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Un ruedo significa respeto y poder
Pandillas y violencias en Bogotá
Carlos Mario Perea Restrepo[*]
I. INTRODUCCIÓN
Colombia es pródiga en violencias. Sus protagonistas han forjado
la historia nacional a lo largo del último medio siglo. A partir
del final de los años 40, en efecto, las confrontaciones armadas
de diversos signos vienen forzando el tránsito de las fuerzas políticas
por el tema de la guerra y la paz, mientras ningún gobierno ha podido
evitar convertirle en nervio de sus gestiones. El siglo XXI arranca bajo
el sino violento en medio de una guerra civil cuyo fin está lejos
de avistarse. Desde aquellos distantes años hasta el final de la
centuria el oficio de la muerte ha conocido auges y recesos, en especial
el declive de los años 60, aunque sin llegar a descender en ningún
momento hasta los niveles medios de la región[1].
En resonancia con un país en acelerado proceso de modificación
de sus estructuras profundas, la pugna sangrienta continua haciendo gala
de prodigioso malabarismo para pegarse a los vientos de cada momento: la
transformación del pájaro en el sicario, del bandolero en
el guerrillero, del militar en el paramilitar, se verifica en el incesante
desplazamiento entre el conflicto político y la pelea callejera,
entre la vereda rural y la barriada urbana[2]. Frente
a tan abigarrado panorama se han emprendido diversas formulaciones para
introducir algún orden[3],
dos de las cuales han gozado de amplia difusión. La primera separa
entre la violencia política, obediente a un proyecto colectivo de
transformación de la sociedad, y las violencias restantes, amarradas
a resortes particulares y búsquedas económicas. La aparición
del narcotráfico, un nuevo actor movilizando ingentes recursos animado
por el lucro y no por racionalidades públicas, introdujo la segunda
formulación, la de la capacidad organizativa como elemento discriminador:
en una orilla se paran las violencias con el potencial de convertir la
organización en elemento de acumulación de poder, mientras
en la otra quedan las espontáneas y cotidianas, las despojadas de
organicidad[4]. Las
políticas públicas y la indagación académica
han posado sus ojos en las violencias organizadas. En un sentido no puede
ser de otra manera, la proliferación de las violencias no suprime
su jerarquización. Las disputas entre los actores organizados magnetizaron
el conflicto, sus polifacéticas vinculaciones estallaron el edificio
institucional y condujeron a la guerra civil[5].
Frente a la guerrilla y los paramilitares reproduciendo sin descanso sus
efectivos a fin de repartir el poder en territorios acotados bajo su jurisdicción,
la violencia de las calles pareciera inofensiva e intrascendente. La profundidad
del conflicto, no cabe duda, exige la mayor atención pública
sobre las conversaciones de paz y la desactivación de las organizaciones
criminales. Tal priorización, empero, ha conducido al olvido
y menosprecio de las violencias no organizadas con muy complejas consecuencias.
Es verdad que ellas han sido objeto de exploraciones[6]
y las ciudades se han propuesto diversas estrategias en el ánimo
de contener sus manifestaciones[7].
Los niveles de atención recibidos, con todo, no se compadecen con
el papel que desempeñan en la reproducción del episodio violento.
Allí no está en juego la simple comprobación de la
necesidad de intervenir la totalidad de expresiones sangrientas. Más
allá, las violencias inorgánicas se constituyen en una verdadera
paradoja que es preciso desanudar. Sin olvidar la dificultad de establecer
la identidad de los victimarios en una guerra a cada paso más degradada,
en el mejor de los casos la violencia política hace una modesta
contribución del quince por ciento al monto total de homicidios[8].
El volumen restante, el ochenta y cinco por ciento, se reparte entre la
violencia organizada y la confrontación difusa. Qué es de
lo uno y lo otro no es posible establecerlo, las estadísticas enmudecen
obligando a acudir a la vía indirecta. Las setenta y tres localidades
más violentas de Colombia son pequeños municipios de zonas
de colonización concurridos por uno o varios de los actores organizados.
Ninguna ciudad clasifica, ni siquiera la atormentada Medellín, ausente
de la lista de los diez y ocho municipios más cruentos de Antioquia.
Empero, nada más que la agregación de las tres grandes ciudades
-Bogotá, Medellín y Cali-, hace más de la tercera
parte de los homicidios nacionales: son las urbes donde las influencias
de los actores organizados entran en concierto con numerosas mediaciones[9].
Las calles y sus tramas cotidianas escenifican pequeñas guerras
de pavimento donde se mezclan formas diversas, como mostraremos, apretando
la paradoja: las enunciaciones políticas enfatizan la fuerza de
las violencias no organizadas, con plena razón, sin que sus afirmaciones
se traduzcan en una política de intervención[10]. El
presente escrito, así las cosas, se para ante tal paradoja mediante
un viaje por las pandillas del suroriente bogotano[11].
Las agresiones juveniles se riegan entre las ciudades del mundo, alcanzando
incluso a países pacíficos como el vecino Ecuador[12].
En Colombia igualmente se difunden. Lejos de circunscribirse al perímetro
de las ciudades adquieren cuerpo hasta en pequeños asentamientos[13].
Se trata de un inquietante fenómeno urbano, no sólo por su
proliferación y sus prácticas delictivas, sino por el desafío
lanzado por muchachos de corta edad entregados al <desmadre>
sin tapujos. Como expresa un pandillero, <pertenecer a un ruedo significa
respeto y poder ... que con una mirada un man se erice>. Ciertamente
la imposición violenta anida en el corazón de la pandilla
marcando la diferencia con las restantes agrupaciones juveniles, unas ocupadas
en búsquedas culturales y otras en aspiraciones comunitarias[14].
No todos los jóvenes populares son pandilleros, como lo quiere el
nefasto estigma que convierte la edad y la pobreza en insuperable motivo
de degradación y violencia. Muchos se meten al <ruedo>,
sin duda, arrastrados por el embeleso de una <mirada> paralizante
capaz de hacer que <un man se erice>[15]. Desde
allí las pandillas inauguran un nuevo cuadro violento. Transidas
por la búsqueda de identidad persiguen con entera conciencia el
poder barrial, haciendo difícil su ubicación en el escenario
de las violencias. Crecen en el anonimato de la calle mas no son una manifestación
espontánea y difusa; por el contrario responden a un tipo particular
de organización que aglutina la violencia local. Debilitan entonces
el cajón de las violencias inorgánicas siendo que su contexto
y sentido se cuece en lo cotidiano. Sus ingredientes perfilan una expresión
de nuevo cuño: caen en el campo económico por sus prácticas
delictivas pero el lucro no las define; no articulan ninguna discursividad
política pero su gesto transgresor configura la más ácida
denuncia de la exclusión. Son pues una suerte de violencia cultural:
de cara a su caracterización se desarrollan las siguientes páginas,
en tres pasos. El primero desentraña la naturaleza de la pandilla,
única manera de acceder a los impulsos que animan el espíritu
parcero; el segundo rastrea los vínculos con la muerte y el crimen
de la ciudad, señalando las dependencias entre unos y otros; el
final discute las violencias y las implicaciones de sus amnesias.
II. PARCHE Y RESPETO
El parcero lo dijo, <pertenecer a un ruedo significa respeto y poder>.
Desde luego, los signos descifradores de la pandilla palpitan en la dupla,
el <respeto> y el <poder>. El primero ocupará
la reflexión inicial[16].
Finalmente el <respeto> devela la búsqueda última
del pandillero, el deseo de reconocimiento, a la vez que anuncia la estrategia
de la que se vale su empeño, la transgresión. Los modos como
la mezcla de transgresión y reconocimiento anudan el <respeto>
serán el objeto de este capítulo.
1. Parasitar la vida corriente
El pandillero no se marcha del barrio. Ahí reside su diferencia
con el habitante callejero, cuya morada en las calles de la ciudad supone
el quiebre del lazo instituido. El parche, de manera distinta, se sitúa
a medio camino entre la vida “normal” y la calle: desconoce toda normativa
pero, al asirse al barrio, permanece dentro de la esfera de su dominio.
No se marcha, su reto es transgredir el orden volviéndose el <parche>.
Como lo dice alguno, <pandillas no se llama casi acá, se les
llama más bien parche>[17].
Cierto, entre los pandilleros y sus cercanos el término <pandilla>
es inusual; entretanto lo opuesto acontece entre sus víctimas, siempre
dispuestas a señalarlos. De los unos hacia los otros está
en juego el poder del estigma, los primeros renuentes a nombrarse con él,
los segundos empeñados en usarlo para tomar revancha y exorcizar
el miedo. Entre lo unos y los otros el <parche> se convierte
en la metáfora de la pandilla: se trata de ser un agregado extravagante
que tapona un hueco. Para lograrlo los pandilleros quiebran las mediaciones
de la vida cotidiana y adoptan prácticas fuera de toda ley. En
este amargo conflicto no hay nada redundante, por el contrario, la presencia
pandillera en la esfera local es por definición conflictiva, comenzando
por la corta edad de sus integrantes. Las mujeres tienen su presencia,
básicamente como novias que logran penetrar en diversos grados las
rutinas, pero se trata de un universo masculino compuesto ante todo por
jóvenes entre los 13 y los 20 años[18].
Quizá la adolescencia siempre entrañe conflictos entre hijos
y padres, como bien se concluye de las historias de épocas remotas
en la distancia y el tiempo[19].
El ansia de identidad estrella a las nuevas generaciones con las convenciones
adultas. No obstante los pandilleros caminan en otra dirección.
Sus fricciones familiares dejan de ser los desencuentros propios del conflicto
generacional derivando en confrontaciones con ribetes de pugnacidad y violencia.
Entre sus discursos afloran toda clase de referencias nostálgicas
al amor filial, no desearían la familia que les tocó y estarían
dispuestos a formar una distinta, ella sí armoniosa y tranquila.
Es más, los parceros igualan a las otras agrupaciones en la práctica
de hacer vida de pareja y tener hijos[20].
Sea cual sea el desenlace la relación familiar del parcero está
marcada con el sello de la transgresión: violan toda norma de convivencia
y desprecian el principio de la sensibilidad sobre el que se instaura el
imaginario familiar. Una ruptura similar ronda la escuela, más
de la mitad de sus miembros deja de ir a clases. El distanciamiento escolar
se ahonda entre los 14 y los 19 años, la edad de estudio por excelencia:
a temprana edad uno de cada dos pandilleros desistió del empeño
escolar[21].
Es cierto que la escuela está abatida, según denuncia el
creciente ascenso de los índices de deserción escolar[22].
Los sentidos por siempre asociados a los claustros dan muestras de agotamiento,
antes que espacio de impartición de saberes y destrezas el aula
se convierte en oportunidad de encuentro con los amigos[23].
La escuela, todavía estructurada por la racionalidad dualista y
causal del racionalismo funcionalista, se torna desueta frente a las lógicas
de la era informática[24]. No
todos están desescolarizados, como quedó señalado
la mitad se integra a la actividad académica. En ciertos casos el
retorno a la disciplina escolar se convierte en el puente mediante el cual
se rompe con el grupo: <Cuando decidí volver a estudiar se
terminó el parche>. Con todo, la presencia pandillera en la
escuela suele tejerse sobre la prolongación del gesto violento.
Los testimonios se plagan de enfrentamientos con compañeros, pero
también con profesores. Como dice uno, <ese colegio era otra
olla que si le sacan chuzo saque chuzo, hasta nos encendíamos con
los profesores>. De modo corriente las aulas digieren las cargas de
violencia al precio de incorporar el fenómeno, en cuyo caso la escuela
y el parche no se oponen según lógicas excluyentes sino se
prolongan en las mismas prácticas: <En la escuela me enseñaron
mañas, me enseñaron a pelear y a ser así de caspa,
esos manes eran repeleones>, dirá uno[25]. Enfrentado
a los familiares y fuera de las aulas, en un doble conflicto combinado
de diversas maneras, el parcero se ve forzado a buscar el ingreso para
sus necesidades de consumo. Nada más que unos cuantos trabajan y
estudian al mismo tiempo, el ascetismo de esta doble jornada está
lejos del guión pandillero. En cambio reportan la mayor cantidad
de integrantes dedicados al trabajo, un dato poco creíble: en general
viven desocupados y emplean el eufemismo de <trabajo> para el
robo[26].
Algunos lo hacen y desde bien temprano, tantas veces antes de los 10 años:
<Se me perdió la noción de cuando empecé a trabajar,
el primer empleo fue vendiendo escobas cuando estaba en cuarto de primaria>.
La nota característica suele ser el nomadismo de un trabajo al siguiente:
<En la pintura duré cuatro meses, en la rusa como ocho. Después
hice vigilancia, luego vendedor, como almacenista en bodegas y como mensajero>[27].
En muy contadas oportunidades se verifica el tránsito hacia un oficio
estable: si en general es difícil hacerlo en un país donde
los jóvenes soportan una carga acumulada de desempleo, los pandilleros
se resisten más todavía[28].
Como en la escuela, los trabajos concluyen bien pronto por el traslado
de las prácticas conflictivas. El cuadro dominante es así
el desempleo. Las pandillas habitan un afuera: su imagen paradigmática
es la del joven enterrado en la esquina horas y días enteros. Su
afuera no es del ostracismo en cuanto continúan viviendo en la familia,
le dan vueltas a la escuela, emprenden de cuando en vez un trabajo. Sin
embargo su existencia en tales espacios se teje reventando, en cada caso,
sus imaginerías fundantes. Violentan el lugar en donde el Otro es
más frágil, el de la intimidad, quebrando la estética
del amor que rige el reducto familiar; rompen la escuela despreciando la
lógica que anuda el futuro virtuoso con la posesión de saberes;
quiebran el código que hermana la vida plena con la capacidad productiva.
El afuera del pandillero es el del parasitismo: se alimenta de las mediaciones
que golpea en su centro de sentido, de modo que su abominación por
cualquier orden se traduce en el intento de imponer allí mismo su
propio orden. Sobrepuestos a la vida corriente sin dejar de estar adheridos
al barrio y sus mundos, se comportan como el parche sobre la tela que,
sin formar parte de los hilos originales y auténticos, con todo
está pegado, cosido y apelmazado.
2. Meter, asaltar y violentar
Las rupturas con la casa, la escuela y el trabajo no agotan el acto transgresor;
la adopción del robo, el vicio y la violencia lo llevan al extremo.
La figura clásica del tiempo pandillero se inicia con la primera
cita hacia el mediodía, a eso de las doce, para dar comienzo un
rato después a la ronda de robos a lo largo de la tarde; la caída
de la noche vuelve a congregarles en el lugar de siempre –los robos se
hace en pequeños grupos-, dando inicio a una velada prolongada por
lo general hasta altas horas de la noche: el parcero típico no tiene
nada distinto al parche, ahí discurren cosas con el poder de arrobar
a sus integrantes. Hacer parte de una pandilla y <meter vicio>
van aparejados. La droga acompaña no solamente los prolongados ratos
en el parche, sino que constituye ingrediente obligado de los atracos callejeros.
El primer encuentro de cada día, sea al mediodía o la noche,
es sazonado sin falta con la primera <traba>. A partir de ese
momento el <vicio> está presente hasta el final del encuentro
en la madrugada. Al igual que la prueba de ingreso mediante un acto de
fuerza, entrar en la cadena de consumo hace parte de los códigos
de pertenencia. La primera vez se experimenta temor, como sólo puede
suceder ante el comienzo de un viaje hacia lo desconocido; el frenesí
con el que consumen los iniciados, con todo, es garantía segura
del acompañamiento y presión suficiente para demoler cualquier
resistencia: <En la primera experiencia uno aprende empujao>[29].
Una vez franqueado el primer umbral se ingresa en un acto diario que devora
en el consumo a todo aquel que pretenda ostentar con orgullo la identidad
del grupo.La fuga en los sentidos es una brutal resistencia al disciplinamiento
de la voluntad y el cuerpo, tan caro al imaginario de la productividad
y el orden. La guerra contra la droga es una batalla librada en nombre
de la voluntad y la ascesis: nada más contrario a tales rigores
que el extravío de la conciencia disparado en el consumo. Contra
tal guerra el parcero desboca los sentidos pretendiendo habitar una experiencia
lúdica permanente mediante la vivencia psicodélica de lo
corporal. Por ello el consumo se convierte en gran operador del rechazo
a la escuela y el trabajo, esos dos mundos gobernados por una voluntad
en busca de doblegar el cuerpo. La trangresión supuesta en el vicio
une y solidariza: liga en otro más allá, el de la fuga y
el ansia hedonista del hechizo sensorial. Como lo sintetiza un parcero:
<El vicioso es dado a agruparse, por eso el vicio es un estilo de
vida>[30]. No
es posible hacer una generalización sobre la actividad delictiva
de las pandillas. Sus grados de alcance varían sobre un haz considerable
de estrategias, acotado en un polo por el asalto callejero y en el otro
por el asalto armado a almacenes y residencias. Aunque algunos parches
derivan con el tiempo en verdaderas empresas criminales dedicadas a los
<brincos> de elevadas cuantías, existe una diferencia
sustantiva entre la banda y la pandilla. La primera es una organización
delictiva constituida con el propósito expreso de acumular capital
mediante el hurto, pero carente de la intimidad y la exposición
pública del parche. Por el contrario la banda, al margen de poseer
miembros insertos en parches, se mantiene en la clandestinidad y conserva
una disciplina garante de la efectividad de sus acciones: se profesionaliza
en su capacidad operativa mediante la adquisición de vehículos,
armas sofisticadas y conexiones de alto nivel. Así es, mientras
la policía reconoce en la localidad nada más que 14 bandas
especializadas en asaltos bancarios, piratería terrestre, robo de
carros y asaltos gigantescos, identifica un mínimo de una pandilla
por barrio[31]. El
atraco callejero amenazando a la víctima con un arma, conocido en
el argot como <atarzanada>, es una de las modalidades características.
Los <socios> desempeñan funciones diferentes, rotadas
en asaltos sucesivos. Unos cumplen la tarea de vigilar la reacción
posterior del atracado o la presencia policial, otros abordan de manera
directa la víctima. El rasgo de oportunidad del pillaje, que aparezca
alguien <llevando la plata>, marca la diferencia con el extremo
opuesto del espectro donde la planeación es factor determinante,
como el hurto de apartamentos o almacenes grandes. Siguiendo el adagio
popular según el cual “la ocasión hace al ladrón”,
la pandilla está siempre alerta para no desaprovechar la más
leve oportunidad, signifique grandes o pequeños dividendos. La práctica
constante del robo termina generando mayores expectativas de dinero de
manera que parche sostenido en el tiempo con seguridad derivará
en robos de mayor planeación. Meter y asaltar, las dos prácticas
colocan todavía más allá a los parceros. Los tornan
visibles en las calles del barrio, como el parche sobrepuesto, siempre
tosco y notorio por su diferencia grotesca. <Si a alguno lo tocaban
en algún barrio iba el grupo a ese barrio y montaba la asquerosa.
Entonces ya se sabía que nuestro grupo no se puede tocar>[32].
La inmunidad implicada en el <no se puede tocar> proviene de
su capacidad de quebrar el código sancionado, el de la contención
familiar, el de la habilitación escolar y productiva, el del goce
ganado en el trabajo, el de la voluntad disciplinante. Empero, será
en el desafío al más profundo de los imaginarios, el de la
vida y la prohibición de su arrebato, donde se sella la transgresión.
Las historias de enfrentamiento y sangre plagan los testimonios pandilleros.
Se narran con vehemencia, salpicadas de un tufillo heroico, atravesadas
de cortante frialdad. Los episodios se suceden uno a otro, sin hilación,
como trofeos de caza. Quien tiene tatuados en su cuerpo los arañazos
de la muerte experimenta gran orgullo: numerosas narraciones se interrumpieron
para descubrir las cicatrices de una cuchillada mortal, una caída
brutal, una bala asesina. Como lo sintetiza soberbia frase <la violencia
aquí es de todo a todo>[33]. Es
verdad, la agresión mortal ronda las calles del suroriente, recrudecida
por épocas, aquellas en que sus actores concurren en el intento
de imponer su ley de sangre: <Habían muchas muertes, eso un
sábado aparecían siete en diferentes partes del barrio>.
Los recuerdos de los días de <muchas muertes> salpican
la memoria colectiva. El oficio fatal se puede cumplir con facilidad, a
la vuelta de la esquina, envuelto en las más variada cantidad de
eventos. Puede hacerlo pegado al mero azar: <Iba pasando y en una
balacera lo bajaron, sin tener nada que ver>; o puede venir adosado
al más cruento plan de exterminio: <Se acababan de familia
a familia. De noche era la plomacera y al otro día aparecían
los cuerpos>. En todo caso recorre las calles, cercana a la intimidad:
<Dormía en el cuarto de la calle. Un día escuché
seis tiros. Cuando me asomé el tipo estaba cogido del poste, bajamos
y vi como se le iba la vida>[34]. El
hecho violento está presente, <aquí la violencia es
de todo a todo>, sea bajo el espectro de la muerte sea bajo la amenaza
de la herida y la pelea. Entre los parceros el acto violento hace parte
de sus rutinas corrientes, se entrenan meticulosamente en el arte, ella
es código de acceso y permanencia. Los más acariciados imaginarios
de la vida colectiva caen despedazados frente a la provocación pandillera.
Ante el orden imponen el desorden, ante el rigor y la templanza colocan
el hedonismo y la desmesura, frente a lo pulcro son el parche. Se complacen
en el exceso, es su urgencia de notoriedad no agotada simplemente en la
necesidad de ser vistos, como lo ansían todos los jóvenes
hoy día, sino de ser observados desde un lugar que machaque la fragilidad
de la vida humana, el de la transgresión violenta.
3. Hacerse respetar
La metáfora del parche revela las claves del mundo parcero. No están
zurcidos con los mismos hilos de sus vecinos, sustraídos como están
a los cauces de la vida ordinaria, pero no se marchan del barrio. Habitan
un afuera, no como acto de protesta sino como estrategia para la tiranía:
su abultada diferencia se teje sobre la semántica del terror y el
miedo, instalando la pregunta: ¿cómo justifican su exceso
brutal y grotesco? Existen motivaciones productoras de violencia con
cierta estabilidad, la defensa de la territorialidad una de ellas. Aún
en el caso de los parches abiertos por donde circulan muchachos de un lugar
y otro se establecen fronteras definidas frente a las pandillas adversarias:
ni los otros pasan por aquí ni los unos van por allá. La
venganza otra. Cualquier agravio propinado a un miembro del parche o a
sus familias se cobra a buen recaudo, se trate de una humillación
pequeña –una burla, un robo, una paliza-, o de la violencia letal
de la muerte. Si bien la territorialidad y la venganza representan
la ley del parche, están lejos de agotar los móviles violentos.
Cualquier circunstancia puede activarla, <la violencia se genera
sola, son cuestiones más bien momentáneas, como del momento,
lo que se está viviendo>. Toda excusa puede servir entonces
de activadora, <por una mirada lo matan a uno. Muchas veces he tenido
que bajar la cabeza, en un bus no falta el marico que se enamora de uno>.
El acto violento pierde toda finalidad sólida, se enreda en el evento
simple capaz de provocar el sentimiento oscuro contenido en la frase repetida
una y otra vez: <Ese man me tiene ofendido>. La <ofensa>,
tan fácilmente infringida, se provoca con insignificancias tras
de las cuales se pierde toda justificación argumentable: <Después
del problema uno las piensa y dice "pero yo ni siquiera tenía nada
que ver ahí, porqué me levantaron”>. El acto violento
se encierra en su propia dinámica alimentado de sus propias fantasmáticas:
<La violencia a la final es la falta de pensar, uno sólo actúa,
va es pa' delante y el resto vale guevo. La violencia es espontánea,
lo que está pasando y uno reacciona>[35]. Sin
embargo, ¿será tan cierto que <la violencia se causa
sola>? Contemplando los motivos generadores del acto violento la frase
resulta trágicamente adecuada: la territorialidad y la venganza
terminan sumergidas en un lodo de causas atrapadas en el oscuro giro del
<man se ofendió>. La violencia entonces se dispara <sola>.
Con todo, si se atienden los resortes de sentido que movilizan internamente
al parcero emerge una racionalidad ordenadora de la violencia <espontánea>
que <se causa sola>, la lógica del <respeto>. Su
primera expresión toma cuerpo en el ferviente deseo del goce sensualista.
El riesgo implicado en el robo, el vicio y la violencia se liga a la vivencia
intensa desatada por el vértigo: <Probar el vértigo
es sentir la sensación de estar al borde de algo, sentir que lo
persigue la tomba o que lo buscan, sentir la sensación de peligro.
A mi siempre me ha gustado sentirme al borde de algo pero sin tocar>.
Morder la manzana prohibida, con desfachatez y frialdad, produce la intensa
vivencia de perder el dominio de sí mismo y experimentar una embriaguez
reconfortante. Como con la ruptura frente a la familia y la escuela se
trata de estar afuera sin romper las conexiones esenciales, estar al borde
del abismo <pero sin tocar>. Alguno lo anuncia en una de sus
tantas vivencias con la muerte: <Empezaron a echar bala y todos al
suelo, uno siente la muerte encima. Pero de lo mismo joven se siente uno
hasta contento>[36]. El
éxtasis de la acción peligrosa cobra sentido corpóreo
en la química del estado de alerta generalizado. No se trata de
un evento episódico casual, de una escena cualquiera en la que esté
comprometida una acción turbulenta; por lo contrario, la verdad
primordial del parche es el estado de arrebato permanente, una excitación
cotidiana ligada a su puesta en evidencia en el barrio: <A esos pelados
en cualquier momento llega otro y los mata, estar pendiente de que si uno
está ahí en ese grupo tiene que estar alerta de que no lo
vayan a matar>. El pandilllero se instala en el no dicho levantado
sobre la confusión que provoca entre los vecinos su afuera, meticulosamente
labrado en el exceso del vértigo sostenido. Un no dicho cimentado
en el poder que detenta todo aquel que manipula el delgado hilo que ata
la vida a la muerte. La violencia juvenil se regodea en el propósito
de <ser el malo>, manipulando la vía expedita del horror
a fin de hacer posible el principio de <usted pone la ley>. El
código es claro, <vamos con nuestra energía, es la
supremacía, somos los que azaramos y montamos la hijueputa. Y todo
el mundo nos deja sanos>. Es la búsqueda desesperada de <la
supremacía>, la frenética búsqueda del <respeto>:
<Hacerse respetar es no dejársela montar. Ahí es cuando
uno va como quien dice abriendo los ojos, porque según los malos
uno tiene que abrir los ojos o si no nunca es nadie>. Ahí está
la clave, en ser reconocido, todo lo cual pasa por lanzar la violencia
ante cualquier desacato de la identidad erigida sobre la sangre: <Logré
tener respeto, que era algo que me esforzaba y muchos jóvenes de
aquí se matan por tenerlo, ya no me decían el apodo sino
mi nombre porque andaba ennavajado y el que se metiera conmigo empezaba
a chupar sangre>[37]. Ahí
aflora la naturaleza de la pandilla, en su buscado intento de convertirse
en un verdadero parche: ser distinto para tornarse notorio. La transgresión
es su lenguaje, labrada en la violencia sobre los ritmos de la vida corriente
y sus acariciados imaginarios. A la postre, en medio del miedo, el pandillero
ansia tan sólo <tener respeto> de manera que nadie se
atreva a violar su ley porque empieza <a chupar
sangre>.
III. LA GUERRA DE PAVIMENTO
La violencia habita el corazón del parche anudando sus simbólicas
y prácticas. Sin embargo sus manifestaciones, así como sus
intensidades, se encuentran en conexión directa con otros actores,
sus búsquedas y estrategias. Existe pues un nexo directo entre la
pandilla y el conflicto ampliado de Colombia, nuestro objeto en el presente
apartado: la ciudad y su comportamiento delictivo, las transformaciones
pandilleras y los otros actores violentos serán sus contenidos.
1. Bogotá, crimen y
violencia
La conducta de la criminalidad capitalina dejan sentir la presencia pandillera.
No lo hace de manera directa, sino aislando algunos indicadores donde sus
prácticas conflictivas afloran. El cambio a mediados de los 80,
el atraco y la violencia lo revelan. En efecto, desde la mitad de la década
de los años 80 Bogotá se convirtió en una ciudad cada
vez más insegura. Después de que su tasa de delitos venía
de una vertiginosa caída desde mediados de los 70, a partir de 1985
comenzó una curva de ascenso hasta 1992, momento en que se estabiliza
para comenzar un descenso durante los dos últimos años de
la década. El incremento desde mediados de los 80 resulta más
notable si se le compara con el comportamiento nacional, siempre en descenso
desde los años 70[38].
El ascenso capitalino entre 1985 y 1992 recibe contribuciones tanto de
los delitos contra el patrimonio como de los delitos contra la vida: ambos
suben preciso a mediados de los ochenta. Con todo, desde el año
93 en adelante los delitos contra la vida comienzan a descender sin interrupción
confirmando la regla de la delincuencia bogotana: la capital es ante todo
epicentro de los delitos económicos, donde supera con creces los
promedios nacionales[39]. La
tasa contra el patrimonio sigue el mismo patrón: mientras la nacional
disminuye de manera constante, la de Bogotá sube a partir de 1985
hasta alcanzar su tope en 1997, con dos oscilaciones en 1987 y 1992[40].
Tal incremento se produce sobre el aporte de todas las violaciones a la
propiedad: el robo asciende un 50% en medio de fuertes oscilaciones; la
extorsión, la estafa, los abusos de confianza y demás no
incluidos en las diversas formas de hurto crecen un 202%; pero será
el atraco, un tipo de robo caracterizado por la violencia sobre personas,
el delito que manifieste el más sorprendente crecimiento al elevarse
sin interrupciones, a partir de 1989, en un exhorbitante 463%[41].
Su pequeño descenso en los dos últimos años contrasta
con las marcadas caídas de las otras curvas. El atraco visualiza
las pandillas, una de sus predilectas actividades. Su vertiginoso crecimiento
en las cuentas de la criminalidad bogotana da cuenta de un actor empleado
a fondo en derivar beneficios de su ejercicio, presente desde finales de
los años 80. Sin duda, después de ser un reducido 6% del
total de los delitos económicos cometidos en 1974 se convierte,
para 1999, en un voluminoso 36%. Obvio, en esta protuberante masa de asaltos
a mano armada no participan únicamente los parches, pero sí
desempeñan un papel destacado unas agrupaciones juveniles dedicadas,
como un fragmento de sus rutinas diarias, a la cacería urbana. Lo
confirma la policía de la localidad: la mitad de los delitos económicos
cometidos durante los últimos años en la zona fueron atracos
callejeros, la forma de <trabajo> por excelencia de las pandillas.
Es cierto que la tasa de atracos de la localidad no descolla en la ciudad,
por el contrario es de las más bajas en abierto contraste con las
del sector centro oriental, donde se alcanzan valores hasta quinientas
veces más elevados[42].
Tal lugar modesto comprueba, no la ausencia del robo entre las pandillas,
sino la eficacia de otra faceta del código pandillero: la zona no
se <azota>, los asaltos se hacen afuera de manera preferente
contra <los del norte>. De ahí que las tasas de atraco
más bajas se concentran en las localidades donde se encuentran la
mayoría de los barrios populares. Por otra parte, los delitos
contra la vida siguen el patrón anotado: la curva nacional desciende
lentamente desde 1980, mientras Bogotá experimenta entre 1985 y
1993 un ascenso del 113%, año en que retorna con celeritud al nivel
de mediados de los 80. El incremento se produce con ascensos de todos sus
tipos: el homicidio el que más al subir un 314%; luego vienen los
accidentes de tránsito, los abortos y los abandonos con un incremento
del 185%; por último las lesiones viven un crecimiento menor[43].
La mitad de los años 80 marca un verdadero giro en Bogotá.
Junto a los incrementos en la delincuencia general los homicidios experimentan
un acelerado aumento, testimoniando una explosión del crimen en
franca oposición a los indicadores nacionales, casi todos en descenso
con la notable excepción de los homicidios. Sólo en ellos
Bogotá se encuentra siempre cercana y por debajo, con excepción
del pico de 1993, momento en que comienza un rápido descenso que
contraría el extendido sentimiento de inseguridad reinante tanto
en el país como en la ciudad[44]. Dentro
del contexto nacional Bogotá no es la ciudad de la violencia homicida.
Su tasa promedio de 66 homicidios por cien mil habitantes, entre 1988 y
1996, palidece frente a la de Medellín, saqueada por una violencia
que alcanza un aterrador promedio de 378. Por demás, se afirmó,
las ciudades no entran en el listado de los municipios más violentos.
Sin embargo el dato, en sí mismo, dista mucho de ser pequeño.
Una tasa de más de sesenta asesinatos habla de una ciudad donde
sus moradores acuden de corriente a la eliminación del oponente.
Incluso el dato de 40 alcanzado en 1999, tras acelerada caída, sobrepasa
de lejos la tasa del segundo país suramericano, Brasil con 24. Bogotá
no está azotada únicamente por el hurto y los accidentes
vehiculares, es también una ciudad violenta. Otro tanto acontece
en la localidad cuarta. Con una tasa promedio de 49 asesinatos durante
los últimos años se ubica en el sexto lugar en la ciudad,
sobrepasada con creces por Santafé y la Candelaria, pero cercana
a las otras que le superan[45].
Como en la ciudad en general las gentes de la localidad apelan a la violencia
con renovada frecuencia, así como lo testimoniaron los jóvenes:
<aquí la violencia es de todo a todo>. Los jóvenes
poseen un protagonismo estelar en la tarea de la muerte. A nivel nacional
el panorama es alarmante pues durante la última década, bajo
toda evidencia, constituyen el grupo de edad con la mayor contribución:
entre 1979 y 1994 los muchachos entre 15 y 19 años quintuplican
su tasa de homicidio, seguidos después por los jóvenes entre
20 y 24, quienes cuadruplican su participación. Ya desde comienzos
de los años 90 constituyen la edad con la tasa más elevada.
El porcentaje del homicidio en las causas de defunción lo corrobora:
si en 1975 moría asesinado el 10% de los jóvenes entre 15
y 19 años, en 1994 subió a 45%. Otro tanto sucede entre los
20 y los 24 años: en 1975 caía asesinado el 17% mientras
en 1994 ascendió al 52%. “Las víctimas fatales de la actual
violencia colombiana son ... jóvenes y cada vez más jóvenes”,
no cabe la menor duda[46].
Se equivocan quienes descartan su decisiva participación en los
escenarios de conflicto[47].
Desde su aparición en el sicariato comienzan a copar, cada vez con
mayor fuerza, los distintos escenarios sangrientos. Conforman la gran mayoría
de los ejércitos armados, algo así como el 70% de las guerrillas
y el ejército, siendo amenazados cuando se resisten a participar[48];
y más allá de los escenarios declarados para la guerra se
arman en diversas agrupaciones urbanas, desde las milicias hasta las pandillas. Al
igual que en el escenario nacional los jóvenes desempeñan
un papel destacado en el acto violento de la zona. La mitad de los muchachos
de la encuesta posee un allegado asesinado en la espiral de la violencia
barrial, dentro de los cuales más de la mitad son amigos y un décimo
hermanos: aunque no todos los amigos y hermanos son por fuerza jóvenes
el dato revela la fuerza con que los muchachos se vuelven víctimas
del homicidio local. No obstante también son destacados victimarios,
se les imputa el 32% de las muertes, en medio de una agresión donde
resulta difícil establecer la identidad del victimario[49].
Otros datos confirman el panorama. De los homicidios ocurridos en Bogotá
entre1996 y 1999 los jóvenes de 15 a 24 años suman el 32%
de las víctimas, ligeramente por debajo de sus mayores inmediatos.
Y la única información disponible sobre las edades en el
suroriente despeja cualquier duda: en 1997, de un total de 257 casos, el
42% tenía entre 15 y 25 años, de los cuales el 93% fueron
hombres[50].
2. Del rito al anonimato
Bogotá sufre un cambio hacia mediados de los años 80. Las
pandillas están allí, no sólo viviendo las mayores
intensidades que adquiere el crimen en general sino experimentando un verdadero
proceso de mutación en sus formas y estrategias. Ciertamente los
parches de hoy no son los mismos de hace veinte años, cambian al
tiempo con la ciudad. Las actuales maneras de ordenamiento de las pandillas
se mueven en un amplio espectro, algunas cerradas y otras abiertas, unas
dotadas de jerarquías y algunas regidas por reglas laxas. No hay
un manera única, aunque el ordenamiento abierto y flexible es el
dominante. No obstante, las pandillas de los años 70 y comienzos
de los 80 resaltan por sus niveles de estructuración en torno a
ritos de iniciación, permanencia y consagración identificados
con símbolos emblemáticos. Por aquellos tiempos la zona conoció,
entre sus parches más fuertes, a los Cobras, los Vikingos y los
Escorpiones. Las formas propias de estas antiguas pandillas, como los ritos
de ingreso y salida, han perdido su fuerza: <Antes existían
verdaderas pandillas. El que iba a entrar le tocaba pelear con todos comenzando
con los de atrás. Si les cascaba entraba>. En la actualidad
existen pruebas de ingreso y permanencia; una agrupación asentada
sobre el ejercicio de prácticas conflictivas las exige. Mas en los
días presentes, hasta en los casos de mayor severidad, los ritos
no se inscriben en una simbólica de la jerarquía pública
y reconocida, como sí acontecía antes. Entre los Vikingos
cada parcero se tatuaba en el brazo un rudo guerrero normando junto a un
número, a modo de aceptación abierta de su posición
en el grupo, arrancando por el jefe ostentando el número uno. Como
dice un parcero de aquel entonces: <Ahora son grupos de aficionados
que eso dentran y salen, no son grupos firmes. Antes había un régimen
y se pertenecía>[51]. Es
verdad, <antes había un régimen> establecido sobre
una jerarquización sólidamente montada en la capacidad violenta
y completado con símbolos rituales que identificaban al grupo frente
a cualquier otro. El normando o la cobra pintados sobre la piel, indeleble
sobre el cuerpo, se completaba con un nombre distintivo y con la delimitación
territorial de un espacio sobre el que se detentaba un poder indiscutido.
El parche, el lugar de reunión, se emplazaba con los signos identificatorios.
Todavía quedan las huellas del dibujo de un vikingo en el centro
del parque de Guacamayas y los colores azules en los postes de la malla.
Sobre tal manojo de símbolos en movimiento el parcero poseía
un sentimiento claro de pertenencia: <había un régimen
y se pertenecía>. Otro tanto aconteció con el número
de integrantes. Antes podían ser grupos grandes: <Los Vikingos
eran tantos que la policía nunca los pudo controlar. Se decía
disque eran hasta cuatrocientos>[52].
Probablemente el número sea exagerado, producto de la mitología
vikinga entre las pandillas; en todo caso se trataba de cantidades considerables
de afiliados, en contraste con los pequeños grupos actuales, en
el mejor de los casos compuestos por veinte integrantes. Junto a la reducción
numérica se aprieta asimismo el territorio susceptible de controlar,
en tiempos anteriores extendido a barrios aledaños al centro de
operaciones. Ahora ejercen, en general, un dominio circunscrito a unas
pocas cuadras, en multitud de casos apenas una o dos. Pero si algo
ha padecido notable transformación es el nivel de agresividad. <Las
pandillas de ahora son muy distintas a las de hace un tiempo. Antes eran
parchesitos de barrio que si pasaban por esta esquina los abrían
y ellos abrían a los que pasaran por su esquina>. Hace años
también se robaba pero no era el ingrediente distintivo: <En
ese tiempo casi no robaban, era una alternativa y no una prioridad>. Asimismo
se peleaba, de manera especial cuando se provocaban los enfrentamientos
entre pandillas, muchos de los cuales podían terminar con un número
considerable de heridos y hasta de muertos, como la todavía recordada
batalla entre Vikingos y Cobras, famosa por su elevado saldo de lesionados.
No era pues ninguna presencia romántica y pacífica. No obstante
los tiempos actuales han visto recrudecida la violencia de la mano de la
sustitución de las armas, antes dominadas por las blancas y ahora
por las de fuego. <En ese tiempo no había el voltaje de horita,
si acaso cuchillo, eso era lo más grave>, afirma uno. <Antes
buscábamos estar bien con el cuento de las pepas pero no desarrollábamos
una conducta peligrosa. Las cosas han cambiado, ahora no se le puede decir
nada a un chino de trece años porque saca su fierro y hasta ahí>,
confirma otro[53].
3. Los otros violentos
Las pandillas se transforman insertándose en la trama del conflicto
nacional. La diseminación de la violencia encuentra terreno abonado
entre las pandillas transformándolas, tornándolas más
letales en sus empeños, pero también obligándolas
a convertirse en adversarios competentes de esa contienda librada en las
calles de la zona. Las operaciones de limpieza serán el enemigo
contundente y visible, pero junto a él caminan la policía
y las organizaciones armadas de vecinos. Para comenzar, el papel de
la policía en el escenario local es problemático. Su imagen,
lejos del ideal del servidor y benefactor público, es la del agente
medrando de sus prerrogativas para alimentar sus apetitos particulares.
El policía es todo, menos el representante de la ley universal.
Entre la juventud su imagen está más que deteriorada: <La
policía es el peor enemigo de la juventud>. La frase resume
bien el sentimiento, no sólo de los pandilleros sino de los jóvenes
de la zona en general. Se trata de un sentir alimentado con un santoral
de desmanes que arrancan desde los recuerdos de la infancia: <Uno
les coge bronca desde chinche porque va pasando y le abren la mula>,
en palabras de uno; <me irritan los tombos, toda la vida me han irritado>,
en la versión de otro. La historia de la relación entre el
cuerpo policial y el barrio popular está cargada de agresiones y
atropellos, en ningún testimonio dejó de fluir la carga negativa
asociada a la huella de uno y otro abuso: <Los amarran a las rejas
con las esposas y les dan palo por estar trabaos o tomando a altas horas
de la noche, así sean sanos>. Cualquier atisbo de identidad
pareciera ofenderlos disparando golpizas y vejámenes: <Por
ser rapero la policía lleva la mala, maltratan porque les da la
gana. Hace unos días me metieron un rodillazo, esculcaban como si
estuvieran seguros de que yo tenía algo>[54]. El
asedio indiscriminado coloca a la policía en el centro de la violencia
local. No sólo mediante los desafueros directos sobre los jóvenes,
sino a través de su participación en los más variados
escenarios de conflicto, como las ventas de armas y el cobro de impuestos
a fin de permitir toda suerte de negocios ilegales. Sin embargo su faceta
más deslegitimante está en su activa participación
en las operaciones de limpieza. Si la <autoridad> es arrasada
en el corazón del imaginario fundante de la convivencia, a cambio
de la protección de la vida se ofrecen ejecuciones extrajudiciales,
la conclusión es evidente: <Hay que cuidarse tanto de la policía
como de los mismos malandros>[55]. Los
jóvenes ven en la policía <el peor enemigo>. Pero
es la <limpieza> quien mueve verdaderos terrores. Sus formas
de hostigamiento, invitando al funeral de los próximos muchachos
sentenciados mediante carteles mortuorios colgados en los postes de las
calles, así como sus despiadadas y fulminantes formas de operación,
le han granjeado el lugar de enemigo feroz de los parches: <Duró
un tiempo que uno veía los avisos que invitaban al propio sepelio,
“cómo así, yo no me he muerto y están invitando al
sepelio mío">. Sus incursiones son las principales responsables
del cambio operado en las pandillas, su aparición en la zona hacia
mediados de los años 80 barrió de un tajo los antiguos parches,
sus ritos y emblemas. A diferencia de tiempos anteriores los parceros de
hoy no se pueden dejar identificar con claridad. Su circulación
pública pasa por el exceso grotesco, ello hace parte de la condición
de exposición propia del parche. Pero los tatuajes, los nombres
y símbolos distintivos, las grandes agrupaciones y el amplio poder
territorial desaparecieron. No hacerlo implicaría caer en la necedad
de exponerse a la acción de <la limpieza>[56]. A
pesar de su presencia desde hace dos décadas sus acciones permanecen
recubiertas de un halo de misterio y un manto de impunidad. Aún
así, en medio de la incertidumbre, es posible identificar tres actores,
vecinos adultos del barrio, escuadrones de los organismos de seguridad
del Estado y sicarios contratados para el efecto. En la práctica
unos y otros se mezclan en el tiempo y las estrategias. La participación
de los vecinos se verifica de distintas maneras. Lo hacen primero como
autores intelectuales en complicidad con los escuadrones de seguridad del
Estado. Su misión en este caso consiste en apoyar la elaboración
de las listas mediante la entrega de información sobre los parches
y sus miembros. Funcionan también como autores intelectuales contratando
directamente personas dedicadas al oficio, conectadas en sitios especiales
de la ciudad que ofrecen el "servicio": A veces actúan a título
propio asumiendo la vocería del vecindario, otras lo hacen en arreglo
con vecinos, casi siempre comerciantes con el dinero para sufragar el gasto
por su interés en extirpar los parches que ahuyentan sus clientelas.
En otros casos los vecinos participan como ejecutantes directos de las
matanzas. Su forma más acabada es, por supuesto, la constitución
de destacamentos a la manera de autodefensas barriales. En la mayoría
de los casos tal intervención es esporádica, ligada a las
coyunturas de la expoliación pandillera; en otras, las menos frecuentes,
la justicia vecinal deriva en organizaciones estables empeñadas
en "sanear" el barrio. En el caso más extremo un vecino corajudo,
atosigado con los excesos de los parceros, sale cada tanto a matar a cuanto
muchacho esquinero se encuentre. El otro protagonista de la limpieza
son los organismos de seguridad estatales. Su decisivo papel es denunciado
sin titubeos, pese a la inexistencia de condenados: <La limpieza
la conforman rayas, fuerzas especiales, policías especiales, hasta
infiltraos en las pandillas>. Resulta imposible establecer los vínculos
entre unos destacamentos y otros. Se habla de organismos especializados
en la tarea, miembros de distintos cuerpos agrupados para el efecto. Aunque
los indicios abundan y las pruebas escasean existe la certeza, pues los
vecinos pertenecientes a la seguridad estatal anuncian las incursiones.
Como dice uno, <gente dentro del DAS informaban cuando iban a salir
a hacer limpieza, porque acá hay gente que está adentro,
que vive en este ambiente y le duele que les dañen donde ellos viven>[57]. El
último actor son los sicarios, matones a sueldo contratados por
los vecinos. Se habla de sitios en donde se contactan, especies de "oficinas"
al estilo de la época del cartel de Medellín y sus centros
de incorporación sicarial[58],
pero también se mencionan muchachos contratados dentro de la misma
zona. En todo caso la contratación de sicarios se realiza para pequeños
asesinatos; la forma clásica de la limpieza, la acción rápida
encaminada a producir una masacre, se hace con pistoleros externos a fin
de prevenir cualquier reconocimiento que ponga al descubierto la identidad
de sus autores. En la zona no han prosperado otros grupos armados
como la guerrilla y las milicias. La primera se hizo presente durante la
primera mitad de la década de los 80, cuando el M-19 armó
campamentos de paz en los barrios populares de las grandes ciudades mientras
se gestaba el proceso de paz con el gobierno de Belisario Betancur. Varios
muchachos desfilaron por los entrenamientos militares, pocos ingresaron
en las filas de la organización. El adiestramiento en el manejo
de armas y en la ejecución de operativos, no obstante, proliferaron
entre los parches alimentando sus prácticas conflictivas. Como en
Medellín y Cali, los campamentos de paz en el corazón de
zonas conflictivas diseminaron estrategias armadas y, ante todo, regaron
un carisma de la resolución violenta. Fuera de la presencia del
M-19 durante aquellos días las guerrillas no han prosperado en la
localidad. Por su parte las milicias, sean de tipo político o comunitarista,
tampoco han prendido como si ha sucedido en la localidad de Ciudad Bolívar[59]. Asimismo,
la ciudad no fue depósito de operaciones claves del narcotráfico.
Los coletazos de sus negocios ilegales, no cabe duda, llegaron hasta el
último rincón de la geografía nacional. Bogotá
no podía ser la excepción, el notable ascenso de los índices
delictivos en 1985 da cuenta de los nexos de su criminalidad con un ampliado
mundo mafioso, cuyo centro, en aquel entonces, tenía lugar en el
comercio ilegal de estupefacientes. Sin embargo Bogotá no tuvo un
actor trabando negocios directos con las pandillas, bien bajo la contratación
desembozada de contingentes completos de sicarios como en Medellín,
bien bajo la estrategia más discreta pero en todo caso eficaz de
Cali[60].
Se sabe de varios muchachos bogotanos que por su destacada capacidad violenta
fueron enrolados en las nóminas de los <trabajos> con
los grandes varones, como el mentado Ojos Rojos, un alias que evoca con
precisión el terror que causaba entre la gente. Se trataba de acciones
dentro de la misma ciudad o sus zonas aledañas, más fáciles
de realizar con personas ligadas a la vida local, pero el narcotráfico
no extendió sus tentáculos hasta los parches bogotanos. Pese
a todo Bogotá en general y San Cristóbal en particular se
inscriben en la curva de la violencia homicida y la delincuencia difusa.
El corolario es un denso tejido violento que prolonga y legitima la transgresión
sobre la que se instaura la simbólica del parche: en manos de una
policía violadora, de una convivencia comunitaria hostil y de un
Estado tolerante con la limpieza, ninguna normatividad queda en pie. El
acto de habitar un afuera está “sancionado”, la ley y la institución
se han degradado, no convocan nada ni integran a nadie. Todo lo opuesto,
la integración es sustituida por el aniquilamiento. El pandillero
se sale, ya nada le agarra, consciente de que su única alternativa
está en apostarle a la muerte .... y ganar.
IV. VIOLENCIA DE LA IDENTIDAD
Una vez más, <pertenecer a un ruedo significa respeto y poder>.
Por supuesto, la búsqueda del <respeto> remata en la lucha
franca por <poder>. En el empeño se atrae como imán
la contienda. Si tal es su dialecto, ¿dónde situar las pandillas?
Su desconcertante fisonomía, parada en el cruce entre lo “organizado”
y lo cotidiano dificulta la tarea. La contienda por el dominio local desde
intereses particulares abre otra semántica, la de la identidad,
afirmada en la transgresión violenta tras la hegemonía sobre
lo cotidiano. Desde aquí se problematizan las violencias.
1. Una frágil frontera
Como lo quieren enunciados recientes, frente a los actores dotados de capacidad
organizativa las violencias restantes pierden importancia, bien porque
se exhiben menos complejas, bien porque resultan insignificantes[61].
Las dos versiones, cada una obediente a trayectorias divergentes, arriman
a idéntica conclusión: si los municipios más violentos
congregan la mayor diversidad de agentes organizados, la violencia difusa
no desempeña mayor papel. Los actores armados y el crimen organizado
son la matriz de la violencia, se dijo. No obstante detenerse ahí
está preñado de implicaciones políticas, las de invisibilizar
violencias, los contextos donde se inscriben y sus muchas dependencias:
no sólo la juvenil sino la urbana, la pandillera junto a la de vecinos
y sicarios, la de organismos del Estado y escuadrones de la muerte[62]. Las
pandillas no siguen patrones estandarizados en sus normativas internas,
la uniformidad no es su vocación. La variabilidad, por supuesto,
no suprime la existencia de patrones. De tal manera en sus ordenamientos
internos algunas son cerradas y otras abiertas, dispuestas a recibir muchachos
de distintos barrios. El grado de apertura, sin embargo, es relativo. Un
día y otro pueden llegar muchachos de diversos lugares, pero el
parche posee un núcleo duro conformado por los miembros permanentes,
participantes orgánicos de las actividades conflictivas y por ende
portadores de la vivencia del grupo. Quien se desplaza entre parches lo
hace sobre su larga trayectoria en el mundo pandillero. La apertura indiscriminada
es impensable entre agrupaciones atravesadas por el conflicto, son muchos
los secretos que deben permanecer sepultos. La pandilla posee entonces
un nivel de organización. A los parceros los liga una simbólica
estable en el tiempo, urgida de lealtades y demandada por compromisos;
sin embargo no caen entre las violencias organizadas. Su reproducción
no depende del fortalecimiento de su habilidad organizativa, como sí
sucede con los actores para quienes la supervivencia está en relación
estrecha con el crecimiento del aparato de guerra. La pandilla es una célula
estable, no vive de su multiplicación y hasta se permite el lujo
de permanecer abierta, ahí <se hace el que quiere> asevera
alguien. Naturalmente el propósito de ser el <parche>
se alcanza mediante la fuerza aplastante del grupo; pero sus búsquedas
se consumen en las vicisitudes de todos los días, <por una
mirada matan>, determinando que su transgresión sea puntual
y directa, sofisticada nada más hasta el grado de tener unos buenos
<fierros>. Sin embargo la pandilla es un proyecto de poder
contundente, pretende el temor y la admiración del vecindario. No
le interesa nada diferente, se basta con el control de un reducido territorio,
sus intercambios y las contingencias asociadas a la satisfacción
de sus apetencias. De resto, la conquista de espacios amplios o de injerencias
políticas desborda sus cálculos. Con todo, su poder eficaz
los conecta más allá del vecino, se ligan a los flujos delictivos
y adquieren una dinámica siguiendo las fuerzas de los contextos
urbanos donde habitan. En Medellín el narcotráfico, mediante
su desembozada intervención produjo el sicariato y la pavorosa proliferación
de bandas armadas; la guerrilla cumplió un papel en su momento,
pero luego la confrontación entre las agrupaciones juveniles se
encargó de amplificar los enfrentamientos hasta producir la violencia
de tan triste recordación. En Bogotá ninguno de estos actores
desempeña un papel articulador, se afirmó. El cuadro se teje,
más bien, en torno a las operaciones de limpieza y los agentes del
crimen que propagan un ambiente delictivo donde se transforman y multiplican
los parches[63]. El
divisor de la organización se convierte en una frágil frontera.
La pandilla posee un nivel organizativo ligado a un proyecto de poder,
pero sus manifestaciones caen dentro de la más clásica violencia
difusa: una riña anodina, un asalto armado, una balacera callejera.
De tal suerte la violencia cotidiana, asumida inorgánica sin más,
guarda tras de sí más de un dispositivo propulsado por actores
cuyo origen y trayectoria reposan en las gramáticas de conformación
de lo urbano. El velo se corre no sólo para las pandillas, lo hace
también para las operaciones de limpieza, las autodefensas, los
asesinatos sicariales, los ajusticiamientos extrajuicio policiales. Cada
uno opera en la organización “difusa”, algunos nacidos de potentes
aparatos al servicio de operaciones fulminantes pero fugaces, otros más
estables pero a larga efímeros. Todos, al margen de la estabilidad
y sus minucias, están comprometidos en la disputa por el poder público
como bien lo anuncian las limpiezas y su objetivo de <erradicar la
escoria de la sociedad>, según la definiera un joven. Los parches
son pieza clave del engranaje: con mayor estabilidad, apoltronados en la
hegemonía de lo cotidiano, atraen a sus contradictores. La violencia
“difusa”, desde ahora entre comillas, no menos compleja sino articulada
a otras tramas de significación, construye una presencia nada despreciable:
sus prácticas pueden llevarlos a exacerbar el conflicto hasta el
desespero, como todavía sucede en Medellín. Las muertes espontáneas
en incidentes imprevisibles continúan, pero la nota urbana comienzan
a coparla sus centros aglutinadores, uno de ellos la pandilla.
2. La exclusión
La pobreza y la desigualdad no son el origen de la violencia, se viene
repitiendo desde hace un tiempo. Por el contrario las grandes violencias
se ejercen preciso donde hay riquezas. El enunciado, en sí mismo
indiscutible, genera conclusiones divergentes. Para unos conduce a la necesidad
de desentrañar las mediaciones sociales de la violencia, imponiendo
el abordaje diferencial de sus manifestaciones; para otros lleva a la criminalización
de todas sus expresiones exigiendo una estrategia judicial generalizada[64].
La discusión posee capital relevancia como quiera que la presunción
opuesta dio pie a las políticas estatales de tiempos recientes:
la desigualdad y su hermana de la débil presencia estatal están
en la base de los planes nacionales de rehabilitación. Las
pandillas refrescan la discusión. Ellas no son una simple excrecencia
de la miseria, una patética manera de llenar el desgarramiento producido
por una familia y un contexto empobrecidos, justo el más invocado
argumento para explicarlas[65].
Las muchas fracturas del mundo donde nacen y crecen los parceros hacen
las veces de telón de fondo cuyo efecto, con todo, juega su suerte
frente a la activa opción del parcero. Los parches son una opción
entre otras de las ofrecidas por el barrio popular. Sin embargo surgen
allí, en ese contexto y no en otro, en el centro mismo del marginamiento
y la precariedad[66].
Las numerosas mediaciones entre la desigualdad y la transgresión
no despolitizan la violencia: las pandillas, trasegando el afuera, develan
la crisis y la exclusión. El barrio y sus tragedias no mueven
un ápice de las preocupaciones pandilleras: los enfrentamientos
y la adrenalina a borbollones no dejan el menor espacio al Otro y los compromisos
universales. El lenguaje parcero es circular y repetitivo, su gesto carece
de cualquier narrativa política o social. Lejos están del
“ciudadano en armas”, ese interesado en convertir su poder sobre la vida
y la muerte en un gesto justiciero[67].
Con todo, en medio del “silencio”, encarnan una decidida subversión.
Gran paradoja, los parceros son la más radical expresión
de protesta que presencian las urbes contemporáneas, protesta muda
que emula la metáfora del parche destinado a tapar un roto que siempre
estará ahí, imperturbable bajo la tela agregada. Ciertamente
el grupo pandillero lleva al extremo la fractura, es hijo de un roto, del
abismo que acosa la sociedad de la exclusión. Su actitud burlesca
señala la precariedad de los imaginarios fundantes de la existencia
colectiva, su incapacidad de aglutinar y su pérdida de sentido:
desprecian las promesas de la racionalidad eficiente y se niegan a cimentar
la vida acumulando saber de cara a la tarea de sortear el futuro. Como
lo enuncia alguno, <lo único que importa es estar parado en
la raya, poder robar y consumir vicio. Se han cruzado totalmente los fundamentos>[68].
Ante su escepticismo actuado caen triturados los discursos y sus representantes.
El progreso, la voluntad, la propiedad, el futuro, ninguno tiene cabida
en el parche. La vida misma y sus imaginerías quedan en suspenso,
es verdad, <se han cruzado totalmente los fundamentos>. Nada
igual el alarido pandillero, la más desgarradora denuncia despojada
de cualquier simbólica sobre su subversión extrema. Por eso
no resulta contradictorio el deseo de poseer familia, oficio y educación,
como lo expresan a todo trance los parceros[69]:
pese a sus distanciamientos no tienen nada distinto a ese mundo temporalmente
suspendido, el del cura y el papá, el del jefe y el maestro. Rechazan
un mundo del que retienen sus mitos, su afuera es instrumental, una mera
vía para tejer el ansiado poder local. En su deriva confunden los
signos: carentes de discurso y engatillados en intereses particulares disputan
la hegemonía sobre una micro esfera pública. Su papel activo
invierte los vectores de la dominación propia de las violencias
sociales, donde bien podrían caber: a cambio de ser receptores pasivos,
como los indigentes y hasta la víctima del ajuste de cuentas, las
pandillas ejercen una violencia afirmativa en nombre de su identidad[70].
3. Violencia cultural
Nadie mata con entera gratuidad, hasta el sicario suicida encuentra en
su madre la promesa segura de vivir en el recuerdo[71].
La intención del acto violento cobra significado, más en
el caso de los jóvenes puestos en escena: ¿cómo más
visualizar la esfera de sentido donde es posible plantar alguna acción
que vaya más allá de las limpiezas y la policía?[72].
Por supuesto la intención tiene lugar, no como mera retórica
ante la que hay que plegarse, sino como semántica para el despliegue
estratégico frente a los nudos de la existencia. Así pues
el parche se convierte en forma de resolver el enigma de la identidad.
Al igual que los jóvenes raperos y comunitarios buscan reconocimiento
y singularidad, sólo que lo hacen trasegando el imaginario sangriento.
Como tantos otros actores a lo largo de la historia de Colombia practican
su asalto al reconocimiento mediante el ejercicio letal de la muerte. En
el trayecto se conectan con las legalidades nacionales, pero también
con las tensiones del mundo contemporáneo, con su subjetividad,
sus lenguajes colectivos y su impulso globalizador. Ciertamente la
pandilla recoge y lleva al éxtasis los ensambles de la subjetividad
hoy en marcha, esa que se debate entre la demanda radical de autonomía
y goce del individuo, y la urgencia de raíz y pertenencia[73].
El parcero opta. Como dice uno, <ser violento significa liderazgo,
el chico malo es el líder, sentirse individual en su medio, sentirse
el único>. El fragmento revela bien la amarra última
de sentido del <respeto>: la transgresión violenta aspira
a permitir <sentirse individual en su medio>. La violencia, en
últimas un acto individual, granjea el reconocimiento del individuo
singular desgarrado por el sueño de <sentirse el único>.
El pacto parcero potencia el individualismo: desconectados de todo reclamo
colectivo se entregan al placer experimentado en lo más recóndito
de los sentidos. Sin embargo por el parche y su existencia colectiva se
juega hasta la vida misma: <Se meten en una pandilla porque necesitan
que alguien los respalde y estén seguros de que ese grupo de personas
los respalda>. En una de sus aristas el grupo se convierte en asunto
de seguridad frente a la guerra local; en otra la permanencia mancomunada
constituye el único espacio en donde son factibles las metas típicas
del parche: el grupo se desliza de lo instrumental a lo identitario. Entre
el goce individual y la pertenencia grupal los parceros hacen su particular
versión de la autonomía dependiente dramatizando así,
hacia un extremo, la subjetividad contemporánea. La metáfora
del parche ha dado su vuelta completa. La pandilla no puede pasar desapercibida,
está hecha para ser vista: <En el parche uno busca que me
vieran parado en ésta esquina y tengo que hacer algo pa' que me
cojan miedo>, señala alguno[74].
Ahí se congela el gesto parcero, en la ansiosa necesidad de reconocimiento,
de ser aceptado y visto. Son mudos, pero se sostienen del régimen
de visibilidad de su espectáculo. Empeñados en su búsqueda
prolongan otra de las tensiones de la esfera pública actual: los
actores, interesados en ser reconocidos y no tanto representados, apelan
al lenguaje de la identidad y la cultura[75]. La
identidad y el reconocimiento, emblemas de los nuevos tiempos, exponen
su rostro violento, ahora bajo nuevos órdenes de significación.
La violencia sigue siendo un instrumento para cimentar poder, pero ejerciendo
su dominio sobre la vida cotidiana; permanece como el idioma de los excluidos,
mas la lucha la libra cada quien en sus grupos de pertenencia inmediata;
continúa socavando el orden y alimentando la subversión,
aunque sus efectos estremecedores se consumen en el instante del goce volatilizado.
Su efecto se produce en el bulto y la agregación, en la facilidad
con que cientos de jóvenes de los rincones urbanos se abandonan
a sus rutinas: su inquietante presencia es un rumor mudo pero eficaz, habla
sin palabras, desafía sin texto. La transgresión de
las pandillas encarna la violencia a sortear en tiempos venideros, al menos
como una de sus expresiones esenciales, activada por las fuentes de conflicto
de comienzos del siglo XXI: la rebelión contra la profundización
de la pobreza y la marginación, la exigencia de singularidad y el
derecho al deseo, el ansia de control inmediato sobre un mundo globalizado
y ajeno. Lo hace de manera grotesca, siendo el <parche>. Como
aconteció a comienzos del siglo XX Colombia entra al nuevo milenio
atravesada por un fatal destiempo histórico: el de unas violencias
agrarias reclamando el derecho a la propiedad y a un país capaz
de escuchar sus reclamos[76].
Frente a ello las violencias políticas continuarán siendo
el centro de la gestión colectiva pero, por su oficio y las voces
que arrastran, no se puede continuar soslayando las otras violencias, las
que colocan más de la cuatro quintas partes de sus muertes. Las
pandillas, en particular, demandan respuestas. Piezas claves de la violencia
urbana han cumplido destacado papel hasta el presente y lo cumplirán
más todavía en la sociedad posconflicto. El Salvador, país
lanzado a irrefrenable violencia una vez lograda la conciliación,
ha encontrado en las pandillas una de sus difusores principales[77].
De antemano, antes de lograr la paz, Colombia está sometida a un
severo proceso de fragmentación de sus violencias, tal como lo patentiza
en las calles la pandilla. Más allá de la barriada popular
los parches se atraviesan en el propósito de democratizar y transformar
la nación: la pacificación ha de pasar por ellas, finalmente
el verdadero proceso de paz emerge cuando un pueblo es capaz de extirpar
la práctica violenta del tejido de todos los días.
Gráficas
Fuente: Policía Nacional 1974-1999. Medicina Legal para Bogotá
1991-1999
Fuente: Policía Nacional Revista Criminalidad
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[*]
Historiador, profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones
Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia (Iepri). camape@andinet.com[1]
Entre 1946 y 1999 Colombia tiene siempre una tasa de homicidios arriba
de 20 por cien mil habitantes, alcanzando su tope de 79 en 1991 (Gráfico
1 al final). En la región sólo es superada por El Salvador
y Guatemala (quienes llegan después de la paz a tasas de 150), pero
es bastante más alta que los países que le siguen, Brasil
y México (con tasas entre 20 y 24 en la década de los 90).
Los datos de Colombia desde 1946 en Camacho y Guzmán (1990), Deas
y Gaitán (1995), p. 213. Cubides, Olaya y Ortiz (1998), p. 285.
Los datos propios se obtuvieron de Policía Nacional.[2]
Dos recopilaciones sobre la violencia se encuentran en Cardona (1989).
Gutiérrez y Gómez (1997).[3]
Una discusión sobre las categorizaciones de la violencia en Cubides,
Olaya y Ortiz (1998), capítulo “La organización como factor
diferencial”.[4]
La segunda domina los trabajos de la década de los 90 interesados
en discutir las violencias y sus formas de comprensión. El mencionado
de Cubides, Olaya y Ortiz (1998), Rubio (1999), Sarmiento (1991).[5]
El conflicto hasta finales de los 80 en Leal y Zamosc (1990). Una mirada
sobre el siglo en Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales
(2000).[6]
El trabajo pionero de Camacho y Guzmán (1990) abre la interrogación
sobre la violencia urbana y sus múltiples manifestaciones. Por su
elevada violencia Medellín ha sido objeto de gran interés.
Jaramillo, Ceballos y Villa (1998). Un panorama de las violencias en Arocha,
Cubides y Jimeno (1998).[7]
La misma policía nacional emprendió una reforma tendiente
a modificar su relación con la ciudadanía y aumentar su eficacia.
Camacho (2000). Los programas de seguridad de Bogotá en Observatorio
de Cultura Urbana (1997a).[8]
El conocimiento de la identidad de los victimarios varía en función
de la intensidad de la violencia local: a mayor violencia menor reconocimiento.
Rubio (1999), p. 45. Pese a ello se han habilitado diversas estrategias
que si bien no arrojan un dato exacto, si permiten evaluar la magnitud
de la participación de la violencia política. Los cálculos
varían pero ninguno pasa del 15%. Losada y Vélez (1988),
Comisión Andina de Juristas (2000), Cubides, Olaya y Ortiz (1998)
p. 286 y 287, gráficos donde se muestra el descenso de la violencia
política desde los años 60.[9]
La clasificación de los municipios en Cubides, Olaya y Ortiz (1998),
p. 253 y ss. En 1999, año donde la guerra civil ha cobrado fuerza,
las tres ciudades hacen el 36% del total de homicidios, mientras poseen
el 28% de la población nacional. Policía Nacional.[10]
El libro de la Comisión de Estudios sobre la Violencia (1995), escrito
desde la academia a petición del gobierno cuando estalla el primer
bucle de la crisis en los 80, abre la discusión sobre las distintas
violencias. Lo hace al punto de granjearse toda surte de enjuiciamientos.
Con todo, sus recomendaciones se quedan en las violencias organizadas.
Otro tanto sucede con plataformas posteriores. Presidencia de la República
(1993). Entretanto la iniciativa la toman agentes privados: en 1997 la
campaña Calles sin Violencia es lanzada por los medios dando
origen a una plana interinstitucional que por su aislamiento, y más
allá de sus acciones, no impacta la acción colectiva.[11]
La investigación se efectuó en la zona suroriental de Bogotá
(localidad 4ª de San Cristóbal), en el cordón de barrios
que rodean la antigua salida a Villavicencio, entre Guacamayas y Juan Rey.[12]
Andrade (1994). La bella película El Odio retrata a los pandilleros
parisinos. El ascenso de la violencia urbana se ha convertido en un fenómeno
globalizado. Naciones Unidas (1996).[13]
Para información sobre Barranquilla mirar Pérez y Mejía
(1996). Sobre las <champetas> en Montería Informe de
trabajo sobre mujeres (2000). Las pandillas cartageneras en Cabrales
(1989). Las de Pereira en Perea (1996). Los <aletosos> de Tumaco
en Restrepo (1999). Asimismo la prensa comienza a mencionar cientos de
lugares con presencia pandillera, como Girardot. El Espectador,
septiembre del 2000.[14]
En la localidad de San Cristóbal habitan tres formas de agrupación
juvenil: las búsquedas culturales (raperos y rockeros); las organizaciones
comunitarias (agrupaciones tras el mejoramiento de la vida colectiva local);
y las pandillas, objeto de esta reflexión. Además existen
los “independientes”, cientos de muchachos no vinculados a ninguna de las
tres formas anteriores.[15]
De un total de 1024 agrupaciones juveniles identificadas en Bogotá
el 38% corresponde a lo que aquí se definirá como pandilla.
Salazar (1998).[16]
Pese a su extensión se conoce poco de las pandillas en Bogotá.
Los siguientes textos, entre publicaciones e informes, las ponen en escena
con grados muy disímiles de desarrollo. Henao (1994), Segovia (1994),
Alape (1995), Ardila (1995), Pérez y Mejía (1996), Perea
(1996), García (1998), Salazar (1998), el mejor texto por desfortuna
sin publicar. Un balance de los estudios de jóvenes en Bogotá
se halla en Perea (2000b).[17]
Omar, p. 22. Por razones de espacio lo que viene es apenas una breve descripción
para mostrar la presencia de la transgresión.[18]
El 78% de los pandilleros identificados en la encuesta tenía menos
de 20 años.[19]
Levi y Schmitt (1995).[20]
Los pandilleros han hecho vida de pareja en un 18% y han tenido hijos en
un 19%, datos similares al resto de los jóvenes de la zona. (Encuesta,
identificación)[21]
Los pandilleros de 14 a 25 años van a las aulas en un escaso 45%,
(estudia el 30%, estudia y trabaja el 15%), mientras de los 14 a los 19
asiste un 50%. De su lado los comunitarios e independientes van a clases
en más del 90%. (Encuesta, identificación).[22]
El Ministerio de Educación habla de un escaso 8% de deserción.
Más creíble resulta el dato de la OEA según el cual
dicho índice asciende al 35%. El Espectador (agosto de 2000a).[23]
Proyecto Atlántida ( 1995).[24]
Martín (1996).[25]
Robin, p. 42; Tico, p. 23; Tico, p. 30.[26]
Trabaja un 39% mientras en los raperos lo hace un 26% y en las otras dos
agrupaciones un escaso 1%. (Encuesta)[27]
Jhon, p. 48 y p. 49.[28]
Entre 1987 y 1995 la población entre 15 y 19 años tuvo un
promedio de desempleo equivalente al 22.5, tres veces superior al promedio
general de 8.56. Perea (1997).[29]
Moss, p. 10.[30]
Bernardo, p. 3.[31]
Archivo de la Policía. Estación Cuarta de San Cristóbal.[32]
Robin, p. 36.[33]
Tico, p. 68.[34]
Claudia, p. 19; Richard, p. 38; Shacra, p. 6; Humberto, p. 28.[35]
Tico, p. 67; Omar, p. 27; Tico, p. 67; Tico, p. 67.[36]
Iván, p. 7; Richard, p. 29.[37]
Miguel, p. 20; Hernando, p. 8; Richard, p. 10-11; Fredy, p. 38.[38]
Gráfica 2. El descenso de las tasas delictivas es general en el
país, con excepción de Bogotá. En un país de
conflictos intensos durante los últimos tres lustros la disminución
de los delitos resulta poco creíble. Sin duda hay problemas de registro,
pero ello hace más notorio el ascenso de Bogotá a partir
de 1985. Una discusión sobre los problemas de registro en Rubio
(1999), p. 54 y ss. Policía Nacional. Cálculos propios. Pese
a sus dificultades la policía es la única fuente que permite
armar series históricas.[39]
Gráfico 3. En Bogotá los delitos contra el patrimonio coparon
el 63% del total de delitos cometidos entre 1975 y 1999 y los de la vida
el 25%. Mientras tanto, a nivel nacional, los delitos económicos
fueron el 47% y los de la vida el 39%. El peso de los delitos económicos
en la capital es notorio: su tasa promedio entre los mismos años
supera en un 113% la nacional, mientras las tasas promedio de la vida son
casi iguales. Cálculos propios.[40]
Gráfico 4. Entre 1985 y 1997 la tasa contra el patrimonio de Bogotá
creció un 80% al tanto que la nacional disminuyó un 11%.
Cálculos propios.[41]
Gráfico 5. El robo incluye todas las formas de hurto menos el abigeato
y el atraco. El “resto” incorpora los demás delitos contra la propiedad,
incluido el abigeato. El hurto y el robo se diferencian en que el segundo
se practica con violencia, pero la separación entre robo y atraco
es difusa. Los antiguos códigos penales la hacían pero el
último la abolió. No obstante, y pese a sucesivos cambios
en las definiciones, la policía mantiene la tradición y reporta
sus datos separando el “atraco” como un delito autónomo: hurto agravado
con violencia sobre personas. Castro (1977) y Velásquez (1994).[42]
Entre 1996 y 1999 los atracos callejeros fueron el 51% de los delitos económicos
de la localidad. Archivo de la Policía. Estación Cuarta de
San Cristóbal. De otro lado, entre 1995 y 1999 la tasa promedio
de atracos en San Cristóbal fue de 127, pequeña frente al
879 de Santafé. Las localidades con tasas por encima de 400 son
Chapinero, Santafé, Candelaria, Teusaquillo y Mártires, es
decir la zona centro oriental de la ciudad; de manera distinta las tasas
de atraco por debajo de 200 están en San Cristóbal, Usme,
Ciudad Bolívar, Tunjuelito, Rafael Uribe, Bosa, Fontibón,
Engativá, Suba y Usaquén, esto es las zonas periféricas.
Observatorio de Cultura Urbana (1977b), p. 17. Cálculos propios.[43]
Gráfico 6. Tanto los homicidios como las lesiones no incluyen los
accidentes de tránsito, incluidos en “resto”. Frente al comportamiento
de Bogotá, Medellín resalta: entre 1988 y 1996 supera la
capital en un 90% en la tasa general de delitos contra la vida y en un
473% en la de homicidios. Cálculos propios.[44]
Gráfico 1. El descenso desde 1993 y de manera especial el de los
últimos años, difícil de creer por la agudización
de la guerra, se verifica con los datos de Medicina Legal, una institución
creíble. Centro Nacional de Referencia sobre Violencia (1998-1999).
Cálculos propios.[45]
La tasa promedio de 49 fue entre 1996 y 1999 según Medicina Legal,
debajo de la reportada por la policía para los mismos años,
de 53. Archivo de la Policía. Estación Cuarta de San Cristóbal.
Entre 1996 y 1997 San Cristóbal tuvo una tasa promedio de 59, Santafé
de 298 y la Candelaria de 163. Las otras tres superiores a San Cristóbal
–Mártires, Ciudad Bolívar y Rafael Uribe- tienen valores
por debajo de 100. Observatorio de Cultura Urbana (1997b). Cálculos
propios.[46]
Franco (1999), p. 83 y 95-96. La cita está en la p. 91. En estas
estadísticas los hombres hacen su participación brutal con
tasas 1.400% superiores a las de las mujeres.[47]
Gaitán en Deas y Gaitán (1995), capítulo 4, donde
utiliza los datos más inadecuados, las edades de los sindicados.[48]
Perea (1997). El Espectador (agosto del 2000b).[49]
Pregunta 64. Entre las personas cercanas asesinadas los amigos suman el
60% y los hermanos el 10%. En 1997 en Bogotá se desconoce el agresor
en el 58% de los casos. Medicina Legal. En la zona es más baja según
datos de la encuesta, llega al 42%. En el país cambia según
el grado de violencia, se señaló antes.[50]
En Bogotá son asesinados el 35% entre los 25 y los 34 años,
mientras en la zona el dato disminuye a 30%. Instituto Nacional de Medicina
Legal y Ciencias Forenses. Antioquia confirma la participación juvenil.
Si en 1975 de los jóvenes entre 15 y 19 años moría
asesinado uno de cada 10, en 1994 eran asesinados 8 de cada 10. Un dato
aterrador. Franco (1999), p. 99. Algo similar ocurre en Cali. Entre 1993
y 1997 la tercera parte de las personas asesinadas tenían entre
15 y 24 años, con el agravante de que el 75% de la mortandad entre
los 10 y los 19 años es por homicidio. González y Sánchez
(1999). Mirar también Guzmán y Domínguez (1998), p.
14 y 20-21, donde aparece que el 42.6% de las víctimas tenía
entre 15 y 25 años.[51]
Armando, p. 18; Armando, p. 20.[52]
Robin, p. 18.[53]
Omar, p. 29; Omar, p. 29; Bernardo, p. 5.[54]
Moss, p. 14; Tico, p. 46; Omar, p. 42; Yeison, p. 63; Shacra, p. 39.[55]
Marta, p. 59. Numerosos informes de derechos humanos confirman la participación
policial en negocios ilegales y operaciones de limpieza. Cubides, Olaya
y Ortiz (1998).[56]
Robin, p. 38; Robin, p. 18. Rojas (1996). Segovia (1994) transcribe varios
artículos periodísticos al respecto.[57]
Yeison, p. 77; Robin, p. 24.[58]
Salazar (1990), Bedoya y Jaramillo (1991), Ortiz (1991), Salazar y Jaramillo
(1992).[59]
Cai significa Centro de Atención Inmediata, centros de operación
policial regados en los barrios. Para las milicias de Medellín Jaramillo,
Ceballos y Villa (1998). Para las de Medellín y Bogotá Tellez
(1995).[60]
Para Cali Camacho y Guzmán (1990), Guzmán y Domínguez
(1998).[61]
La posición de menor complejidad la sostiene Cubides, Olaya y Ortiz
(1998), en “La organización como factor diferencial”. La de la insignificancia
Rubio (1999).[62]
Frente al peso de la violencia y los actores organizados en pequeños
municipios se llega hasta el punto de desestimar la violencia urbana. Rubio
(1999).[63]
Todo indica que Cali se ubica a medio camino: la discreta pero eficaz intervención
del narcotráfico, junto a una decidida presencia del M-19, ligó
a los parches con una ampliada delincuencia más fuerte con respecto
a Bogotá pero más débil con relación a Medellín.
Guzmán y Dominguez (1998).[64]
La primera en Camacho y Guzmán (1990). La segunda en Montenegro
y Posada (1995), Rubio (1999) y Gaitán en Deas y Gaitán (1995).[65]
El argumento de la pobreza se usa a todo trance aquí y en el resto
del mundo. Un ejemplo entre tantos sobre España en González
(1982).[66]
Algunos grupos de jóvenes en otros estratos sociales hacen de la
transgresión violenta su distintivo. Sucede pero no es lo usual,
mientras las pandillas se riegan en las calles del barrio popular.[67]
Gutiérrez (1998).[68]
Hernando, p. 5.[69]
Allí surge el desconcierto que atraviesa cada conversación
con los pandiilleros: actúan una ruptura y al mismo tiempo reclaman
integración. Es la tensión que atraviesa el libro de Ardila
(1995) desde su título:
Pandillas juveniles: una historia de
amor y desamor.[70]
El esquema de la dominación según su dirección es
de Camacho y Guzmán (1990).[71]
Restrepo (2000).[72]
La criminalización de la violencia presupone un actor único
movido por el interés de optimizar la ventaja de sus posiciones
estratégicas, haciendo inoperante cualquier discusión sobre
las intenciones. Rubio es insistente al respecto, de manera especial en
(1988). De asumir esta posición las políticas públicas
se convierten en acciones sordas frente a las singularidades de sus destinatarios.[73]
En otro trabajo se abordó la pregunta por la subjetividad. Perea
(2000a).[74]
Robin, p. 32.[75]
Martín (1997).[76]
El país ingresó al siglo XX con el destiempo histórico
de no haber resuelto el dilema de la relación entre el Estado y
la iglesia, viéndose abocada a un arcaico enfrentamiento entre los
partidos hasta los años 50.[77]
Homies Unidos-Instituto Universitario de Opinión Pública-Radda
Barnen de Suecia-Save the Children (1998).