestantes en torno a diversas causas. Se debía en parte a un esfuerzo medio inconsciente de distraer a los protestantes de los problemas intelectuales y de las disensiones internas, comprometiéndose en grandes tareas morales y espirituales, aunque los problemas y disensiones no tardarían en aparecer. Era Querían eliminar la brecha creciente entre Norte y Sur, Este y Oeste, ciudad y campo, liberales y fundamentalista. Para ello necesitaban simultáneamente rejuvenecimiento, unidad de espíritu y liderazgo cultural. Para ello ddemostraron energía y recursos organizativos sin límites. En el curso del siglo, la evangelización se convirtió en una tarea de la congregación como un todo. En este contexto, los líderes de las iglesias alcanzaron mayor poder y comprometieron a cada miembro, cuando su entusiasmo decrecía o se su celo flaqueaba, a apoyar económicamente la causa42.

La labor misionera protestante se realizó tanto en el exterior como dentro del país. Tenía dos elementos en común: en primer término, debido a los problemas representados por la pobreza, la ignorancia y la alienación, se cambió el énfasis de la salvación de almas individuales a la salvación de clases y grupos étnicos; incluso los más conservadores lo aceptaron y fueron penetrados por el cristianismo social. En segundo lugar, las distintas denominaciones cooperaron crecientemente en su planeación y trabajo. Las dos últimas décadas del siglo XIX supusieron el clímax del movimiento misional en el extranjero del protestantismo estadounidense, en el que participaron tanto clérigos como lacios y en lo cual la YMCA (Young Men's Christian Association) jugó un papel muy importante al estimular a sus miembros a convertirse en misioneros. Posteriormente, cuando el sentido de su misión entró en crisis tras la Primera Guerra Mundial, miles de misioneros laicos se convirtieron durante los años 20 en poderosos agentes de otras cruzadas y causas sociales internas. Los misioneros en licencia, con sus prejuicios y estereotipos, se convirtieron en la ventana de Estados Unidos sobre el mundo no occidental: China, Japón, India, África. Y tuvieron una gran influencia sobre el Departamento de Estado. Muchos hijos de misioneros se convirtieron a su vez en diplomáticos, como John Foster Dulles, o en académicos especializados en distintas áreas del resto del mundo43.

B. Las dos primeras oleadas temperantes

La más grande y más unificada de las cruzadas protestantes fue la de la temperencia, una campaña cuyos éxitos y fallas afectaron casi todos los aspectos de la vida nacional. Este movimiento afectó al país en tres oleadas principales. La primera compartió los triunfos del Frente Evangélico Unido (Evangelical United Front) -asociado al Segundo Gran Despertar- y de las cruzadas humanitarias del período anterior a la Guerra Civil. Su fin era hacer de Estados Unidos el más grande ejemplo de una auténtica república protestante, y se creó una asociación voluntaria  interdenominacional para cada una de las causas: misiones, fin de los duelos, escuelas dominicales, temperancia, etc. La cruzada que más unidad obtuvo fue la antipapista, la más dramática fue la antiesclavista. La ciudadanía santificada haría al país un modelo para el resto del mundo. La famosa "ley de Maine" fue aprobada en 1846m y en la siguiente década 13 estados del norte y el oeste siguieron el ejemplo. Estas victorias fueron efímeras: cuando la Guerra Civil acabó, solo dos estados, Maine y Massachusetts, eran "secos" y el último rápidamente abandonó el campo44.

El hecho que dio lugar a la segunda oleada temperante fue la creación, por parte de la Gran Logia de los Templarios Buenos (Grand Lodge of Good Templars), del Partido Prohibicionista en 1869. Sin embargo, el Partido creció lentamente. Por iniciativa de algunos miembros de la Logia de los Templarios, el Partido Prohibicionista fue fundado en una convención efectuada en septiembre de 1869 por delegados de 19 estados. El primer documento oficial del Partido, Un manifiesto al pueblo de los Estados Unidos (An Addres to the People of the United States, decía: "La suerte del esclavo literal, a quien otros han esclavizado, es bastante dura; sin embargo, es un paraíso comparada con la suerte de quien se ha esclavizado a sí mismo, en particular con aquel que es un esclavo del alcohol... La única salvación del alcoholismo es la abstinencia total de bebidas embriagantes... La existencia de las tabernas... es el peligro más grande para la persona y la propiedad, porque es la fábrica principal de incendiarios, locos y asesinos. Muchos de sus clientes salen directo a quemar y matar. El gobierno traiciona su obligación y es negligente en su deber cuando licencia o permite las tabernas deber cuando que mayor peligro

El movimiento retomó su impulso luego que el 24 de diciembre de 1873 más de 70 mujeres salieron de una reunión para orar hacia uno de venta de licores, en Hillsboro, capital del condado Highland, en el sur del estado de Ohio. Mediante plegarias y súplicas consiguieron que su propietario cerrara, y lo mismo hicieron con las demás tabernas (saloons) del pueblo. La prensa les dio amplio cubrimiento y reciebieron la simpatía del público; de esta forma, la Cruzada Femenina (Women's Crusade) se extendió a través de Ohio y hacia otros estados. En el curso de 1874 disminuyeron los ingresos fiscales sobre el alcohol, aunque rápidamente se recuperaron. Esta Cruzada perdió impulso al cabo del año, pero consiguió revitalizar el movimiento temperante y, sobre todo, le confirió a las mujeres un rol en los asuntos públicos que nunca más perdieron45.

En noviembre de 1874, en la ciudad de Cleveland, situada también en Ohio, delegadas de 17 estados fundaron la Unión Temperante Cristiana de Mujeres (Women's Christian Temperance Union, WCTU) que, bajo el liderazgo de Frances Willard -"una metodista leal y ortodoxa", como se definió a sí misma-, que fue su presidente a partir de 1881, se convirtió en la organización femenina más importante del siglo en los Estados Unidos. En lugar de concentrarse exclusivamente en el tema de la prohibición, como hasta entonces lo había hecho la WCTU, Willard hizo un mayor énfasis en los derechos de la mujer, incluyendo el voto, y en una amplia variedad de asuntos sociales. Además, desarrolló una vigorosa campaña para llevar a cabo estas metas, lo que junto con su compromiso con los ideales y el espíritu del protestantismo evangélico -que hizo que su organización estuviese firmemente asentada en las parroquias de todo el país- y su astuta política de apoyar toda la causa en las dos instituciones donde se suponía estaba el lugar de las mujeres -el hogar y la iglesia-, que fue la que en realidad le permitió obtener el éxito.

En 1884, tras haber sido rechazada en las convenciones de los dos partidos mayoritarios, el Demócrata y el Republicano, Willard llevó a la Unión a apoyar el Partido Prohibicionista. La WCTU le quitó a los republicanos un número de votos en Nueva York que permitieron la elección en ese año del demócrata Grover Cleveland. La Unión había aprendido como influir en la política, y lo practicó con una efectividad antes no igualada en los Estados Unidos. Para 1896, Willard había orientado sus simpatías hacia el Populismo (Populism)46 y a las demandas por la reforma urbana. Tras fracasar en sus intentos por unir los partidos Prohibicionista y Populista bajo una única bandera que incluyese la temperancia y el sufragio femenino, trabajó con otros críticos del status  quo para crear un único gran partido reformista. Pero su salud comenzó a fallar, y poco después de su muerte, en 1898, la WCTU pasó a ser poco más que el auxiliar femenino de la Liga contra las Tabernas (Anti-Saloon League)47.

C. La tercera oleada: Clímax y fin

La América protestante enfrentó -y perdió- sus grandes batallas en los años 20, esa "década tumultuosa de prohibición, inmigración, evolución, jazz, el Ku Klux Klan, faldas cortas, las películas, Al Smith48 y la Gran Crisis"49. La Liga contra las Tabernas (Anti-Saloon League), fundada en 1895, asumió el liderazgo del movimiento temperante hacia 1905. Sus miembros se agrupaban en ligas locales, regionales y estatales, y se comprometían a votar por quien decidiera la organización. Este poder electoral le permitió a la Liga introducir la prohibición en la agenda de todas las legislaturas estatales. Así, la prohibición, que estaba vigente en tres estados en 1906, se extendió a 23 para 1916, de los cuales 17 la aprobaron mediante plebiscito. Sin embargo, hasta enero de 1919 solo 13 estados, que apenas comprendían un séptimo de la población del país, contaban con una legislación estrictamente prohibicionista; las leyes restrictivas en otros 23 estados dejaban resquicios como la posibilidad de importar licor o producirlo de forma casera. La primera vez que se consideró una enmienda constitucional prohibicionista fue en 1914, cuando la Cámara de Representantes aprobó una propuesta por un estrecho margen, 197 a 190, menor al requerido. En diciembre de 1917, un nuevo proyecto redactado por la Liga contra las Tabernas, fue votado afirmativamente por el Congreso. Pasó entonces a consideración de los estados, que completaron las ratificaciones necesarias en enero de 1919. La Enmienda XVIII de la Constitución prohibió "la manufactura, venta o transporte de licores embriagantes dentro, su importación a o su exportación desde los Estados Unidos y todo territorio sujeto a su jurisdicción" -no hay alusiones a la compra o el consumo-, y confirió al Congreso y a los estados "poder concurrente para aplicar este artículo mediante la legislación apropiada".

En octubre de 1919, tres meses antes de que la Enmienda XVIII entrase en vigencia, el Congreso aprobó la Ley de Prohibición Nacional (National Prohibition Act), comúnmente conocida como ley Volstead. Sus propósitos eran hacer efectiva la prohibición de consumir bebidas alcohólicas, y regular "la manufactura, producción, consumo y venta de alcoholes de alta graduación con propósitos distintos a la bebida". La expedición de licencias, la prevención de infracciones, el arresto de transgresores, en fin, la aplicación de esa ley le fue confiada el Departamento del Tesoro, que para el efecto creó una Oficina de Prohibición (Prohibition Bureau). Esta Oficina inició operaciones con 1500 agentes sin entrenamiento y mal pagados; su incompetencia y venalidad fueron proverbiales. No obstante, la principal fuente de problemas fueron las excepciones y garantías que ofrecía la ley misma. Algunas eran inevitables. El alcohol puro era una materia prima en muchos procesos industriales y muchas empresas obtuvieron permisos para fabricarlo y venderlo; inevitablemente, parte del alcohol se desvió a la producción de licor. Otras excepciones, sin embargo, crearon muchas dudas en torno al compromiso real del gobierno con el prohibicionismo. Así, por ejemplo, se permitió la producción de cerveza con un contenido alcohólico hasta del 0,5%, lo que mantuvo una capacidad instalada que fácilmente podía fabricar una bebida más fuerte. Por otro lado, la elaboración de licor para el consumo doméstico no fue declarada ilegal, y organizaciones criminales y consumidores que vendían parte de su producción instalaron pequeños alambiques. La industria casera del vino era tan próspera que el área cultivada con viñedos en California aumentó siete veces en los primeros cinco años de la Prohibición.

Las inconsistencias de la ley Volstead tenían su origen en la ambigüedad frente a la propiedad privada. En general, todos los movimientos prohibicionistas creían en el concepto de la embriaguez como enfermedad introducido por Benjamin Rush, en el cual el consumidor era una víctima impotente de la inmoralidad y la codicia de productores y vendedores. En este caso, el bien común requería la afectación de los intereses económicos involucrados en la fabricación y venta de licor. Los empresarios eran muy conscientes de que, con argumentos similares, los socialistas  podían demandar la intervención del gobierno frente a la actuación de capitalistas inescrupulosos. Por este camino, parecía posible la restricción de todas las libertades económicas. Sin embargo, los prohibicionistas deseaban el apoyo político y material de los dirigentes empresariales no relacionados con el licor, y para ello ofrecían a los empresarios la mayor productividad derivada de una mano de obra abstemia. Argüían además que su causa era asimilable a la lucha contra la esclavitud, que estableció como precedente que un tráfico malvado podía ser destruido y sus dueños desposeídos, sin por ello amenazar los legítimos derechos de propiedad de otros sectores económicos. Y para estrechar aún más las semejanzas, equiparaban la esclavitud física con la esclavitud al alcohol -desconociendo que en el caso de la embriaguez, el "esclavo" tenía una participación muy activa en su "enajenación".

La primera organización creada con el fin de promover la revocación de la Enmienda XVIII fue la Asociación contra la Enmienda Prohibicionista (Association against the Prohibition Amendment, AAPA), que fue financiada por millonarios convencidos de que los impuestos generados por la legalización aliviarían sus propias cargas fiscales. La campaña publicitaria emprendida por la Asociación atizó el temor que tenían los empresarios frente a la confiscación de la propiedad privada y contribuyó a establecer aquella leyenda según la cual la Enmienda XVIII trajo un auge del crimen y de los homicidios sin precedentes en Estados Unidos. Las estadísticas lo desmienten, y si bien es cierto que las organizaciones criminales urbanas crecieron en ese período, ya estaban bien consolidadas antes de la década del 20. La Asociación afirmaba que los consumidores buscarían el alcohol fuese legal o no; de no serlo, se les criminalizaba, creando un ambiente de confusión moral. Pero no se trataba de liberalizar por completo el comercio de licor. La Asociación estaba de acuerdo con que el Estado debía regular los diversos aspectos del comercio y gravar fuertemente a los licores -sobre todo a los más fuertes. Esta política debía ser tan estricta como para que el consumo de bebidas embriagantes dejase de constituir una amenaza a la sociedad, pero lo suficientemente laxa como para ser aplicada de manera efectiva y con el apoyo de la ciudadanía.
 

No obstante la labor de la Asociación contra la Enmienda y los escándalos que rodeaban a la Oficina de Prohibición, ésta era sólida. Sus partidarios arrasaron en las elecciones de 1928: el presidente Herbert Hoover, 43 de 48 gobernadores, 80 de 96 senadores y 328 de 424 representantes electos ese año la apoyaban. Hoover nombró la Comisión de Aplicación y Cumplimiento de la Ley (Comission of Law Enforcement and Observance), que tras dos años de trabajos emitió un reporte que apoyaba la Prohibición. Todo indicaba que perduraría. Hasta entonces ninguna parte de la Constitución había sido derogada, y tampoco existía el apoyo necesario. Aún en 1929, William Randolph Hearst, uno de los oponentes más eminentes de la Prohibición, juzgaba que su abolición era imposible. Por otra parte, tuvo indudables éxitos. La Prohibición causó la desaparición de las 170 mil tabernas registradas en los Estados Unidos y un descenso en el consumo de entre un 33 y un 50% en los primeros años, nivel al que se mantuvo durante el resto de los 20. Esa disminución fue más fuerte entre la clase trabajadora, particulamente sensible a los mayores precios del licor.

La Gran Crisis hizo posible lo que parecía inverosímil. Durante su campaña, Franklin D. Roosevelt prometió derogar la Enmienda XVIII y revivir así una industria que generaría trabajos e impuestos. Nueve días después de su posesión, el nuevo presidente envió al Congreso una proyecto modificatorio de la ley Volstead, legalizando la venta de cerveza, que fue rápidamente aprobado. Con base en un proyecto de la Asociación contra la Enmienda que recibió el apoyo del Ejecutivo, en febrero de 1933 el Congreso aprobó una nueva enmienda constitucional y la envió a los estados para su ratificación en convenciones reunidas para el efecto y elegidas por voto popular. En las consiguientes elecciones, la nueva enmienda obtuvo 15 de un total de 19 millones de votos. Las ratificaciones de los 35 estados necesarios se completaron en el mes de diciembre, tras lo cual la Enmienda XXI entró en efecto. Tras la aprobación de la Enmienda XXI, el gobierno federal mantuvo la responsabilidad de regular la producción de alcohol y de prevenir su producción ilegal, pero la mayor parte de las cuestiones relativas a la bebida pasaron a manos de los estados. Siete  mantuvieron la prohibición, aunque cinco de ellos declararon que la cerveza no era embriagante; 12 autorizaron el consumo de alcohol solo en los hogares; y 29 restringieron su venta a tragos individuales. Debido a la fuerte crisis económica, 12 estados crearon monopolios sobre el alcohol entre 1933 y 1935; las consideraciones rentísticas se impusieron sobre las preocupaciones morales. Así, paradójicamente, recién acabada la Prohibición, el poder público se dedicó a estimular la demanda por alcohol50.

Los evangélicos se demoraron 30 años en darse cuenta que habían dejado de ser una fuerza culturalmente determinante en la cultura de su país. Y concluye Ahlstrom lapidariamente: "Solo en los años 60 se hizo evidente que la Gran Época Puritana de la historia estadounidense había llegado a su fin"51. No pudo prever su nuevo renacimiento a partir de los años 80.

III. La prohibición como guerra

Aunque el opio fue el principal agente terapéutico de Occidente durante más de dos mil años, hasta el siglo XIX, su consumo con propósitos no médicos -y por tanto la adicción- fue prácticamente desconocido durante la mayor parte de ese período. En 1804 fue descubierta la morfina por el alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertüner, hallazgo que no solo marcó el comienzo de la moderna química orgánica, sino también del tipo de drogadicción que ha prevalecido en Occidente desde entonces. Rápidamente se desarrollaron otros alcaloides y derivados del opio, por lo general con la esperanza o la creencia en que los nuevos compuestos estarían libres de la propensión a crear hábito, manifiesta en los ya existentes. La última vez que la profesión médica incurrió en este error fue con ocasión del aislamiento de la heroína, o diacetilmorfina, en 1898. Thomas de Quincey, en su difundido libro Confesiones de un inglés comedor de opio (Confessions of an English Opium Eater), publicado en 1821, estableció el estilo y proporcionó los términos usados durante muchas décadas para referirse a la adicción al opio. A partir de entonces todos los adictos, con excepción de los fumadores, fueron llamados "comedores de opio", sin importar si consumían la droga mediante inyección hipodérmica.

Los adictos del siglo XIX llegaron a serlo generalmente por consejo médico y en algunos casos por automedicación -claro está que los fumadores siguieron otro camino. Muchos de esos adictos eran miembros respetados de la sociedad. Existen algunas referencias al uso de láudano por parte de prostitutas, pero nunca se dijo que se hubiesen convertido en prostitutas como consecuencia de la droga. La adicción era más alta entre las mujeres -el número de adictas sobrepasaba al de adictos en una proporción de tres a dos-, los ex soldados y los profesionales de la salud. Las drogas eran muy baratas -un adicto solo gastaba unos pocos centavos al día en opio, bastante menos de lo que gastaba un alcohólico- y fáciles de obtener. Más aún, virtualmente todos los remedios ofrecidos para curar la adicción contenían opio. En ese entonces el hábito no era aprobado pero tampoco era considerado criminal o monstruoso; por lo general era considerado un vicio, una desgracia personal digna de compasión, de forma similar a como es visto hoy el alcoholismo. De acuerdo con las cifras de importación, el consumo de opiáceos creció rápidamente a partir de 1860, superando con mucho el aumento de la población. Las importaciones disminuyeron desde 1900, como consecuencia de las crecientes restricciones legislativas a nivel local. Es posible que la baja de las importaciones fuera compensada por un incremento en el contrabando.

El hábito de fumar fue traído por los chinos, que arribaron a Estados Unidos, y sobre todo a California, a partir de la década de 1850. Estos chinos enseñaron el ritual y la técnica de fumar y les suministraron la droga a miembros del hampa local. De acuerdo con Harry H. Kane (1882), la primera vez que un blanco estadounidense fumó opio fue en 1868, en San Francisco. Sin embargo, "parece increíble... que ningún hombre blanco haya probado la droga antes de 1868. Un adicto que empezó a fumar opio cuando vivía en el Oeste, en 1906, me dijo que había escuchado la historia narrada por Kane, pero creía que era una leyenda". El hábito se extendió rápidamente, por lo que diversas autoridades locales aprobaron medidas en su contra. La primera ciudad en hacerlo fue San Francisco, que en 1875 prohibió la práctica de fumar opio, bajo pena de multa y/o  prisión. Esas medidas no parecen haber sido muy efectivas, pues "antiguos fumadores afirman que incluso en 1910 podían viajar a cualquier lugar del Oeste sin llevar una provisión de opio ni la pipa para fumarlo, sabiendo que en casi todas las poblaciones de algún tamaño hallarían un antro donde adquirirlas"52. El hábito de fumar se adquiría por contacto con otros adictos y nunca por consejo médico, pues los doctores no los prescribían. Los fumadores llamaban adicto ("dope fiend") a quienes consumían opio de cualquier otra manera, pues consideraban que los fumadores estaban menos "enganchados". Muchos de estos fumadores eran delincuentes, por lo que se extendió la creencia en que había una relación entre el uso de opio y la vida criminal, creando así las condiciones para aprobar una legislación antinarcóticos. Este proceso comenzó en 1909, cuando una ley federal prohibió la importación de opio para fumar.

En un principio, la política antidrogas de los Estados Unidos no fue establecida a través de un proceso legislativo ni mediante las interpretaciones de ese proceso que hacen los tribunales y tampoco tuvieron parte alguna ni la opinión pública ni el juicio de los médicos; esa política fue establecida por decisiones de funcionarios del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Luego de que fueron adoptadas las principales decisiones, se buscó -y obtuvo en gran parte- el apoyo público y médico para lo que era un hecho cumplido. Una característica insólita de esa legislación es que, aunque en teoría era puramente fiscal, establecía castigos muy severos e inflexibles. El estatuto básico antinarcóticos de los Estados Unidos durante cuatro décadas fue la ley Harrison de 1914, que respondió, por una parte, a la creciente preocupación con el gran número de adictos en el país y a la impresión de que los problemas que suponían no eran enfrentados adecuadamente por las medidas adoptadas por diversos estados y localidades, y, por otra parte, a que en las conferencias internacionales los delegados estadounidenses urgían a otros países a que adoptaran sistemas para el control interno de las drogas narcóticas y era a todas luces inconsistente que Estados Unidos careciera de dicho sistema.

La ley Harrison, aprobada en 1914, dispuso que quienes manejaran drogas -importándolas, produciéndolas, vendiéndolas, dispensándolas o dándolas- debían inscribirse ante el gobierno, llevar registros de sus transacciones y pagar impuestos especiales. Quedaron exentos del cumplimiento de estas normas las preparaciones que contenían cantidades mínimas de cocaína u opiáceos, y los médicos, dentistas y veterinarios que prescribiesen, administrasen o diesen las mencionadas drogas "en el curso de su práctica profesional" ("in the course of his professional practice") o "con propósitos médicos legítimos" ("for legitimate medical purposes"). La ley fue aprobada como una medida fiscal y en ninguna parte hace mención directa de los adictos o la adicción. Su propósito ostensible es registrar todo el proceso de distribución de la droga dentro de los Estados Unidos. El pequeño impuesto de un centavo por onza, la obligación de llenar unas formas especiales para cualquier transacción de drogas, y la exigencia de que las personas y firmas que tratasen con drogas se registrasen y pagasen una contribución, parecían medidas dirigidas a cumplir ese propósito. No hay señal alguna de la intención legislativa de negar a los adictos el acceso a las drogas legales o de interferir de manera alguna con la usanza médica. Solo se requería que las drogas fuesen obtenidas de médicos registrados de acuerdo con la ley y que quedase constancia de la precripción. La ley establecía que las drogas debían ser "prescritas de buena fe" ("prescribed in good faith") y "con propósitos médicos legítimos". Pero en ninguna parte de la ley se definía lo que constituía práctica médica legítima ni buena fe en los tratos de los médicos con los usuarios de drogas53.

En adelante, los consumidores de drogas no podrían obtenerlas libremente en las farmacias o a través de compras por correo. Algunos médicos entendieron que el texto de la ley Harrison los autorizaba a considerar la adicción como una enfermedad y al adicto como un paciente al que podían prescribirle drogas para evitar los síntomas de la abstinencia. El primer paso en la criminalización del adicto fue dado por la Corte Suprema cuando en 1915, en la decisión en el caso Estados Unidos contra Jin Fuey Moy, dispuso que la posesión por parte de un adicto de drogas introducidas de contrabando era una violación de la ley. La ley Harrison decía que era ilegal la posesión de drogas por personas no registradas; la defensa argumentó que esto se refería solo  a quienes estaban obligados a registrarse y no a todas las personas. Esta decisión forzó al adicto a acudir a un doctor como la única fuente legítima de drogas. Las posteriores decisiones de la Corte se basaron en casos que involucraban a médicos que habían prescrito grandes cantidades de droga de manera indiscriminada a muchos adictos. En el caso Webb contra Estados Unidos de 1919, la Corte decidió que la prescripción de drogas a un adicto "que era expedida con el propósito de suministrar al consumidor morfina suficiente para complacerlo manteniendo su consumo acostumbrado" ("to keep him comfortable by maintaining his costumary use") y "no en el curso de un tratamiento profesional con el fin de curar el hábito", iba más allá del propósito de la ley y estaba excluida de las exenciones establecidas por la ley Harrison para la relación médico-paciente; la Corte Suprema agregó que una interpretación distinta "sería una perversión de la intención [de la ley] tan evidente que cualquier discusión sobra".

Por su parte, en 1919 el Departamento del Tesoro, la entidad encargada de aplicar la ley Harrison, declaró que las prescripciones médicas para los adictos eran ilegales, aunque sería indulgente con los adictos ancianos y débiles para quienes la privación supondría la muerte y los adictos que padecían una enfermedad incurable. En 1921, el Departamento del Tesoro declaró que "el médico será responsable si debido a su descuido o la falta de atención personal requerida, el paciente consigue más drogas narcóticas de las necesarias para el tratamiento médico y dedica parte de lo obtenido a satisfacer su adicción". Y en 1922, la ley Jones-Miller estableció una multa de hasta US$5000 y una pena de prisión de hasta 10 años para quien importase o participase en la importación "de cualquier droga narcótica"54.

La Corte Suprema, en el caso Estados Unidos contra Behrman de 1922, determinó que las prescripciones médicas para los adictos eran ilegales, independientemente de los motivos que pueda haber tenido el médico al expedirla. El doctor Behrman fue condenado pese a que la acusación establecía que había prescrito drogas para tratar y curar adictos. Esta decisión parecía privar a los médicos de la defensa de que había actuado de buena fe. En todo caso, la Corte dejó entreabierta una puerta cuando sugirió que los médicos podrían librarse de castigo si recetasen solo unas pocas dosis. Después del caso Behrman se le negó al adicto el acceso legal a las drogas. Las decisiones de la Corte Suprema parecieron apuntar a que el médico no podía prescribir legalmente drogas para aliviar el síndrome de abstinencia de los adictos o para mantener su hábito, y únicamente podía proveer drogas a adictos que se hubiesen internado en hospitales con el fin de curar su adicción, y solo en dosis decrecientes. De esta forma era anulada la posibilidad del método ambulatorio para los adictos, y dado que los adictos no eran aceptados en los hospitales, la posibilidad de la cura hospitalaria era meramente teórica.

Ante el temor a ser arrestados y procesados, la mayoría de los médicos abandonó toda relación con los adictos. El tráfico ilícito floreció a partir de entonces, alimentado por adictos que hasta hacía poco obtenían la droga de manera legal. Para 1922, era claro que estaba emergiendo de las decisiones de las cortes una doctrina que prohibía las prescripciones médicas para los consumidores, excepto bajo circunstancias extremadamente restringidas. El Departamento del Tesoro, entidad a la que se había confiado la aplicación de la ley debido a su carácter fiscal, había redactado regulaciones basadas sobre estas primeras decisiones. Estas regulaciones establecían los casos en los cuales los médicos podían o no dar drogas a los adictos, y aconsejaban consultar a la policía en los casos dudosos. La teoría implícita en las regulaciones, y que aún sigue vigente en gran parte, era que la adicción no era una enfermedad sino una flaqueza deliberada que merecía castigo y no tratamiento médico. La administración regular de drogas a los adictos fue declarada legal solo en el caso de los adictos viejos y enfermos a los cuales su retiro podría causarles la muerto y de aquellos que padecían enfermedades incurables.

La legislación antinarcóticos redujo la disponibilidad de las drogas y disuadió a algunos posibles adictos -tanto por temor a infringir la ley como por los exorbitantes precios de la droga-, conteniendo así la expansión del hábito. Pero esta política creó también problemas inéditos. La demanda de drogas no desapareció y el consumidor se vio obligado a convertirse en un  delincuente que debe acudir a otros delincuentes, los traficantes (peddlers), para satisfacer su hábito. La droga ilícita es mucho más costosa: durante la Primera Guerra Mundial sus precios eran de 10 a 50 y más veces superiores a los del producto legítimo; tan elevado costo obliga a muchos adictos a delinquir. Así, aunque en algunos casos la conducta criminal precedió a la adicción, por lo general el comportamiento criminal es consecuencia del hábito. La legislación antinarcóticos afirma que su objetivo es el traficante y no el usuario de las drogas por lo que no penaliza el acto de consumir; en realidad los adictos se convierten en criminales a menos que sean demasiado viejos o débiles o tengan una enfermedad incurable. Las cárceles están ocupadas por los consumidores, es decir las víctimas del tráfico de drogas, no por aquellos que se lucran de ese tráfico. La legislación antidrogas surgió en buena parte debido a la errada creencia en que existía una conexión necesaria entre adicción y crimen; esta legislación convirtió efectivamente a los adictos en criminales, consolidando la imagen del consumidor como malhechor ante los ojos del público.

Un médico inglés comentó pocos años después de la aprobación de la ley Harrison:

En los Estados Unidos de América un drogadicto es considerado un malhechor incluso aunque haya adquirido el hábito debido al uso médico de la droga, como es el caso, por ejemplo, de los soldados estadounidenses que fueron gaseados o multilados de alguna manera en la Gran Guerra55. La ley Harrison sobre Narcóticos fue aprobada en 1914 en medio de la aprobación popular general. Esta ley impuso severas restricciones sobre la venta de narcóticos y sobre la profesión médica y requirió el nombramiento de un ejército entero de funcionarios. Como consecuencia de esta rigurosa ley ha surgido un importante comercio de narcóticos en ese país. El pequeño volumen de esas drogas hace que la evasión de la ley sea comparativamente fácil, y el país está invadido por un ejército de traficantes que exigen precios exorbitantes de sus víctimas indefensas. Parece que la ley Harrison no solo no ha conseguido disminuir el número de consumidores de drogas -algunos afirman, incluso, que ha incrementado su número-, sino que, en lugar de mejorar la vida del adicto, la ha empeorado -pues sin restringir el suministro de la droga ha decuplicado su precio, lo que ha ha tenido el efecto de empobrecer aún más a los adictos más pobres, reduciéndolos a una condición de tan abyecta miseria como para hacerlos incapaces de ganar su sustento de manera honrada56.

La criminalización del adicto trajo consecuencias penales, cuyo peso principal cayó sobre el eslabón más débil del negocio de la droga. Un antiguo comisionado de la policía de Nueva York escribió poco después:

Desde la aprobación de la ley Federal de Narcóticos en 1914, efectivamente miles de adictos y pequeños traficantes han ido a las prisiones federales, mientras que, con pocas excepciones, los "altos financieros" del contrabando de drogas permanecen en libertad. En la práctica, el actual estado de las cosas supone poco más que procesar a las víctimas del tráfico y permitir que aquellos que reciben la mayor parte de los beneficios queden incólumes57.

En 1930, los prisioneros que estaban cumpliendo condenas a largo plazo en las prisiones federales eran más de 12 mil, aunque las cinco prisiones y penitenciarías destinadas a alojar a estos huéspedes solo tenían capacidad para 7 mil internos. El grupo más grande era el de los violadores de las leyes relativas al alcohol, que constituían una tercera parte. El siguiente grupo en importancia lo constituían quienes fueron condenados por quebrantar las leyes antinarcóticos, que eran un 22% del total58. La situación de los adictos empeoró con la creación, en el mismo año 1930, de la Oficina Federal de Narcóticos (Federal Bureau of Narcotics), dependiente del Departamento del Tesoro. Esta Oficina, que fue dirigida por Harry S. Anslinger entre 1930 y 1962,  dio vida al paradigma punitivo en contra de las drogas. Copiando los métodos que desarrolló Edgar J. Hoover como director de la Oficina Federal de Investigaciones (Federal Bureau of Investigations) durante varias décadas, Anslinger usó de manera ingeniosa los medios de comunicación para extender entre la población el miedo hacia las drogas y hacia sus consumidores59. Rápidamente fueron visibles las consecuencias de la política represiva instrumentada por la Oficina de Narcóticos. Como decía Lindesmith ya en 1947: "En ningún otro país del mundo el adicto al opio paga tanto por la droga como lo hace aquí. Esto no solo explica la mayor parte de los crímenes cometidos por los adictos sino que también ha convertido a Estados Unidos en el mercado más lucrativo del mundo para el traficante. Además, ha estimulado el cultivo de amapola en regiones remotas de la Tierra"60.

El factor explicativo más importante de la adicción es la disponibilidad de las drogas. Los médicos y los militares tienen fácil acceso a los opiáceos y la adicción es común entre sus miembros. En el caso de los militares, los opiáceos están frecuentemente en manos de personas con escasa o nula preparación médica y poca comprensión del peligro que representan y son usados con liberalidad para el alivio del dolor, particularmente en condiciones de combate. Es así como cada uno de los grandes conflictos en que ha participado Estados Unidos a partir de la Guerra Civil ha tenido un efecto considerable sobre el problema de los narcóticos. La Guerra Civil provocó un gran incremento en el número de adictos debido a la popularización de la jeringa hipodérmica y a la indiscriminada prescripción de opiáceos para las heridas y enfermedades como la disentería. La guerra con España tuvo un efecto similar, aunque a menor escala. La Primera Guerra Mundial también aumentó el número de adictos pero en menor proporción porque los opiáceos fueron empleados con mayor prudencia. Durante la Segunda Guerra Mundial hubo un incremento similar en el número de adictos entre el personal militar pero el hábito se redujo en la población civil; lo más probable es que el total de afectados disminuyó durante el conflicto. Algunas personas consideran que como la guerra es un tiempo de inquietud y ansiedad, es de esperar que, para escapar o hallar consuelo, se recurra a las drogas con más frecuencia que en tiempos de paz. Este argumento es correcto y así ha ocurrido tradicionalmente con las drogas y el alcohol61. Sin embargo, el consumo de opiáceos por parte de la población civil disminuyó durante la Segunda Guerra Mundial debido a que la drogas estuvieron fuera del alcance de la mayor parte de la población.

Debido a que los países del Eje controlaban varias de las fuentes más importantes de opio, los suministros disminuyeron en un momento en que aumentaba la demanda por la droga. El primer escenario de la guerra fue Europa; en un principio se cortaron las redes de distribución ilegal de drogas con origen en ese continente, pero fueron sustituidas con el tráfico procedente del Lejano Oriente. El inicio de la guerra en el Pacífico interrumpió el flujo de drogas desde el Oriente, con lo cual el contrabando de droga se redujo a un mínimo, los precios se dispararon y la calidad se corrompió por completo. Incentivados por los altos precios, algunos productores nuevos entraron al mercado. México primero, y cuando desapareció la amenaza de los submarinos en el Atlántico, India e Irán, se convirtieron en las principales fuentes de drogas ilícitas del mercado estadounidense. El contrabando se realizaba a través de la frontera con México y de los puertos del Sur y del Atlántico. Sin embargo, la situación no cambió radicalmente. Era común la heroína con un grado de pureza del 1-2%, que era vendida entre US$30 y 50 la onza, y aún así era tan escasa que los decomisos cayeron un 50%. Algunos adictos abandonaron el hábito pero la mayoría se acomodaron de muchas formas: se abstuvieron en ocasiones, redujeron las dosis diarias y usaron sustitutos inferiores de la morfina y la heroína. El más popular de estos sustitutos fue el paregórico o tintura de opio alcanforado, que contenía pequeñas cantidades de la droga -algo menos de dos granos de opio por onza líquida- y era vendido libremente en las droguería. El total de adictos en la población civil disminuyó ante las dificultades para conseguir drogas; su número debió sobrepasar al de nuevos habituados entre los militares, reduciendo el número de adictos en el país.
 
 

Una de las personas que padeció las consecuencias de la política de la Oficina de Narcóticos, el poeta beat Allen Ginsberg, las describe así:

Por aquel entonces [principios de la década del 50] -y en la actualidad no ha desaparecido del todo, pues aún quedan vibraciones residuales de la paranoia del estado policial cultivadas por la brigada de narcóticos- estaba muy extendida la idea implítica de que si hablabas en voz alta de la hierba (y no digamos de la droga) en el metro o en el autobús, podías ser detenido, aunque sólo propusieras posibles cambios en las leyes. Era considerado ilegal hablar de las drogas. Una década más tarde aún no era posible proponer cambios en las leyes en un debate transmitido por la televisión pública nacional sin que la Oficina de Narcóticos y la Comisión Federal de Comunicaciones te denunciaran presentado como pruebas las grabaciones de tus palabras. Eso ya es historia... Lisa y llanamente, la verdad es que la Oficina de Narcóticos estaba conchabada con la delincuencia organizada y participaba bajo mano en la venta de droga, por lo que se dedicó a elaborar mitos que reforzaban la "criminalización" de los adictos en vez de procurarles tratamiento médico. Los motivos eran claros y sencillos: ansia de dinero, salarios bajos, chantaje y grandes beneficios ilegales, todo ello a expensas de una categoría de ciudadanos que eran calificados por la prensa y la policía de "enemigos de la sociedad"62.

Después de la Segunda Guerra Mundial, se consolidaron dos tipos diferentes de culturas de la droga, ambas contrarias a la cultura predominante de trabajo y ahorro. Por una parte, surgió la cultura hip, conformada por negros de los barrios pobres de la región noreste del país; por otra parte, entre los blancos surgieron los beatniks o generación beat. Las drogas se convirtieron en parte de la nueva "contracultura" y penetraron a las universidades, es decir, a los grupos blancos de familias pudientes. En respuesta, el gobierno federal aprobó una legislación más severa con la ley de 1951 conocida como el Proyecto o la Enmienda Boggs, y la ley de Control de Narcóticos de 1956. Estas dos leyes han sido las más fuertes aprobadas contra las drogas hasta el momento, pues contenían sentencias obligatorias por tráfico de narcóticos. No obstante, la sociedad estadounidense parecía estarse tornando más tolerante con respecto al consumo de drogas. Así parece indicarlo al menos lo ocurrido con Robert Mitchum. Mitchum, un actor bien conocido en ese entonces, fue arrestado por el cargo de posesión de marihuana en agosto de 1948 y permaneció dos meses en la cárcel. Su popularidad no se vio afectada en lo absoluto, y tras cumplir su condena un estudio compró su contrato por US$200 mil63

Tras una década de generalizada satisfacción, la segunda mitad de la década de los 50 vio el ascenso de preocupaciones de toda índole con respecto a la sociedad estadounidense. Fueron entonces cuando se popularizaron términos como "alienación", "crisis de identidad", "era de la ansiedad", "eclipse de la comunidad", "desarraigo", "sociedad de masas", "muchedumbre solitaria". Se hizo común la preocupación que para la estabilidad de la familia y la comunidad representaban supuestos males como los medios de comunicación de masas, la libertad sexual y el cambio generacional. Una de las manifestaciones de este cambio generacional fue la creciente rebeldía de la juventud, manifestada en hechos como las peleas de pandillas. Los cierto es que la creciente urbanización había creado un grupo social nuevo, los jóvenes. Muchos hablaron de un crecimiento de la delincuencia juvenil, aunque las estadísticas al respecto no lo confirmen. Los más radicales de entre los jóvenes se convirtieron en "beats", quienes afirmaban rechazar el materialismo de la cultura consumista y asumieron un estilo de vida bohemio. Sin embargo, el viejo modo de vida aún era muy fuerte. Así, la mitad de los hombres que entre 1953 y 1960 tuvieron la edad suficiente, terminaron en el ejército64.

Los beats fueron los disidentes más famosos de la corriente principal de la sociedad estadounidense entre 1957 y 1960. Por su rechazo de los valores imperantes y su apertura a las religiones orientales y las drogas, en particular la marihuana, constituyen los precedentes directos  del movimiento hippie. Los más conocidos de ellos son Allen Ginsberg, poeta y activista político de izquierda -su poema más famoso "Howl", fue escrito bajo la influencia del hongo psicoactivo peyote65-, Jack Kerouac, cuyo libro En el camino (On the Road) fue el manifiesto más importante de los beats66, y William Burroughs67. Los Beats fueron los inspiradores de personas que serían muy prominentes en la década siguiente: el cantante Bob Dylan, Ton Hayden, el más conocido de los líderes de la "Nueva Izquierda" de principios de los años 60 y posteriormente esposo de la actriz Jane Fonda, y Timothy Leary, que como profesor de Harvard realizó a principios de los años 60 experimentos muy polémicos sobre las drogas psicoactivas, en particular el ácido lisérgico (LSD). Paradójicamente, los beats, pese a su carácter bohemio y marginal, contribuyeron a sacar a las drogas de la oscuridad en que había sido colocada por varias décadas de política prohibicionista, gracias a su ascendiente entre los jóvenes blancos universitarios y de clase media de todo el país.

El consumo de drogas volvió a crecer durante la década de los 60, en respuesta a la situación de cambio social y a la angustia generada por la guerra del Vietnam. En 1968, el Federal Bureau, que recibió todo tipo de denuncias por corrupción -sus agentes protegían a narcotraficantes o se dedicaban ellos mismos a ese negocio-, fue reemplazado por una nueva agencia dependiente del Departamento de Justicia, la Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas (Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs). En 1973, se llvó a cabo la reorganización definitiva con la creación de la Agencia Antidrogas (Drug Enforcement Agency, DEA).

Durante las décadas de los 60 y 70, el paradigma punitivo fue desafiado por grupos importantes de la población, y particularmente el tema de la descriminalización de la marihuana ganó una audiencia importante. Pero el gobierno de Nixon habló por primera vez de la guerra contra las drogas, y luego de un interludio más tolerante, durante la administración Carter, la revolución reaganiana de los años 80 llevó al poder a la facción más conservadora del partido Republicano, la cual reversó todos los intentos de reforma de la política antidrogas y escaló la guerra contra las dogas. Un siglo después se repetía la misma obra. Una gran tolerancia con respecto a las drogas llevaba poco a poco al descubrimiento de los peligros que podía llevar su consumo indiscriminado. A principios del siglo XX, el poder público reaccionó ante las demandas de la opinió pública adoptando una política represiva en exceso y cruel hacia los consumidores, que no tuvo en cuenta las opiniones médicas sobre los diferentes efectos de las drogas y sobre la necesidad de tratar al adicto como a un enfermo y no como un criminal. Por ello, en medio de la histeria antidrogas del gobierno Reagan, el doctor David Musto escribió:

Al reflexionar sobre la anterior ola de intolerancia de las drogas, no podemos sino preocuparnos de que el miedo a las drogas se traduzca nuevamente en un simple miedo al consumidor de ellas y de que está acompañado de sentencias draconianas y de vínculos parentes entre ciertas drogas y algunos grupos sospechosos dentro de la sociedad, como fue el caso de la cocaína y los negros del Sur durante la primera década del presente siglo. ¿Existe algún tipo de paralelismo inherente entre el elogio excesivo de las drogas en la fase de tolerancia creciente y la celosa y, en ocasiones, parcial denuncia de los consumidores en la fase de disminución? Dejando esto a un lado, el hecho de conocer sobre nuestra anterior ola de uso de las drogas hacia los comienzos del siglo nos ofrece alguna seguridad de que el problema puede atenuarse, y quizás estos conocimientos permitan que una disminución en el consumo prosiga con un mínimo de distorsión. Sin embargo, somos un pueblo impaciente68.

El nuevo gobierno demócrata de Bill Clinton, aunque menos adepto a ese paradigma punitivo, no ha sido capaz de confrontar su inercia. La mayor parte de la sociedad estadounidense y de sus líderes demanda que se continúe la senda represiva contra las drogas y no está dispuesta a escuchar opiones en contra. Lo único que cabe esperar es que una nueva generación tenga una posición en relación con las drogas y cambie la política de su país, pero sin caer en el extremo en  que cayeron muchos jóvenes de la década del 60, que vieron en las drogas una panacea para sus problemas. Porque de esta forma solo arriesgan una nueva reacción en sentido contrario.

IV. La Iglesia Nativoamericana y el consumo de peyote

1. Los indígenas estadounidenses

Los contactos entre europeos e indios nunca fueron muy estrechos, y con el correr del tiempo creció la oposición por el control de la tierra. Para los colonos ingleses, los indios eran unos pueblos paganos y extraños con los cuales solo podía hacerse la guerra, conquistarlos y negociar tratados. Tras la Revolución, los sucesivos gobiernos estadounidenses siguieron considerando a las tribus indias como pueblos extranjeros y la política federal se limitó a obtener tierras por cualquier medio posibles. Pero aún persistían muchos pueblos dentro de los límites territoriales de los Estados Unidos, cuyo estatus constitucional no era claro69. No tenían ciudadanía y estaban exentos de impuestos. Desde un principio, los funcionarios federales, siguiendo el ejemplo británico, emplearon dos apartados de la Constitución para relacionarse con los indios : el poder de regular el comercio y los poderes para firmar tratados y hacer la guerra -esto último para adquirir tierra.

Luego de la guerra de 1812 con Gran Bretaña, el gobierno federal adoptó una doble política. Por un lado, apoyó la labor misionera y educativa de las iglesias protestantes y donó semillas, ganado y herramientas; de esta forma, esperaba que los indios adoptarían un modo de vida sedentario y se dedicarían a la agricultura, requiriendo así menos tierras para su sustento. Simultáneamente, el gobierno procuró que los indios que vivían más acá del Mississippi vendiesen o canjeasen sus tierras a cambio de territorio situado más allá del río -formalizando así lo que había venido ocurriendo durante varias décadas. Las opciones eran permanecer en una porción reducida de su tierra y dedicarse a la agricultura, o moverse hacia el oeste. En realidad, sin embargo, tanto los que permanecían como los que se desplazaban afrontaban una y otra vez la presión de granjeros, leñadores y mineros blancos, quienes los despojaban de sus tierras sin mayor resistencia por parte del gobierno federal70. Más aún, la mayor parte de los indios rechazó la propiedad privada y el crecimiento económico como valores deseables.

En el siglo XIX, a partir de la década del 20, el gobierno federal se propuso desplazar a los indios hacia el oeste, de tal forma que el asentamiento de los blancos pudiese proseguir. Nadie parecía imaginar la rapidez con que la sociedad blanca se expandiría hacia el oeste. En 1830 fue aprobada la ley de Traslado de los Indios (Indian Removal Act), que creó un presupuesto para comprar tierras tribales y pagar el costo de su reasentamiento. El Presidente podría usar la fuerza si fuese necesario. En adelante, los indios se moverían o serían destruidos. En la década de 1830, sin embargo, la superioridad de la sociedad blanca era tan abrumadora en términos numéricos y de tecnología, que se hizo insostenible la noción de las tribus como naciones extranjeras autónomas. De esta forma, la Suprema Corte, al resolver en 1831 el proceso que enfrentó a los Cheroquis y al estado de Georgia, sentenció que las tribus indias de los Estados Unidos eran "naciones dependientes domésticas". John Marshall, presidente de la Corte Suprema, agregó que los indios estaban "en un estado de pupilaje" y su relación con el estado federal era como la de "un niño con respecto a su tutor". Las tribus tenían el derecho de tenencia de la tierra, el cual era revocable pues dependía de la voluntad de los Estados Unidos. Por tanto, Marshall concluyó, los indios estaban "bajo la soberanía y dominio de los Estados Unidos".

La ficción de la firma de tratados persistió, pero a partir de 1830 el gobierno federal empleó su poder soberano para desplazar a las tribus que vivían en el occidente del país, hacia el interior del continente, en una vasta área de las Grandes Praderas llamada el "País de los Indios" (Indian Country). El propósito era acomodar al creciente número de blancos, al tiempo que se preservaba la cultura india. Al final, sin embargo, la expansión de los blancos terminó por destruir la soberanía  interna o local de las tribus indígenas. Esto fue un proceso por etapas. En 1871, el Congreso, abandonando la ficción de que las tribus indias eran poderes independientes, abolió el sistema de tratados y declaró que en adelante solo firmaría acuerdos, lo cual debilitó la autoridad tribal. La decreciente autoridad de los jefes tribales produjo serios problemas de ley y orden entre los indios. Las opciones eran asimilación, aislamientor protegido o -como deseaban algunos- exterminación. Presionado por críticos y reformadores, el Congreso adoptó una política de asimilación en la cual el gobierno ejercería el poder de soberanía local. Simultáneamente, siguiendo el modelo de los derechos de los libertos negros, el gobierno buscó integrar a los indios en el orden civil sobre la base de la ciudadanía igual.

De la misma forma que los esclavos en el período anterior a la Guerra Civil, la definición de las tribus como naciones dependientes domésticas, hizo que los indios fuesen mirados ni como extranjeros ni como ciudadanos, sino como súbditos de los Estados Unidos. Pese a que la Enmienda XIV de la Constitución, aprobada en 1868, declaró que "todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos... son ciudadanas de los Estados Unidos y del estado donde residen", los indios no eran considerados como ciudadanos. Pero a medida que se desintegraba la autoridad tribal y se incrementaba la presión sobre el Congreso para manejar el problema de su gobierno interno, aumentó la presión dirigida a conferir la ciudadanía a los indios. El Congreso se vio obligado a adoptar medidas en ese sentido cuando la Corte Suprema estableció que los Estados Unidos no tenían jurisdicción sobre los crímenes cometidos entre indígenas (Ex parte Cow Dog, 1883) y que los indios que abandonaban sus tribus no eran ciudadanos de los Estados Unidos (Elk vs. Wilkins, 1884).

En 1885, el Congreso extendió la jurisdicción criminal federal a las tribus que vivían en reservaciones, en relación con crímenes mayores como asesinato, violación, hurto, etc. Y en 1887 aprobó la ley Dawes, pieza clave de la nueva política de integración, la cual tuvo consecuencias tanto sobre el asunto de la ciudadanía indígena como del problema de ley y orden. Esa ley de carácter asimilacionista, defendida por los filántropos defensores de los indios, dispuso la división de las tierras tribales sobre una base individual; esto destruiría las tribus y la transformaría a los indígenas en propietarios privados, convirtiéndolos en sujetos de la ley criminal y civil del estado o el territorio en que residían, y se les garantizaría la protección imparcial de la ley. También le otorgó la ciudadanía a los indios que recibiesen parcelas o abandonasen voluntariamente su tribu. Los indios que continuasen viviendo en las tribus seguirían excluidos de la ciudadanía.

La política de integración alcanzó su clímax en la década de 1890, con la destrucción del País de los Indios -que en adelante pasó a llamarse "territorio indio" (Indian territory). El Congreso acabó con la autoridad tribal y extendió la jurisdicción federal en materias civil y criminal a esa área, e introdujo su parcelación. El Territorio de Oklahoma fue organizado en 1890, en la parte del antiguo País de los Indios que era habitado más intensivamente por los blancos. En 1907, ampliado para incluir todo el País de los Indios, Oklahoma entró a formar parte de la Unión. Al mismo tiempo, el Congreso otorgó a los indios todas las condiciones de ciudadanía ; en 1901 la extendió a todos los que vivían en el antiguo territorio indio ; en 1919 a quienes sirvieron en la Primera Guerra Mundial, y finalmente, en 1924, a todos los demás indios. En todo caso, ya se había hecho evidente el fracaso de la política de asimilación. La mayor parte de los indios eran reacios a la integración cultural, y muchos de los que se convirtieron en propietarios perdieron rápidamente sus parcelas en oscuros negocios con hombres blancos. Los indios que dejaron la reservación conformaron una minoría marginada, y los que permanecieron quedaron sometidos al gobierno, con frecuencia corrupto y arbitrario, de los agentes gubernamentales.

En la década del 20, el fracaso de la asimilación trajo nuevamente el predominio de las nociones de autonomía tribal y autogobierno local. Así, la ley de Reorganización de los Indios (Indian Reorganization Act), aprobada en 1934, eliminó los progamas de parcelación, devolvió las tierras no vendidas a las tribus, autorizó las constituciones tribales y los consejos representativos -cuya finalidad era el autogobierno local. El gobierno también estimuló la preservación de la cultura india  y la participación de los indios en la administración de los asuntos que les competían en el Departamento del Interior. En la década de los 50, la política federal fue nuevamente de asimilación o integración -se le llamó de terminación (termination)- y su intención era transferir la responsabilidad de los asuntos indios a los estados ; en los 60, nuevamente predominó la separación -en este caso se habló de autodeterminación. Los indios podrían escoger entre permanecer en su tribu o integrarse en la sociedad blanca. Al mismo tiempo, los programas de la Gran Sociedad del gobierno de Lyndon B. Johnson los hicieron beneficiarios de diversos programas de bienestar, que hicieron a los indios muy dependientes del gobierno federal.

2. El problema de la libertad religiosa

A principios del siglo XX, la Corte Suprema de Justicia interpretó la libertad religiosa como no interferencia y no coerción de grupos religiosos por parte del gobierno. En la sentencia Lyng vs. Northwest Indian Cemetery Protectiva Association, de 1988, la Corte declaró que la construcción de un camino y la explotación de madera en un bosque nacional donde tribus indígenas tradicionalmente habían efectuado ceremonias religiosas, no violaba los derechos establecidos por la Primera Enmienda. La Corte temía que una decisión en favor de los indígenas estimularía a las sectas religiosas a desafiar los programas gubernamentales. Rechazó a sí la opinión de que la garantía de libertad religiosa imponía una obligación positiva sobre el gobierno para acomodar las necesidades religiosas71.

3. La Iglesia Nativoamericana

El peyote es un pequeño cacto desprovisto de espinas que crece en el norte de México y el sur de Texas, que tiene efectos alucinógenos y cuya utilización por diversas tribus mexicanas tiene una historia de por lo menos diez mil años. En el siglo XIX, su utilización se extendió a tribus de los Estados Unidos. De acuerdo con Omer C. Stewart y Weston LaBarre, la primera tribu estadounidense que utilizó el peyote de manera regular en sus ceremonias fue la Corrizo, hacia 1880. Antes del fin del siglo, su uso se había extendido entre los Apaches Lipán, los Apaches Mescaleros, los Kiowas y los Comanches.

Algunos estados aprobaron leyes prohibiendo la venta, uso y posesión de peyote, y a partir de 1907 empezaron a considerarse leyes federales con el mismo propósito. Los fieles se organizaron para defenderse, y en 1918, cuando su expansión continuaba entre otros pueblos, la Iglesia Nativo Americano se organizó en Oklahoma, el lugar donde el gobierno federal estableció el "territorio indio", al cual fueron forzados a desplazarse a muchos de los pueblos nativos. La Iglesia se extendió por fuera de Oklahoma y en 1934 ya constituía una organización nacional que diez años después fue bautizada como la Iglesia Nativo Americana de América del Norte.

El peyote se popularizó a medida que los pueblos indígenas de los Estados Unidos eran obligados a concentrarse en reservaciones, particularmente en Oklahoma, el "territorio indio". Esto no fue una coincidencia : el sincretismo de la nueva religión refleja la necesidad de convivir con un mundo opresivo. La religión del peyote incluye elementos tradicionales y cristianos. Sus miembros creen en la existencia de un solo dios, y que el peyote vino a guiar a los nativos así como Cristo vino a los blancos. Dios se manifiesta en el peyote, por lo que su consumo es un sacramento donde se establece una comunión con ese dios y el mundo sagrado en general. Ese consumo se efectúa en ceremonias que duran toda la noche, y en las cuales las alucinaciones producidas por el cactus dan testimonio de ese contacto con dios.

Los peyotistas usaron de manera intencional la palabra "iglesia" en su nombre, hablaron del peyote como un sacramento análogo al cristiano del pan y el vino e hicieron énfasis en su creencia en un solo dios y en la Biblia. Es más, se consideran como una religión cristiana. Así, al apelar a las tradiciones y creencias del hombre blanco, fue imposible para la cultura dominante considerar como bárbara a la nueva religión.

En 1970 fue criminalizado su uso y posesión por la ley de Sustancias Controladas (Controlled Substances Act) de 1970. Una regulación federal de 1971 hizo una excepción a esta ley y permitió el uso del peyote en las ceremonias religiosas de la Iglesia Nativo Americana (Native American Church). Sin embargo, debido a la primacia de la ley sobre la regulación, el uso del peyote encontró muchos obstáculos. Posteriormente, la Corte Suprema de Justicia, en el caso Employment Division, Department of Human Resources of Oregon vs. Smith, sostuvo que el uso de peyote por parte de la Iglesia Nativo Americana no estaba protegido por la Primera Enmienda de la Constitución72. Esta ha sido la única vez que la Corte Suprema de Justicia se ocupó del peyote; hasta entonces el asunto había sido manejado exclusivamente por cortes estatales. La sentencia acabó con cerca de tres décadas de protección judicial de los derechos religiosos al "restringir las libertades religiosas de religiones no tradicionales o minoritarias que son contrarias a las normas de la mayoría"73. La sentencia de la Corte Suprema fue inmediatamente aceptada como norma por los estados.

Esto desconocía toda la tradición legal frente a los pueblos indígenas, que son reconocidos como "naciones soberanas dependientes", lo cual establece una relación protector-protegido, que incluye el deber, por parte del gobierno federal, de proteger diversos aspectos de su cultura, entre ellos la religión74. En respuesta y para preservar el derecho de los indios a usar peyote, el Congreso aprobó el 6 de octubre de 1994 una enmienda a la ley de Libertad Religiosa de los Indios Americanos (American Indian Religious Freedom Act Amendment), mediante la cual legalizó el uso del peyote en las ceremonias religiosas de la Iglesia Nativo Americana. Esta enmienda regularizó el tratamiento legal del peyote, pues hasta entonces diversas leyes estatales establecían un tratamiento dispar del asunto.

En contra de la intención del Congreso, la Enmienda a la ley de Libertad Religiosa es muy vaga con respecto a quien se aplica. Personas que no son indígenas pueden reclamar la exclusión con respecto a la Ley de Sustancias Controladas, argumentando uso religioso. Adicionalmente, supone abrir la puerta para peticiones en el sentido de descriminalizar el uso de otras drogas.

Conclusiones

Los problemas de la política antidrogas estadounidense eran evidentes hace ya mucho tiempo. Así, por ejemplo, un antiguo jefe de policía de Berkeley, California, y luego profesor de administración policial en la sede de la Universidad de California situada en la misma ciudad, decía en un libro publicado hace ya más de 60 años:

¿Es posible enfrentar inteligentemente el problema de los narcóticos de tal forma que pueda ser controlado e incluso reducido al punto que no sea necesario considerarlo más como una amenaza a los jovencitos y jovencitas de este país, y que los consumidores de drogas no incrementen el número de crímenes, tal como hacen en el presente? Leyes rigurosas, espectaculares operaciones policiales, procesamientos enérgicos y encarcelamientos de adictos y traficantes han probado ser no solo inútiles y enormemente costosos como medios de corregir este mal, sino que también son injustificable e increíblemente crueles en su aplicación a las desgraciadas víctimas de las drogas. La represión ha llevado este vicio a la clandestinidad y ha creado los contrabandistas y vendedores de drogas, quienes se han enriquecido con esta práctica funesta y quienes, mediante astutos métodos, han estimulado el tráfico de drogas. Finalmente, y no es el menos importante de los males asociados con la represión, el adicto indefenso ha sido obligado a recurrir al crimen con el fin de obtener dinero para la droga que es absolutamente indispensable para llevar una existencia confortable. El primer paso de cualquier plan dirigido a aliviar esta terrible desgracia debe ser el establecimiento de un sistema federal de control y venta, a  precio de costo, de las drogas adictivas. Eliminado el motivo de lucro ningún farmacéutico fomentará su uso y desaparecerá el traficante. Los nuevos adictos serán rápidamente descubiertos y mediante un tratamiento temprano algunas de estas desgraciadas víctimas serán salvadas antes de devenir irremediablemente incurables. La drogadicción, como la prostitución y el licor, no es un problema policial; nunca ha sido y nunca podrá ser resuelto por policías. Es un problema médico de principio a fin, y si exista alguna solución será descubierto no por policías sino por expertos médicos entrenados de manera científica y competente cuyo objetivo único sea la reducción y posible erradicación de este apetito devastador. Debe existir un tratamiento inteligente de los incurables como pacientes externos de clínicas especializadas, hospitalización de aquellos que dejan de responder a medidas terapéuticas, y aplicación de los principios profilácticos que la medicina aplica a todos los flagelos de la humanidad75.

El sociólogo Alfred Lindesmith, el crítico más consistente y destacado de la política frente a las drogas de los Estados Unidos en las décadas del 50 y el 60, decía hace ya más de 30 años que la situación mejoraría grandemente con solo permitir a los médicos que pudiesen prescribir narcóticos a los adictos. De esta forma, los consumidores podrían conseguir la droga de manera legítima y a bajo costo. Frente a quienes argumentaban que este plan aumentaría la disponibilidad de los opiáceos, causando la expansión del hábito, Lindesmith decía que con el fin del mercado ilegal de las drogas desaparecerían los traficantes y con éstos los principales agentes de difusión del hábito; "la reducción o eliminación del comercio ilegal de opiáceos indudablemente eliminaría la mayor fuente de nuevos adictos que existe en la actualidad" .

Y añadía: "El pueblo estadounidense ya tuvo una experiencia con la prohibición, de la cual aprendió que los asuntos propios de la moral privada no pueden ser solucionados por la legislación". Si el bebedor

no roba, destruye propiedad, crea disturbios públicos, asalta a alguien o viola las leyes de alguna otra manera se le deja hacer lo que quiera...., no obstante que los borrachos son desde varios puntos de vista más peligrosos y mucho más abundantes que los drogadictos... Si un drogadicto roba, mata o viola las leyes de alguna manera, debe ser arrestado y castigado, pero no debe ser castigado simplemente porque consume drogas... El adicto debe ser tratado por médicos como un paciente, no por policías como un pervertido y criminal.

El adicto podría salir entonces a la luz y las autoridades públicas contarían con información estadística confiable sobre el número de adictos existente en cada comunidad y podría detectar rápidamente y tomar las medidas necesarias en relación con los nuevos casos; los hospitales creados por el Servicio de Salud Pública (Public Health Service) para los adictos dejarían de ser prisiones y solo se preocuparían por la salud, y la cura cuando fuese posible, de sus internos; y la Oficina Federal de Narcóticos, la predecesora de la DEA, se limitaría a vigilar que los vendedores registrados cumpliesen con las estipulaciones de la ley Harrison y a atender los problemas relativos a la cocaína y la marihuana. Reconocía que era posible que tras esta reforma subsistiera en alguna medida el tráfico de drogas dirigido a satisfacer a los adictos que quieren complementar los suministros que reciben de fuentes médicas; sin embargo, éste sería un problema bastante menor en relación con el actual76.

En estos momentos siguen muy frescos en la memoria los exceso cometidos con las drogas entre las décadas de los 60 y los 80. Por otra parte, los vendedores y consumidores de drogas están muy asociados con el problema de la criminalidad urbana. No parece por tanto posible que el paradigma antiprohibicionista vaya a triunfar en el corto o mediano plazo, y el cual en estos momentos solo es defendido por los dos extremos del espectro político, los ultraliberales y los ultrarradicales. En cambio, hay que examinar lo que está ocurriendo en algunos estados y  ciudades en las cuales se está flexibilizando la política por motivos de salud pública, permitiendo el consumo de marihuana a determinados enfermos y atendiendo a los heroinómanos, distribuyéndoles jeringas para impedir que se propogue el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).

Es la perspectiva que ha sido denominada de reducción de daños (harm reduction) causados por las drogas. Esta es una iniciativa que tiene sus orígenes en el campo de la salud pública y que sostiene que el consumo y la posesión de drogas no deben ser reprimidas; sólo el tráfico77. Debe distinguirse además entre drogas suaves, en particular el cannabis, cuyo uso, compra y posesión de debe despenalizarse -aunque cabe la posibilidad de cierto control-, y drogas duras. Sin embargo, los adictos a estas drogas duras deben considerarse como enfermos, y en esa medida pueden prescribírseles drogas bajo supervisión médica. Los prohibicionistas afirman, y en gran parte tienen razón, que los defensores de la perspectiva del harm reduction tienen como meta la despenalización del consumo de todas las drogas, y que su concentración actual en el cannabis tiene un sentido meramente estratégico, como primer paso hacia metas mayores.

De otra parte, la política federal frente a las drogas ha supuesto un creciente recorte de las libertades individuales -con medidas como los exámenes obligatorios de orina, la vigilancia aérea de hogares, los decomisos de propiedad privada, etc.- y de los poderes de los estados, tiene un impacto desproporcionado en las minorías más discriminadas e impide tratar adecuadamente problemas de salud pública como el SIDA. Por ello, pese a que no parece factible un fin próximo de la prohibición, el debate está abierto y no es imposible que los amigos de la legalización tengan victorias parciales, como los recientes referendos que permitieron el consumo de cannabis bajo ciertas circunstancias en los estados de California y Arizona.


* Profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.

1 Lawrence M. Friedman, Crime and Punishment in American History, Nueva York, Basic Books, 1993, págs. 424-426, y Jennifer James, "Prostitution", en Microsoft Encarta 98 Encyclopedia.

2 Olson dice al respecto: "A menos que el número de miembros del grupo sea muy pequeño o que haya coacción o algún otro mecanismo especial para hacer que las personas actúen por su interés común, las personas racionales y egoístas no actuarán para lograr sus intereses comunes o de grupo" (Mancur Olson, La lógica de la acción colectiva. Bienes públicos y la teoría de grupos, México, Limusa - Noriega Editores, 1992, pág. 12, itálicas en el original).

3 Aunque los términos temperancia y prohibicionismo son usados a veces de manera intercambiable, estas dos palabras designan realidades diferentes: los temperantes abogan por el consumo moderado de alcohol, mientras que los prohibicionistas quieren erradicarlo por completo de la dieta humana.

4 En Estados Unidos se usan los términos "drys" y "wets" para designar, respectivamente, a los prohibicionistas y a los antiprohibicionistas. Los términos son cortos y claros por lo que, para conservar algo de su realidad, los he traducido aquí como "secos" y "mojados".

5 Norman H. Clark, Deliver Us from Evil. An Interpretation of the American Prohibition, Nueva York - Londres, W.W. Norton & Company, 1976, págs. 136-139.

6 Ver mapa en Andrew Sinclair, Era of Excess: A Social History of the Prohibition Movement, Nueva York, Harper Colophon Books, 1964, pág. 66 (este mismo libro fue publicado en edición de pasta dura como Prohibition: The Era of Excess, en 1962).

7 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona, Ediciones Península, 1995, págs. 242 y 243.

8 Ibid, págs. 154 y 155.

9 Clark, op. cit., pág. 138.

10 Arnold H. Taylor, American Diplomacy and the Narcotics Traffic, 1900-1939. A Study in International Humanitarian Reform, Durham, NC, Duke University Press, 1969, págs. 26 y 27.

11 El tercer elemento ideológico es la creencia de que las revoluciones, aunque pueden ser justificables e incluso necesarias, rápidamente pueden desarrollarse en una dirección peligrosa. Este peligro es particularmente agudo en el caso de las revoluciones de izquierda. Ver Michael H. Hunt, Ideologý and U.S. Foreign Policy, New Haven - Londres, Yale University Press, 1987.

12 Deseo jalonado por la ambición de sus hombres de negocios -que entonces como ahora hacían cuentas alegres con la inmensidad del mercado chino- y la determinación de sus misioneros protestantes. Ver Walter La Feber, The American Search for Opportunity, 1865-1913, vol. II de Warren I. Cohen (ed.), The Cambridge History of American Foreign Relations, Nueva York - Cambridge, Cambridge University Press, 1995, págs. 98-102.

13 Los balbuceos de este sistema internacional se encuentran descritos en Peter D. Lowes, The Genesis of International Narcotics Control, Ginebra, Librairie Droz, 1966.

14 William Burroughs, quien sabía mucho de estas cosas, escribió ya hace más de 40 años: "Los efectos desagradables de la marijuana se han exagerado mucho en Estados Unidos. Nuestra droga nacional es el alcohol. Tendemos a considerar el uso de cualquier otra droga con especial horror. Cualquiera que se entregue a esos vicios extranjeros se expone a la ruina completa de cuerpo y mente. La gente cree lo que quiere creer sin tener en cuenta los hechos. La marijuana no crea hábito. Nunca ha observado que su uso moderado produzca efectos peligrosos. Las psicosis, por efecto de la droga, quizás sean consecuencia de su uso prolongado y excesivo" ("Carta de un experto adicto a las drogas peligrosas" (publicada originalmente en The British Journal of Addiction, vol. 53, No. 2, enero de 1957, pág. 128), apéndice a El almuerzo desnudo, Barcelona, Club Bruguera, 1980, págs. 274 y 275).

15 Véase al respecto el capítulo 2 del libro escrito por dos profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard: Lester Grinspoon y James B. Bakalar, Marihuana. La medicina prohibida, Barcelona - Buenos Aires - México, Paidós, 1997.

16 "Felicidad no era aquí más que una perífrasis de la adquisición y libre disposición de una propiedad" (Günter Barudio, La época del Absolutismo y la Ilustración (1648-1779), vol. 25 de la Historia Universal Siglo XXI, México, Siglo XXI Editores, 1989, pág. 347).

17 Alexis de Tocqueville, La democracia en América (edición crítica preparada y traducida por Eduardo Nolla), Madrid, Aguilar, 1989, tomo II, págs. 144 y 145.

18 "No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra propia comida, sino de su consideración al interés propio. No nos dirigimos a su generosidad sino a su egoísmo, y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de su provecho" (Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, Nueva York - Oxford, Oxford University Press, 1979, Glasgow Edition of the Works and Correspondence of Adam Smith, 2, I.ii.3).

19 La ciudadanía supone "un auténtico estado de derecho, y con él la vigencia generalizada de derechos civiles tales como la inviolabilidad del domicilio, acceso al poder judicial, tratamiento adecuado por parte de la policía y demás agentes estatales", etc. (Guillermo O'Donnell, Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización, Buenos Aires, Paidós, 1997, pág. 22). El imperio de la ciudadanía es equivalente a la vigencia de las libertades ciudadanas, que es la condición para la existencia de un Estado democrático.

20 Tocqueville, op. cit., tomo I, págs. 234 y 235.

21 Entendido como la doctrina que propugna por el menor grado de intervención del Estado en la vida económica y social, y que solo justifica esa intervención cuando está dirigida precisamente a garantizar sus plenos derechos a todos los individuos que conforman la comunidad representada por el Estado.

22 "Dos conceptos de libertad" (1958), en Cuatro ensayos sobre la libertad, Madrid, Alianza Editoral, 1996, pág. 243.

23 Se refiere al ordenamiento no escrito que estaba en la base de la Federación de los Iroqueses, alianza política, militar y comercial que, gracias a un inteligente aprovechamiento de las diferencias entre los colonizadores franceses y británicos, permitió por muchos años la subsistencia de las seis tribus de nativos americanos que conformaban la Federación: Cayugas, Mohawks, Oneidas, Onondagas, Senecas y Tuscaroras. Los redactores de la Constitución estadounidense se inspiraron en los Iroqueses para crear la forma de gobierno federal.

24 Barudio, op. cit., págs. 345 y 348.

25 A lo largo del siglo XIX, los migrantes escogían asentarse en barrios donde predominaban sus nacionales, pero esto cambió en este siglo a partir de la Primera Guerra Mundial. Así, lo que en el presente aparece ante la vista como la herencia de esas agrupaciones étnicas del siglo pasado, es en realidad una nueva modalidad de discriminación racial y de clase. Ver Eric H. Monkkonnen, America Becomes Urban. The Development of U.S. Cities & Towns, 1780-1980, Berkeley - Los Ángeles - Londres, University of California Press, 1988, págs. 204 y 205.

26 Los Estados Unidos "se vieron impulsados a convocar la Comisión de Shanghai en parte por su actitud tradicional frente al comercio del opio, en parte por la influencia de los misioneros en el Lejano Oriente, en parte por sus problemas domésticos del opio, pero principalmente debido a haber adquirido recientemente las islas Filipinas. Así eran los Estados Unidos: protestantes y prohibicionistas en potencia, el nuevo rico descarado recién llegado al liderazgo de los consejos del mundo" (Lowes, op. cit. pág. 14).

27 Maryland fue fundada como colonia católica -la única en los futuros Estados Unidos- por los dos primeros lores Baltimore, pero sus pobladores fueron desde un principio mayoritariamente protestantes. En 1654, esta mayoría protestante consiguió la derogación de la Ley de Tolerancia aprobada en 1649. Posteriormente los miembros de la casa Baltimore se convirtieron al anglicanismo, no obstante lo cual la ciudad de Baltimore, la capital del actual estado de Maryland, sigue siendo hasta el presente una de las ciudades estadounidenses de mayor presencia católica.

28 Esta expresión se refiere al primer "Oeste" que encontraron los colonos de los futuros Estados Unidos, y que comprendía el interior de las colonias, pocos kilómetros más allá de la costa, hasta los montes Apalaches.

29 Samuel Eliot Morison, Henry Steele Commager y William E. Leuchtenburg, The Growth of the American Republic, New York, Oxford University Press, 1980, 7a. ed., vol. I, págs. 107 y 108.

30 Carl N. Degler, La formación de una potencia (1600-1860), tomo I de Historia de Estados Unidos, Barcelona, Editorial Ariel, pág. 29.

31 Sidney E. Ahlstrom, A Religious History of the American People, New Haven - Londres, Yale University Press, 1972, pág. 428 y 787.

32 Alexis de Tocqueville, op. cit, tomo I, págs. 283 y 284.

33 Ahlstrom, op. cit., págs. 421-423.

34 Joseph R. Gusfield, Symbolic Crusade. Status Politics and the American Temperance Movement, Urbana - Chicago, University of Illinois Press, 1986, 2a. ed., pág. 36.

35 Ahlstrom, op. cit., pág. 428.

36 Ahlstrom, op. cit., págs. 415-428.

37 Ibid, pág. 733.

38 Ahlstrom, op. cit., pág. 8.

39 Ibid, págs. 733 y 734.

40 Ahlstrom, op. cit., págs. 828-831.

41 Ahlstrom, op. cit., págs. 835-840.

42 Ahlstrom, op. cit., págs. 857-860.

43 Ahsltrom, op. cit., págs. 863-866.

44 Ahsltrom, op. cit., pág. 867.

45 La feminista Mary Livermore diría retrospectivamente: "Ese levantamiento fenomenal de mujeres en el sur de Ohio elevó su condición a un nivel más alto y las sacó de la sumisión en la que padecieron un dolor inenarrable" (citada en Ahlstrom, op. cit., pág. 868).

46 El Populismo tiene sus orígenes en el descontento de los productores agrícolas del Sur y el Oeste del país, que a partir de 1887 padecieron los efectos conjuntos de la deflación, las plagas y las condiciones climáticas adversas. Un gran número de estos productores se habían organizado en las Alianzas del Sur y del Noroeste (Southern Alliance y Northwestern Alliance). La Alianza del Sur, más radical y más numerosa, participó en las elecciones de 1890 usando dos tácticas diferentes. En el Sur, donde el Partido Demócrata era hegemónico, impulsó sus candidatos usando la estructura organizativa demócrata; obtuvo así el control de ocho legislaturas estatales y eligió a seis gobernadores y a más de 50 congresistas federales. En el Oeste promovió la creación de terceros partidos, los cuales triunfaron en Kansas, Dakota del Sur y Minnesota. Este éxito condujo a la creación, en 1892, de un partido nacional, el Partido del Pueblo (People's Party), que por influencia del latín, que aún hacía parte de la educación básica, fue conocido como Populismo y sus miembros como Populistas. Los Populistas obtuvieron más de un millón de votos, el 8,5% del total, en las elecciones presidenciales de ese año, lo que les permitió ser el único tercer partido que obtuvo representación en el colegio electoral entre 1860 y 1912. Eligieron además a cinco senadores, 10 representantes y 3 gobernadores en estados del Centro y Oeste del país, pero no consiguieron ninguna victoria en el Sur. En 1894, la votación de los populistas aumentó en cerca de un 50% en 1894, y por primera vez ganaron en un estado del Sur. Creyendo que la plataforma del Partido Demócrata había incorporado sus demandas, el Populismo apoyó a William Jennings Bryan, candidato presidencial de aquel partido en las elecciones de 1896. Fue el fin: los populistas solo obtuvieron 50 mil votos, un 0,4% del total, en 1900. Ver Morison, Commager y Leuchtenberg, op. cit., vol. 2, págs. 169-174 y 861, y Robert H. Wiebe, The Search for Order, 1877-1920, Nueva York, Hill and Wang, 1995 (33a. reimpresión de la 1a. ed. de 1967), págs. 84-90 y 101-104.

47 Ibid, págs. 868-870.

48 Smith compitió en las elecciones presidenciales de 1928 a nombre del Partido Demócrata. De origen irlandés, fue el primer católico en obtener una nominación presidencial. Era además "mojado" y como gobernador de Nueva York consiguió la derogación de la ley prohibicionista estatal en 1923. Smith representaba no solo al antiprohibicionismo y al catolicismo -que era para los evangélicos una religión extraña a la cultura nacional-, sino y por sobre todo a los migrantes no anglos de las grandes ciudades del este, que eran despreciados por los votantes de las comunidades pequeñas y las regiones rurales. Smith fue derrotado, pero nadie esperaba lo contrario, pues el Partido Republicano dominaba desde la Guerra Civil y encarnaba además la prosperidad de los años 20. La fuerte oposición hacia los valores representados por Smith permitió avances de los republicanos en estados hasta entonces monolíticamente demócratas del Sur; sin embargo, Smith superó sustancialmente las votaciones obtenidas por su partido en esa década gracias, en parte, a la mayor participación de las mujeres católicas. Smith había llegado demasiado pronto a la escena nacional; debieron pasar más de 30 años para que los estadounidense eligiesen a un hombre de un perfil similar como su presidente. Ver William E. Leuchtenburg, The Perils of Prosperity, 1914-1932, Chicago - Londres, The University of Chicago Press, 1993, 2a. ed., págs. 217 y 229-240.

49 Ahlstrom, op. cit., pág. 8.

50 Aaron y Musto, op.cit., págs. 158-174.

51 Op. cit., pág. 8.

52 Alfred R. Lindesmith, Addiction and Opiates, Chicago, Aldine Publishing Company, 1968 (revisión del libro publicado en 1947 como Opiate Addiction), págs. 214 y 215.

53 Alfred R. Lindesmith, The Addict and the Law, Bloomington, Indiana University Press, 1965, págs. 3 y 4.

54 Los textos de las leyes Harrison y Jones-Miller pueden verse en Charles E. Terry y Mildred Pellens, The Opium Problem, Montclair (Nueva Jersey), Petterson Smith, 1970 (reimpresión del libro publicado originalmente en 1928 por el Bureau of Social Hygiene). La ley Harrison se encuentra en el apéndice VIII, págs. 983-992, y la ley Jones-Miller en el apéndice IV, págs. 962-965.

55 Se refiere a la Primera Guerra Mundial.

56 Harry Campbell, "The Pathology and Treatment of Morphia Addiction", en British Journal of Inebriety, vol. 20, 1922-23, pág. 147, citado en Lindesmith, op. cit., pág. 223.

57 Citado en Lindesmith, op. cit., pág. 237.

58 Sinclair, op. cit, págs. 212 y 440 (nota 122).

59 El trabajo más completo sobre este personaje es John C. McWilliams, The Protectors. Harry J. Anslinger and the Federal Bureau of Narcotics, 1930-1962, Newark - Londres y Toronto, University of Delaware Press - Associated University Presses, 1990. Y la mejor visión de su propio trabajo puede encontrarse en un libro de corte bastante sensacionalista: Harry J. Anslinger y William F. Tompkins, The Traffic in Narcotics, Nueva York, Funk & Wagnalls Company, 1953.

60 Lindesmith, op. cit, pág. 222.

61 En Colombia ha hecho carrera el argumento contrario, y se supone que el alcohol es causa de crímenes, los peores de ellos los homicidios. Es innegable que en algunos casos personas que en estado de sobriedad no hubieran pensado jamás en haber incurrido en una conducta tal, pueden, estando borrachas, matar a un semejante. Sin embargo, tal vez sea necesario buscar las causas de esta situación un poco más arriba. Los niveles de consumo de alcohol en nuestro país son muy elevados, y posiblemente exista una relación entre la bebida y el temor y la angustia cotidiana. De esta forma, la causa primordial de los homocidios cometidos en estado de emrbiaguez es una situación social que trasciende la conducta individual del borracho. Y por tanto, las políticas dirigidas a establecer controles sobre el consumo de alcohol, aunque bien pueden evitar algunas muertes, tienen tanta relación con el problema como la venta del sofá con aquella situación tan conocida...

62 Allen Ginsberg, "Prólogo" (septiembre de 1976), en William S. Burroughs, Yonqui, Barcelona, Editorial Anagrama, 1977 (edición completa del libro publicado expurgado en 1953 y bajo el seudónimo de William Lee).

63 Kenneth Anger, Hollywood Babilonia, Barcelona, Fábula - Tusquets Editores, 1994, págs. 335-339.

64 James T. Patterson, Grand Expectations. The United States, 1945-1974, vol. X de The Oxford History of the United States, Nueva York - Oxford, Oxford University Press, 1996, págs. 339, 343, 370 y 373-374.

65 Que dice: "Ví las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura" ("I saw the best minds of my generation destroyed by madness").

66 "La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas" (Jack Kerouac, En el camino, Barcelona, Club Bruguera, 1981, pág. 19).

67 Existe un fabuloso librito que contiene las cartas cruzadas entre Burroughs y Ginsberg en relación con sus experiencias el yagé, un alucinógeno extraído de la planta ayahuasca (Banisteriopsis caapi y B. inebrians). Burroughs viajó a Colombia en 1953 en busca de la droga. De sus experiencias da cuenta el siguiente párrafo: "Recuerdo a un oficial del ejército en Puerto Leguízamo diciéndome: «El noventa por ciento de la gente que viene a Colombia nunca vuelve a salir». El quería decir, presumiblemente, que aquellas personas eran seducidas por los encantos del país. Yo pertenezco al diez por ciento que nunca volverá" (William S. Burroughs y Allen Ginsberg, The Yage Letters, San Francisco, City Light Books, 1975, pág. 32).

68 David F. Musto, La enfermedad americana. Orígenes del control antinarcóticos en Estados Unidos, Bogotá, Centro de Estudios Internacionales (CEI) de la Universidad de los Andes - Ediciones Uniandes - Tercer Mundo Editores, 1993 (1a. edición en español de la segunda edición en inglés), págs. 309-310. Este texto fue escrito en 1987.

69 Estos antecedentes de la política federal con respecto a la población nativo-americana están basados en Alfred H. Kelly, Winfred A. Harbison y Herman Belz, The American Constitution: Its Origins and Development, Nueva York - Londres, W.W. Norton & Company, 7a. ed., 1991, tomo 1, págs. 203-205, tomo 2, págs. 380-383 y 610-611.

70 Leonard Dinnerstein, Roger L. Nichols y David M. Reimers, Natives and Strangers: A Multicultural History of Americans, Nueva York - Londres, Oxford University Press, 1996, págs. 36-38.

71 Alfred H. Kelly et. al., op. cit., tomo 2, pág. 738.

72 Que dice así : "El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o a la prohibición del libre ejercicio de la misma, ni pondrá cortapisas a la libertad de expresión o de prensa, ni coartará el derecho de la gente a reunirse en forma pacífica ni de pedir al gobierno la reparación de agravios".

73 Gregory D. Wellons, "Employment Division, Department of Human Resources v. Smith: The Melting of Sherbert Means a Chilling Effect on Religion", en University of S. F. Law Review, vol. 26, No. 149, 1991, pág. 173, citado en Autumn Gray, American Journal of Criminal Law, vol. 22, primavera de 1995, pág. 770.

74 Gray, op. cit., pág. 772.

75 August Vollmer, The Police and the Modern Society, Berkeley, University of California Press, 1936, págs. 117 y 118, citado en Lindesmith, Addiction and Opiattes, op. cit., págs. 234 y 235.

76 Lindesmith, Addiction and Opiates, op. cit., págs. 234-238.