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TU NOMBRE ME SABE A HIERBA

(Columna de El Tiempo, Oct/2002)

Florence Thomas*

Te conocí en la década prodigiosa, preparando el mayo 68 en París cuando toda una generación de poetas y de cantantes ya estaban elogiando tus efímeros pero deliciosos méritos para el alma pero también para el cuerpo.

Supe de ti por Janis Yoplin, George Moustaki, Juan Manuel Serrat y otros. Pero un poco más tarde, ya en Colombia, te conocí personalmente. Y te conocí mona, cultivada en las tierras sagradas y milenarias de la Sierra Nevada de Santa Marta. En pocas palabras: la mejor hierba del mundo. Dulce, nos embriagabas apenas un poco y nos permitías creer en las utopías que florecían tan bellamente por esas épocas. Nos acompañaste en la década de  los 70 en el jardín de Freud de la Universidad Nacional y te confieso que siempre preferí tu olor a jazmín al de la cerveza o del aguardiente de los viernes por la tarde. Nos disponías a la palabra, a la poesía, a la risa fácil, al amor y a la rebeldía; nos disponías a creer en lo imposible, a esperar lo inesperado, a conocer lo desconocido, a afrontar fronteras lejanas. Contigo conocimos las aguas termales de Machetá los viernes por la noche después de una semana de clases en la Universidad. En medio de estas aguas cálidas y el reflejo diez veces agrandado de la luna, elaboramos las más fantásticas teorías psicológicas acompañados de Freud, Rimbaud, Mallarme y Apollinaire y de todos los que habían podido recoger algunas de sus flores del mal. Contigo conocí el río La Miel y sus riveras pobladas de hippies venidos del mundo entero en medio de una naturaleza exuberante. Contigo recorrí las playas mas bellas del mundo en el Tayrona y subí a Pueblito  donde crecías en secreto.

En verdad, cuéntenme ¿quienes son los de mi generación que no fumaron un vareto de vez en cuando al final de una comida con buenos amigos y amigas?

Era -y es aun- mucho más barato que el vino chileno y teníamos un amigo suizo, profesor de la Nacional que la cultivaba en su balcón y la secaba en un sartén para fumarla a la hora del café en medio de risas. Mientras el alcohol vuelve estúpido y violento y es el causante de millones de muertes en el mundo entero, me gustaría poder citarles unas estadísticas sobre los efectos de esta hierbita olorosa y dulce que, a la hora de la verdad, muy pocos estragos produce. Tan pocos que los países europeos y algunos estados americanos se encaminan poco a poco a su legalización. Para mi, hace parte de la cultura colombiana. Así de sencillo. Mis hijos la conocieron siempre porque siempre les hable de ella e incluso sabían en donde encontrarla en mi casa. Y mis hijos, hoy por hoy, la fuman de vez en cuando con sus amigos y amigas y no son ni drogadictos, ni alcohólicos y son los hijos menos violentos del mundo. Con ellos siempre utilice el diálogo y nunca la represión; con ellos siempre utilice la palabra y nunca el castigo; y me fue bien. En esos tiempos trataba de poner en práctica los consejos de Luis Carlos Restrepo, hoy asesor de primera línea del actual presidente. Sé también que en Colombia todo es más complejo; sé que mi ejemplo no sirve de nada; sé que así es, como puede no ser. Sé todo esto pero no me resigno a tener que despedirme de esta tierna amiga que hace parte del paisaje, que hace parte de ese Macondo que me sedujo, de ese amor loco que logré sentir por estas tierras, por su gente y por la dosis personal de tenacidad -esta sí es imprescindible- que se requiere hoy por hoy para seguir amando este país descuadernado.



*  Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad


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