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Es bueno, es útil, acoger la idea de Marulanda, de una cita
donde estén voceros de insurgencia, gobierno y sociedad, civil y
política, para clarificar el sentido y alcance de la agenda, para
dotar al proceso de norte político e ideológico, para definir
si habrá o no proceso constituyente.
Sin rodeos hay que decir que la pregunta de Marulanda en su carta a los poderes públicos, a la Iglesia Católica y a los empresarios es absolutamente pertinente en el punto en que está el proceso. Qué sentido tendría el despeje, la tregua, los diálogos, la intervención de países amigos, si continuamos sin saber sobre qué será la negociación? El ingreso a una fase de verdadera negociación requiere precisar cuáles son los asuntos centrales, la materia prima, de la negociación.
Por supuesto que si Marulanda le pregunta a los poderes hoy predominantes
y a la sociedad colombiana qué es lo negociable, a su vez desde
la orilla de la civilidad le preguntamos a él qué es lo transable
para que la insurgencia deje las armas: la satisfacción de los diez
puntos clásicos de las Farc en su Plataforma para un Gobierno de
Reconciliación Nacional, o hay otras cosas diferentes derivadas
de la Agenda Común para una Nueva Colombia?
Es apenas lógico que el actual impase se supere no en función
de aparentar que se dialoga para la paz, sino realmente en función
de “escalar la paz” si cabe la expresión. Es lo que la sociedad
colombiana y la comunidad internacional han venido planteando en mil formas
desde hace tiempo a las partes. El Ministro del Interior, Armando Estrada,
señaló ya el cambio de tono y la intencionalidad sana
y atendible en la carta de Marulanda.
Pero también la sociedad, la civil y la política, tienen que darse por aludidas con la pregunta del Comandante insurgente. En el fondo son sus respuestas las que orientaran a las partes para establecer por donde siguen y cuál es el marco de referencia de sus eventuales futuros acuerdos. Para ello hay escenarios utilizables hoy y otros que se anuncian para el corto plazo.
Hoy precisamente para allegar elementos de juicio es cuando el Presidente debería convocar sin dilación el Consejo Nacional de Paz y el más reciente Frente por la Paz y contra la Violencia. Hoy es cuando deben adquirir visibilidad y juego político los importantes ejercicios que se vienen haciendo de agendas ciudadanas de paz desde mesas, proyectos, gremios, universidades, iglesias, ongs, movimientos sociales.
Centralmente por parte de todos los actores y desde todos los ángulos de visión de la sociedad es preciso soltar propuestas sobre la nueva, necesaria e ineludible conformación del poder. Cómo se forma, como se distribuye, cómo se usa, cómo juega el poder, los múltiples poderes que deben existir, viejos y nuevos, para que Colombia, tan plural en regiones, culturas, intereses, potencialidades, sea viable.
Otras dos grandes circunstancias, favorables, pueden contribuir a la respuesta que quiere Marulanda y a la que todo el país espera de él. Una, las Recomendaciones de la Comisión de Personalidades que propone todo un método, una ruta, para definir que es lo negociable, lo transable, lo que cambia, lo que se reforma, para que la insurgencia deponga las armas. Otra, el Gran Congreso Nacional de Paz que las Iniciativas Ciudadanas de Paz están ya preparando para el mes de mayo, precedido de cinco congresos regionales, de donde saldrán luces y apoyo político para proseguir por el camino de la solución política.
Por ahora es bueno, es útil, acoger la idea de Marulanda, de
una cita donde estén voceros de insurgencia, gobierno y sociedad
para clarificar el sentido de discusión de la agenda, para dotar
al proceso de norte político e ideológico, para definir si
habrá o no proceso constituyente. Puede ser el 15 de enero u otra
fecha que se convenga, pero hay que establecer democráticamente
el alcance de la negociación, con ello ganamos todos, gana Colombia.
Bogotá, 29 de noviembre de 2001.
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