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LA POLÍTICA COLOMBIANA DE DROGAS. EN LA NAVE DE
LOS LOCOS
Un análisis desde la construcción social del problema de las drogas
Beatriz Acevedo Holguin
INTRODUCCIÓN
“Say whatever
you want about drugs,
as long it
is negative”.
Stanton
Peele
A. La noción de droga
Durante
el siglo XX se desarrolló un concepto de droga que como fenómeno social ha
derivado en la necesidad de ser reglamentado, al punto que hablar de política
de drogas equivale a entender que existe toda una red de discursos, acciones y
presupuestos dirigidos a la atención de este tema. La connotación de problema que tienen las
drogas, amparada en el argumento de “salud pública”, hasta llegar a ser un
problema de seguridad nacional, que conduce a la actual “guerra contra las
Drogas”.
Si
bien esta percepción de las drogas como un problema parece ser un lugar común
que no se cuestiona, es importante recordar que dicha calificación no corresponde
a un proceso antiguo o arraigado y es relativamente reciente pues es tan solo
en el siglo XX donde se propaga esta concepción, que acompaña procesos
sociales, políticos y económicos de orden mundial, confiriéndole su carácter
actual.
Las
drogas han estado presentes en distintos momentos del desarrollo de la
humanidad, desde tiempos antiguos. Los
pioneros de la medicina en Grecia se referían a las drogas como “sustancias que
provocan grandes cambios orgánicos o en el estado de ánimo”. La delgada línea que separa al “veneno” del
“remedio” en el significado del pharmakon en la antigüedad era dada por la dosis y no
existía en su designación una separación radical entre el bien o el mal.
Antonio
Escohotado (1998) encuentra la misma raíz en los
términos griegos pharmakon , que se refería
al veneno y al remedio y la palabra pharmakos, que designaba a la víctima del
sacrificio expiatorio. En las ceremonias destinadas a la relación con los
dioses podía emplearse “el chivo expiatorio” (pharmakos) como ofrenda, en
otras, la comunidad pactaba con ellos por medio de un banquete, donde se utilizaban distintos pharmakon.
Cambiando la consonante final y el
acento, la misma palabra designa cosas que –en principio al menos- carecen de
vínculo alguno. El pharmakos pertenece al
sacrificio-regalo y el pharmakon
al sacrificio comunión. (Escohotado, 1998: 44)
Paradójicamente
este doble significado rige hoy la mirada sobre las drogas, representadas en la
figura del chivo expiatorio, cuya
destrucción ha de satisfacer a nuestros dioses enojados. La demonización,
tanto desde la visión de los países líderes de la cruzada antidrogas, como
desde la de aquellos que las producen -y por tanto son los destinatarios de la
política de represión característica de la “extracción del mal”; no permite un
acercamiento objetivo a la situación.
El cambio hacia
la connotación actual de las drogas tienen que ver con
los términos asociados a ellas. La
referencia desde múltiples vocablos a las drogas, pasa por palabras inexactas
como es el caso del término “narcótico”,
literalmente referido a sustancias inductoras al sueño, que se usa
corrientemente para señalar la totalidad de las sustancias ilegales que
constituyen problemas para la sociedad y la seguridad. Otro ejemplo es la
obligatoria palabra “abuso” en la
terminología institucional americana para hablar sobre todo lo referente a
drogas[1].
Ahora
bien, estos cambios tendrán un efecto directo sobre su regulación a través de
la política, la legislación y sobre todo en la circulación social del concepto
“droga”. De esta manera se justifica el
castigo, la persecución y la marginalización de ciertos grupos, de manera
similar al papel que juega la locura en la época clásica, según Michel Foucault (1998).
A
partir del siglo XV y después de la Edad Media, la figura del loco cobra
importancia como referencia social y representa el sentido de exclusión. Existe una fascinación del hombre por la
locura, expresada en las pinturas del Bosco, siendo
la base de la Metáfora de la Nave de los Locos, aquí presentada. El tratamiento de estos “locos” varía de
ciudad a ciudad, y mientras en algunas comunidades se los “embarca” en naves de
locos, quizá en busca de la razón perdida, en otras, son alojados y mantenidos
por el presupuesto de la ciudad, y sin embargo no son tratados médicamente,
sino arrojados a las prisiones.
Esta
percepción se modificará en el siglo XVII con los cambios en la percepción
social frente al loco. La
institucionalidad actúa como un modo de delimitación o tratamiento de su problema. Sin embargo, la potestad de la definición de
la demencia no depende únicamente de los establecimientos médicos, se acude a
otras estructuras semijurídicas o administrativas que
“juzgan, deciden y ejecutan”. Sus pautas
están dadas en el orden burgués o monárquico y la calificación de “locos”, se
hace por medio de las acusaciones de familias, vecinos o religiosos que
demuestran la “peligrosidad” de la insensatez del acusado. (Foucault, 1998:
201)
De manera similar, hoy llamamos “loco” o “adicto” al usuario de
drogas. Lo que cambia aquí es la sensibilidad frente al consumo de ciertas
sustancias que “enloquecen” a las personas.
La manera en que se construye esta sensibilidad social es un punto
fundamental en este trabajo, al reforzar con ella el discurso normativo y el
control social.
Básicamente,
el concepto de adicción brinda el elemento problemático al uso de drogas. La
Convención Unica de Estupefacientes de 1961 ha
definido el término adicción de la siguiente manera:
Estado de intoxicación crónica y
periódica originada por el consumo repetido de una droga, natural o sintética
caracterizada por: a.
una compulsión a continuar consumiendo por cualquier medio, b. Una tendencia al
aumento de las dosis, c. Una dependencia psíquica y generalmente física de los
efectos y d. Consecuencias perjudiciales
para el individuo y la sociedad. JIFE, www.incb.org/s/ar/1996/menu.htm
La
definición de adicción conlleva acciones represivas que acusan a los usuarios,
u ocasionales (en esto no hay distinción propiamente dicha), o como enfermos o
criminales. Cualquiera de las dos
connotaciones exige el “internamiento”, ya sea en el hospital o en las
cárceles.
Como ejemplo, en la legislación colombiana el uso de
drogas está asociado a su “peligrosidad” social y a la posibilidad de perturbar
el orden público: Ley
118 de 1928, Ley 11 de 1920, Decreto 1136 de 1970, Ley 30 de 1986. Estas tratan las drogas como sustancias que
forman “hábito pernicioso”, provocadoras de alteraciones en la “tranquilidad
pública”.
En una perspectiva jurídica, el uso de drogas es dañino incluso para
quien las utiliza, siendo la víctima su
propio victimario, pudiendo derivar a conductas criminales. Sin embargo, solo ciertas sustancias se hallan
clasificadas como peligrosas. Si nos atenemos a la definición de drogas como
sustancias que alteran el ánimo, habría infinitas sustancias en esta
clasificación. De allí que por su
taxonomía y delimitación hacen parte de un complejo mecanismo de construcción
social y política que da origen a la prohibición excluyente de ciertas drogas.
En la
actualidad, están fiscalizados más de 116 estupefacientes a partir de la
Convención Única de Estupefacientes de 1961. Figuran principalmente los
productos naturales como el opio y sus derivados, la morfina, la codeína y la
heroína; estupefacientes sintéticos, como la metadona
y la petidina, así como el cannabis
y la cocaína. [2]
Como puede apreciarse, la atención está dirigida a tres sustancias de
origen natural: la marihuana (cannabis), la cocaína
(coca) y la heroína (amapola). Este
contexto de ilegalidad determina la dinámica de producción-consumo de dichas
sustancias, siendo la prohibición una estrategia que legitima (implícita o
explícitamente) otras acciones de intervención de lo público en lo
estrictamente privado, así como también en los ámbitos llamados de producción,
es decir, en otros países.
Las maneras de propagación del concepto de “drogas” conforman un
sistema cerrado, donde no se distingue claramente los discursos sociales de los
fiscalizadores. Es difícil determinar si
primero existe la construcción social o el discurso político legal, lo cierto
es que uno y otro se refuerzan mutuamente hasta
convertirse en verdad legítima y aceptada.
Para
algunos autores D. Musto, J. Inciardi,
R. Del Olmo, entre otros, la concepción de droga iniciada en los Estados Unidos
considera el consumo de drogas como un problema de criminalidad asociado a
grupos específicos de la población: negros consumidores de cocaína, como potenciales
violadores; chinos inmigrantes adictos al opio, en las chinatowns,
lugares de vicio y perdición, e inmigrantes chicanos consumidores de
marihuana. Esto corresponde a lo no
americano y requiere por tanto ser marginado.
En el ámbito científico las drogas corresponden a una
categoría más general. Se las denomina
“sustancias psicoactivas” –SPA- y se las distingue
por su origen, los efectos neurológicos y sus similitudes con sustancias en la
inmensa gama de las que regulan el ánimo y las emociones humanas: endorfinas.
Los científicos han jugado un papel determinante
tanto en el “descubrimiento” como en la “definición” de las SPA. En esto, el carácter objetivo de la ciencia y
la investigación le han dado un halo “neutral” a la designación de las “drogas”.
Los científicos y empresas farmacéuticas constituyen grupos de interés, que
construyen sus propios saberes para legitimarse, por
lo que es importante entender los propósitos que los inspiran y del mismo modo
deben revisarse algunas sus definiciones, aparentemente incuestionables.[3]
De acuerdo con la
mirada sobre las cosas, del sociólogo
Max Weber, en tanto objetos
inanimados o no humanos, las drogas entran
en el ámbito de las ciencias humanas como ocasión, resultado, estímulo u
obstáculo de la acción humana. De esta manera solo es posible entender su
significado por el sentido que a su producción y empleo le presta (o quisiera
prestar) la acción humana (con finalidades posiblemente muy diversas). Por
tanto, la definición central sobre la droga deberá ser entendida con referencia
a la acción humana, como medio o como fin, pero siempre ligado a una
subjetividad y un contexto determinado que valora o releva dichas cosas (Weber,
1997: 9).
Las drogas se emplean como un “satisfactor” de una
necesidad expresa de un grupo o de individuos particulares. Las razones por las cuales se “elige” un
satisfactor son diversas, y tienen en cuenta aspectos culturales y valorativos
de carácter eminentemente subjetivo además de las categorías de disponibilidad
y precio.
Para el investigador Iban de Rementería las
drogas solo pueden ser entendidas en una perspectiva de mercado, donde un producto, como portador de satisfacción,
únicamente se convierte en mercancía si es puesto en el mercado, pues solo allí
puede realizarse como bien o servicio: satisfacer una necesidad específica,
cumplir una función de utilidad y ser retribuido por su precio (De Rementería,
2001: 165).
En este orden de ideas, las drogas vendrían a satisfacer una
necesidad, y por tanto las acciones sociales que implica su uso corresponderían
a acciones sociales racionales que satisfacen un fin o un propósito.
El hecho de que ciertas sustancias estén prohibidas según ambiguos
criterios, hace que surja un mercado ilegal en el cual se producen y
comercializan estas sustancias.
Hoy ilegalizada, la droga es la
mercancía por excelencia, ya que tiene la mayor velocidad de reproducción
ampliada y la más alta tasa de acumulación de capital, no tiene competencia en
el mercado, ni está sometida a obligación tributaria
alguno.
(De Rementería,
2001: 165)
Se deriva de esta ilegalidad la necesidad de cubrir con otro tipo de
empresas la provisión de estas sustancias.
“Entendemos por provisión de drogas el
conjunto de actividades necesarias para su producción, distribución y expendio.
A partir de la ilegalización de las drogas, al conjunto de agentes organizados
para realizar esas actividades ilícitas lo llamamos genéricamente
narcotráfico”. (De Rementería, 2001: 167)
Esto conduce a la pregunta por la naturaleza de estas
organizaciones. Aunque la referencia
generalizada es la de narcotráfico como mafia, esta identificación no es del
todo exacta. Ciro Krauthausen, su trabajo de
sociología de la Universidad Naconal de 1991: Cocaina y Co., y en su último
libro de 1998, Padrinos y Mercaderes, caracteriza sociológicamente
estos grupos. Por medio del análisis
comparativo de la mafia italiana y el narcotráfico en Colombia, pueden
establecerse algunos rasgos sustanciales, organizativos y contextuales, y
comprenderse diferencias y similitudes.